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Domingo, 28 de enero de 2007

MUSICA › ENTREVISTA A JUAN CARLOS “MONO” FONTANA

“No tengo presiones de ningún tipo”

El ex tecladista de Spinetta publicó Cribas, su segundo disco solista, instrumental y ajeno a cualquier lógica de mercado.

 Por Cristian Vitale

En la enciclopedia básica del rock argentino, Juan Carlos “Mono” Fontana figura como el tecladista estrella del Spinetta, fase fines de los ochenta-principios de los noventa. Cualquier spinetteano maníaco sabe que suyo es el Oberheim que viste “La pelícana y el androide”, divina balada de Privé. Que todos los arreglos de teclados de Téster de violencia le pertenecen. Que “La melodía es en tu alma”, de Don Lucero, no sería igual sin él. O, lo más significativo, que el instrumental “Mula Alma” de Madre en años luz (Jade), le pertenece entero, con todo lo que ello implica. Los más puntillosos fugan más atrás y dan cuenta de su paso por Madre Atómica, banda under, mítica y adolescente que atravesó su primera etapa sin grabar discos, mediando los setenta. Entonces tenía 14 años y tocaba la batería. Pero lo cierto es que, en términos históricos, muchos le perdieron el rastro... o, cuanto mucho, lo vieron reaparecer, fugaz, en el debut del Flaco en el Colón o en las sesiones unplugged de Estrelicia. No más. “La verdad es que dejé de tocar con Spinetta porque les tengo terror a los aviones –cuenta–. Es más, una vez lo clavé en una gira... sólo pensar en tomar uno, me provoca fobia.” El detalle oculto es que el Mono sufría ataques de pánico –“cuando nadie sabía lo que era”– y, por eso, debió limitar sus aspiraciones de ir a más.

Prefiere tomar trabajos de entrecasa, acordes con sus inquietudes estéticas. No precisó aviones para subirse a proyectos de Liliana Herrero, o del trío Aca Seca. Menos para grabar el segundo disco de su poco convencional carrera solista: Cribas; un trabajo “ambient” totalmente instrumental, pleno de ruidos urbanos, imágenes, climas, secuencias raras y el sintetizador con sonido de piano pelado, que recorre las 18 piezas. “Más adelante, puede ser que me anime a hacer un disco en el que cante o toque otros instrumentos, pero por ahora no. Necesito un piso, una base para darme otros gustos”, confiesa. Obsesivo y perfeccionista, Fontana sostiene que tanto Cribas (recomendado por el club del disco) como su disco debut (Ciruelo, 1998) están totalmente “craneados”. “Hasta con las entrebandas –sorprende– si duraban 5,2 segundos, llamaba al ingeniero de grabación para decirle ‘ponela en 5 exactos’. Un loco”. Para explicar mejor el disco –cuesta entrar en su mundo–, el Mono toma una criba, un aro de madera –similar a la tapa de un cesto de mimbre– cuya función es filtrar algo hasta lograr lo que se desea. “Es como un filtro, ves... y le puse así al disco porque desde Ciruelo hasta hoy acumulé y desarrollé una gran cantidad de cosas. El material inédito que descarté no tenía nada que ver con el que grabé, pero fue necesario. Pasó un montón de tiempo hasta que dije ‘quiero que quede esto’”.

Lo que quedó fue una música que bien podría servir para musicalizar alguna película de esas raras y extravagantes. En rigor, el cine no es algo ajeno a la cosmogonía del Mono. Evoca que de más joven, cuando aún no había llegado el cable a la TV, se quedaba la trasnoche musicalizando películas de Sandrini, cine clase Z o series onda Baretta. “Bajaba el volumen de la tele y tocaba arriba”. La manía se proyectó en el tiempo y no sólo explica parte de Cribas –¿un disco para film sin film?– sino sus apariciones junto a Fernando Kabusacki, musicalizando cine expresionista alemán. “20 años después de esas trasnoches en casa, hice lo mismo en el Malba. Me ponía en el pasillo con el teclado y tocaba sobre lo que veía.” El otro factor clave de su música radica en los sonidos urbanos: autos que pasan, peleas humanas, risas de bebés, ladridos o trenes. Los colecciona en diferentes formatos desde las épocas de Madre Atómica y hoy ostenta un banco de ruidos urbanos enorme. “Cuando era chico me iba a la terraza y grababa perros ladrando, peleas de mis vecinos, autos pasando... ruidos con los que convivimos siempre. Lo que hago es exponerlos cuando toco. Improviso con ellos todo el tiempo. Los uso como disparadores, como los actores que actúan sin guión”.

–Entre Ciruelo y Cribas pasaron ocho años. Con estos tiempos, es seguro que no proyecta una carrera solista convencional...

–Me siento en la misma situación de los primeros músicos de la historia. No tengo que fijarme si me hicieron las fotos de prensa, si hay un manager o un representante. Hago música porque quiero, no porque tengo que hacerla. No tengo ninguna presión de nada... es una carrera solista sin presiones. Creo que lo que hice siempre fue desde el lugar más honesto posible.

–Por el lugar inclasificable que ocupa su música, debe ser difícil conseguir espacios para exponerla. ¿Le importa?

–No es algo central. Es cierto que por el tipo de música que hago estoy restringido a unos pocos. Además, no me gusta tocar en lugares que estén dirigidos a un tipo de público. No.

–¿Por qué cree que lo llama para tocar gente más relacionada con el folklore que con otros géneros?

–De una parte del folklore. Es esa que encontró un escape hacia otras sonoridades. El folklore siempre parecía más quedado, se cerraba a otras instrumentaciones, pero hoy hay experiencias atípicas que no tienen nada que ver con Cosquín. Gente que está en otras búsquedas. Tal vez, yo ofrezca ingredientes que no encuentren en otros lados. No te piden un sikus (risas).

–Ciruelo parece más experimental que Cribas. ¿Lo concibió así?

–No. Para mí son lo mismo. Aunque parezca que no, Ciruelo está todo craneado. Muchos músicos que conozco no saben cuándo una parte está escrita y otra improvisada, o al revés. Pero todo está pensado... porque tuvo mucho tiempo de maduración. Cribas es lo mismo. Por ahí, la diferencia es que en Cribas los sonidos urbanos aparecen como un buen acompañamiento de la música y no en un lugar central.

–El enlace entre ambos es que parecen concebidos como la banda de sonido de algún film calmo y onírico. ¿No pensó en hacer música para películas?

–No le pondría imágenes reales a mi música. Tal vez vos viajás de una manera escuchándola y yo te pincho el globo con el significado que le doy, te saco la fantasía. La película se la tiene que hacer el que escucha.

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“Por el tipo de música que hago sé que estoy restringido a unos pocos.”, admite Fontana.
 
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