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Miércoles, 4 de octubre de 2006

MUSICA › LA FECHA 11 DEL PEPSI MUSIC

Un final para los espíritus fuertes

Divididos, Gran Martell y Buda pusieron el moño en una noche de grandes ejecutantes.

 Por Cristian Vitale

Van 40 minutos de show. Catriel Ciavarella, el niño mimado de Divididos, se refriega las manos. A su derecha, Ricardo Mollo acaba de descoser la guitarra con el zeppeliniano “Vida de topos”. A su izquierda, impasible y algo tieso, permanece Diego Arnedo, lumbrera nacional del bajo power. Ambos están un poco cansados. Vienen de diez demoledores temas y hace un calor insufrible. El Obras techado, en la última noche del Pepsi Music, parece un sauna rockero. Sobra sudor y falta aire. Ambos –Mollo y Arnedo– necesitan un refresco, un relajo. Pero la función debe continuar y Catriel espera la señal. Entonces Mollo viaja hasta 1969, estaciona en Led Zeppelin II, saca el inolvidable riff de Jimmy Page que abre “Moby Dick”, disfruta su parte y se esfuma en busca de sales minerales que lo vuelvan en sí. Arnedo también se evapora y Catriel, excitado y libre, se adueña del marco. Toca, 37 años después y en Argentina, como un clon tardío de John Bonham. El magistral solo de batería –claro– no dura lo mismo que el original, tampoco alcanza su status mítico, pero los segmentos son similares: arranque convencional, desarrollo “psicodélico” y final crudo y artesanal. Catriel, emulando al malogrado Bonzo, termina enloqueciendo a más de cinco mil personas gracias al poder de sus manos, que caen pesadamente sobre los tambores. Potencia, entrega y pompa. “Moby Dick” resulta, sin dudas, el momento más caliente y festejado en una noche dominada por ejecutantes de lujo.

Si a este viaje percusivo hacia los dorados sesenta se le suman el talento de Jorge Araujo –baterista de Gran Martell– y la mística de “Superman” Troglio –ex Sumo, hoy baterista de Buda–, el resultado cierra con redondez perfecta: el broche del Pepsi fue, entre otras –pocas– cosas, una excelsa muestra de bateristas de rock. Una especie de clínica abierta al público. Catriel no solo brilló durante los ocho minutos que duró el solo de la ballena, sino que se mantuvo impermeable al cansancio durante los –casi– 19 temas que duró el show de la aplanadora. El único respiro fue, precisamente, el breve retorno de Araujo al trío, que le guardó el primer tema de la lista –“Zombie”– para materializar la juntada que todos estaban esperando. Fue el único tema de Gol de mujer, anillo al dedo para Araujo. El reencuentro fue escueto y simple. El también ex Monos con Navaja tocó exacto y profesional, Arnedo pidió un aplauso para él –sin nombrarlo– y Araujo desapareció, después de tirar un par de besos a la popular. Pura intención nostálgica, de cartel. El presente del otro baterista estrella de la noche es Gran Martell, que ya había mostrado lo suyo.

Gran acierto el de tomar el apellido de Joseff, el ilusionista rumano, para bautizar a una banda que lo que genera, precisamente, es una fuga hacia otra realidad. Una verdad musical misteriosa. La Martell –como le dicen sus fans– es contracorriente, expresionista, visiblemente antifestivalera, de culto. Si la regla, en los megafestivales, es la participación explícita del público, el power trío opera como excepción. Gustavo Jamardo, el bajista, da zancadas lentas y largas. Toca y canta con cara de malo, mira a la gente y dispara sonidos incómodos, alucinantes, inesperados. Tito Fargo –el guitarrista de Los Redondos en Gulp y Oktubre, nada menos– investiga sobre la marcha. Cada nota parece de generación espontánea. Crea arte. Abruma. Quiebra. Despista. Hace música en estado puro. Y se gana una admiración tácita, aunque imposible de detectar en los cuerpos anónimos. Araujo, con sus métricas irregulares, su exquisita técnica y su indudable versatilidad, brilla en el tema instrumental que abre el disco (“GM Parte I”), genera ritmos salvajemente psicodélicos (“Sopa”) e incomoda, con ayuda de sus compañeros, a un público acostumbrado a sonidos más esperables (“Quema”). Gran Martell ubica el protagonismo donde tiene que estar.

Otro integrante de la gran familia que le puso el moño al Pepsi, Superman Troglio –baterista de Sumo que alguna vez estuvo a punto de tocar en Divididos–, presentó a su banda Buda y dejó su huella con una muy buena versión de “Banderitas y globos”, tema clave del recordado After Chabón. No fue el único rescate de Sumo. Divididos entregó “La rubia tarada” y, junto a “Moby Dick” y la siempre conmovedora versión de “Voodoo Chile” (el inoxidable de Jimi Hendrix), fueron las únicas de un repertorio centrado en una fórmula segura: todos los hits pesados de Acariciando lo áspero y La era de la boludez, más las tres canciones más movilizantes de Narigón del siglo: “Casi estatua”, “Vida de topos” y “La ñapi de mamá”. Aunque con ciertos defasajes de sonido, el show fue axial al grupo: demoledor, carnal y contundente. Paga Catriel al consumirse en la batería; paga Mollo, cuando zapa (los giros personales de “Voodoo Chile” son admirables), y paga Arnedo, cuando guía el power funk de “Azulejo” y se adueña de su densidad. Sin el contexto marketinero de sus días mainstream, carente de “celebridades” de vip, corralitos para invitados especiales, promotoras de todo y figurines de ocasión, el festival llegó a su fin con la atención puesta en el escenario. La noche 11 fue de, por y para los músicos. Y el público acabó sudado, incómodo pero feliz.

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Ricardo Mollo comandó otro show de canciones calientes y se permitió citar a Led Zeppelin.
 
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