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Lunes, 6 de agosto de 2007

MUSICA › DANIEL “ALAMBRE” GONZALEZ, UN GUITARRISTA VIRTUOSO Y ATIPICO

El espíritu de un amateur

Tocó con todos y es requerido por músicos de los más diversos estilos. Pero dice sentirse lejos de la vorágine actual: “Uno, que fue rockero toda la vida, no sabe dónde ubicarse”, señala.

 Por Cristian Vitale

“Este siempre fue un barrio berreta, viste... lo que pasa es que ahora pusieron 20 boliches y lo llaman Hollywood.” Daniel “Alambre” González, de profesión guitarrista, demarca territorio y se atrinchera en su depto de Costa Rica al 5600... un adentro lleno de discos de blues, retratos de Pappo y polaroids de Johnny Winter, el albino. Nada que pueda asociarse con las pretensiones posmodernas del afuera. Es su mundo y en él resiste. Cuando no habla de música, embiste contra Gran Hermano, Bailando por un sueño y la tv en general. O recuerda la última anécdota con su amigo Pappo. “Era bravo el viejo... un día estaba por tocar en The Roxy y de repente veo un tumulto. Pappo estaba triturando a un tipo que lo había encerrado con el auto, le daba contra el asfalto y justo vino la cana. ¿Sabés qué le dijo al tipo...? ‘Deciles que estamos jodiendo, porque tengo que tocar’”, se ríe y a carcajadas. Cuando habla de música, toma musas atemporales (BB King, Kubero Díaz, Claudio Gabis, Albert Lee) y dice que por ellos toca, pero no vive de tocar. Habla de enseñanzas y un espíritu: tal vez reivindicando la pertenencia a un nosotros que ya no es regla. “Yo escucho y toco blues, jazz, funk, rock, mucha música de los 70, en la que la improvisación tiene un lugar importante. Algo que hoy está mal visto: se dice que el solo no vende o distrae. Pero yo me quedo con el vértigo de improvisar y no saber dónde terminar. Me importa muy poco que no sea lo correcto”.

Así, no es complicado adivinar entonces de qué va Casino (Utopía), su tercer disco solista: un conglomerado de estilos clásicos, atemporales, que dibujan un arco entre el blues eléctrico y el funk más negroide. Un fresco que delata por qué Alambre es uno de los guitarristas más referenciados entre los que aman el rock. Es usual que Diego Arnedo, Alejandro Medina, Alejandro Sokol, Patán Vidal o su hermano Bolsa –baterista de Pappo durante 15 años– se unan a sus performances de bar. O que Zakiya Hooker –hija de John Lee–, Tony Coleman –baterista de BB King– y hasta Mercedes Sosa lo convoquen a grabar. Su guitarra es perfectamente adaptable. “Todos dicen ‘ah, sí. Alambre, guitarrista de blues’. Pero hay muchos que tocan fenómeno ese estilo... a mí me gusta hacer de todo. Me divierto así”. Un mate con yerba gusto a limón circula por el pequeño estudio de grabación, junto a unas pepas realmente viciosas. Alambre sorbe un lavado y dice tener 51 años, ocho más que su hermano. Evoca con una mueca agridulce su primera banda junto a Medina y Pappo, poco después de disolverse Aeroblus –fines de los setenta– y la que armó con Ricardo Mollo, Arnedo y Juan Rodríguez cuando Divididos –e incluso Sumo– estaban en pañales. “Para mí era como sigue siendo hoy: en vez de ir a jugar al pool nos juntábamos a tocar.”

–¿Qué utilidad tiene sacar un disco cuando prima este espíritu amateur?

–No sé. Me armé el estudio y me pintó la cosa creativa: en vez de pintar un cuadro, armo un tema. A veces está bueno materializarlo en un disco, pese a las contras que imponga el negocio. No sé, se venderá en los shows. Igual, no diría que no a alguien que quiera poner guita para que se difunda, siempre y cuando no tenga que negociar cuestiones artísticas. Si no lo hice nunca, ¿por qué hacerlo ahora? Lo edité para que quede la foto de lo que estoy haciendo hoy.

De once temas, nueve son propios y dos ajenos: “Me gusta ese tajo” (Spinetta) y “Nostalgias”, de Cobián y Cadícamo... ambos dotados de los giros propios de un improvisador eléctrico. La banda “estable” incluye a Fernando Scarsella en batería, Cirso Iseas en bajo y Alejandro Cabiaglia en guitarra rítmica; y entre los invitados aparecen Patán Vidal, Silvio Marzolini –el hijo del crack rubio del Boca de los sesenta– y Juan Cruz de Urquiza. “Es un tema este de los solos –retoma Alambre–. Yo trato de que el solo siempre esté al servicio del tema y no al revés. Pero vos fijate que Juanchi, de Los Pericos, solea de la puta madre y sin embargo el grupo, apremiado por vender, le exige otra cosa. Lo limita.”

–La encrucijada irresoluble: libertad o comercio.

–Y más hoy, que pasa lo inverso a las causas por las que yo elegí tocar. Era tocar sin importarme grabar un disco o ser famoso. Hoy, los pibes que empiezan a estudiar piensan en cuán rápido pueden aprender a tocar para grabar y ser famosos. En vez de disfrutar el camino, esperan la llegada. Y la llegada no existe. Es una especie de cinturón gástrico: no se digiere... se come y se caga.

–También juega con peso la oferta excesiva de discos, hay demasiado y es poco lo que se conoce.

–Sí. Pero uno no compra nada que no quiera. Lo que ocurre es la vorágine: las cosas pasan tan rápido que no podés pararte a elegir, no tenés tiempo. Es comprar y comprar. Un consumo total, que se traslada a todos los ámbitos de la vida. También hay un problema de clasificación: hoy te venden como rock a Babasónicos, los Decadentes, Los Pericos o Miranda!, y no es así. Eso confunde, porque uno, que fue rockero toda la vida, no sabe dónde ubicarse.

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Alambre acaba de editar Casino, su tercer disco solista.
 
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