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Lunes, 5 de febrero de 2007

MUSICA › A 40 AÑOS DE LA MUERTE DE VIOLETA PARRA

La voz de una época

Fue un símbolo de la canción popular latinoamericana. Cantó, escribió y recopiló el folklore chileno, al que hizo viajar por el mundo. La autora de “Gracias a la vida” se suicidó a los 49 años.

 Por Karina Micheletto

Un año atrás había dejado grabada una declaración de principios en esa obra monumental que es “Gracias a la vida”. El 5 de febrero de 1967, a los 49 años, decidió terminar con su vida de un tiro en la sien. A cuarenta años de su muerte, las canciones de Violeta Parra siguen siendo símbolos potentes del movimiento de la Nueva Canción Chilena. Su música y su tarea de rescate como recopiladora del folklore chileno, yendo a buscar los ritmos populares a las regiones rurales donde se gestaban, ubicaron a Violeta entre los renovadores de la música popular latinoamericana.

Violeta nació el 4 de octubre de 1917 en San Carlos, al sur de Chile, marcada por la música y la pobreza. Su padre era profesor de música; su madre, una campesina guitarrera y cantora. Ella y sus nueve hermanos vivieron una infancia campesina difícil, con constantes mudanzas. Seguiría llevando este sello trashumante años más tarde, ya como una opción de vida. Recorrió Chile trabajando en circos, bares, recreos, en una labor a la que luego se sumarían sus hijos Isabel y Angel. Años después, ya con un nombre ganado, llevaría su música por el mundo, con la misma forma de trabajo, de musiquera con la guitarra al hombro.

Impulsada por su hermano Nicanor, recorrió las zonas rurales chilenas grabando y recopilando las formas populares del folklore. Con esta investigación, asumida con el compromiso de quien pone el cuerpo en la tarea, abrió un nueva perspectiva a través de su música y su poesía: la síntesis cultural que elaboró hizo emerger una tradición de inmensa riqueza hasta ese momento escondida, punto de referencia para el desarrollo posterior de la música chilena.

En 1961 inició una gira invitada al Festival de la Juventud en Finlandia. Viajaron por la Unión Soviética, Alemania, Italia y Francia, y se quedaron viviendo tres años en París, donde la cantante ya había estado viviendo en 1954. “En el primer período, aún no famosa, para ganarse la vida cantó en un pequeño bar del Barrio Latino, L’Escale. Su sueldo miserable sólo le permitía pagarse un cuarto de hotel de una estrella y cocinar ahí una modesta comida estilo chileno que muchas veces compartió con sus seis principales amigos, uno de los cuales era yo”, recuerda Alejandro Jodorowsky en su libro El Maestro y las magas. “Su tenacidad y energía me contagiaron. Violeta cantaba desde las diez de la noche hasta las cuatro de la mañana, luego se levantaba a las ocho y corría a grabar los cantos chilenos que había recogido de labios de viejas campesinas –‘a lo humano y a lo divino’–, ya fuera para Chant du Monde o para la Fonoteca Nacional del Museo del Hombre. Yo protesté: ‘Pero Violeta, ¡si no te dan ni un céntimo! ¡Tienes que darte cuenta de que, en nombre de la cultura, te están estafando!’ ‘No soy tonta, sé que me explotan. Sin embargo, lo hago con gusto: Francia es un museo. Conservarán para siempre estas canciones. Así habré salvado gran parte del folklore chileno’”.

Sus últimos años, cuando su música ya había trascendido las fronteras chilenas, los pasó alrededor del grupo La Carpa, una suerte de centro cultural al que se uniría gente como Patricio Manns y Víctor Jara. Allí fue donde decidió quitarse la vida, tras un anterior intento fallido, y en medio de una depresión a la que contribuyeron sus dificultades económicas y sus difíciles relaciones amorosas (su gran amor, el músico suizo Gilbert Favre, 18 años menor que ella, acababa de dejarla).

Durante el último fin de semana la Violeta, como la siguen llamando cariñosamente en Chile, fue homenajeada en su país natal con cantatas y exhibiciones de sus óleos, arpilleras y el documental que filmó en Suiza en 1965. Aun así, su hija Isabel repite que la mejor fecha para recordarla es la de su cumpleaños, y no el aniversario de su muerte. En Chile, la Fundación Violeta Parra, creada por sus herederos (http://www.violetaparra.scd.cl/fundacion.htm) se encarga de difundir, preservar y recuperar el patrimonio de su obra. En esa Casa de la Peña se exhiben algunas de sus obras plásticas, su discografía completa y un archivo de material audiovisual y literario. Hasta allí, la recuperación de su obra en el terreno formal. Sus canciones, esas que en la Argentina se volvieron himnos propios en voces como la de Mercedes Sosa, siguen siendo el cotidiano homenaje vivo a la chilena.

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Violeta es hoy objeto de numerosos homenajes.
 
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