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Sábado, 12 de noviembre de 2016

MUSICA › OPINION

Velas en la oscuridad

 Por Eduardo Fabregat

A million candles burning for the
help that never came.
You want it darker.

We kill the flame.

Tercer trompazo para un año que ya nos tenía amoratados: como si no fuera suficiente tener que imaginar un mundo ya sin canciones nuevas de David Bowie y Prince, los últimos tragos de la temporada se van en un brindis por el caballero canadiense. Es cierto, vivió una vida larga y llena de experiencias, y su último disco y sus declaraciones más recientes venían avisando (“I’m ready, my Lord”, susurra en “You want it darker”, y se nos frunce todo), pero hay algo que relativiza ese consuelo: artísticamente, Leonard Norman Cohen estaba en la flor de la edad. Sus últimos tres discos, Old ideas, Popular problems y You want it darker, son soberbios. Con esa voz que llegaba desde la profundidad del alma y esas letras que delataban al poeta nacido antes que el músico, Cohen estaba muy lejos del artista agotado por la repetición en el acto de componer y grabar. Activo en escena, también, aunque no fuera algo totalmente voluntario: la estafa de su ex manager lo obligó a subirse al escenario para ganarse la vida cuando quizá hubiera preferido estar haciendo otras cosas. Aunque basta chequear Live in Dublin o Songs from the road para comprobar que, una vez allí, entregaba todo lo que había que entregar.

Por eso, y por tantas y tantas músicas y palabras que empezaron a re–sonar en loop desde la madrugada del viernes, es que cuesta encajar la trompada. Porque nunca vino a la Argentina, una deuda que ya no se podrá saldar. Porque su partida es el recordatorio de lo inexorable, que algunos de los artistas que forjaron algo de nuestro espíritu con su música se están yendo, y ni siquiera vale la pena embarcarse en el debate de si hay quién tome la posta con la misma estatura. Al que vamos a extrañar es a él, sus canciones, su voz tan bien añejada y su apostura (“Yo nací con traje”, le dijo a su biógrafa y amiga Sylvie Simmons, en referencia a ese padre sastre que le transmitió la idea de la elegancia ante todo), la esperanza de nuevas velas encendidas en la oscuridad aunque la ayuda nunca llegue. Quizá lo queríamos más oscuro. Pero no tanto, Leonard. No tanto.

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