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Martes, 7 de agosto de 2007

MUSICA › ENTREVISTA CON ADOLFO “FITO” CABRALES

“Me gusta emocionar a alguien que jamás me ha escuchado”

Es vasco, muy famoso en España y casi un desconocido aquí. Aunque en la Argentina sólo se editó el último CD de su banda Fito & Fitipaldis, sueña con venir antes de fin de año, acompañando a Andrés Calamaro.

 Por Roque Casciero

En la Argentina, Adolfo “Fito” Cabrales es casi un desconocido: apenas ha asomado tímidamente en las bateas el último disco de su banda, Fito & Fitipaldis, en el que se puede acceder sin dilación a las melodías sencillas y las letras certeras que escribe este vasco diminuto, de llamativas patillas y gorra sobre cabeza rapada, nacido en Bilbao en 1966. En España, la suerte de Cabrales es bien diferente: además de tener un profuso currículum junto al grupo Platero y Tú, los cinco álbumes de los Fitipaldis han sido exitosísimos. Por la boca vive el pez, el mismo que fue editado aquí, ya va por el quíntuple platino. Y Cabrales acaba de cerrar la gira “2 son multitud” junto con Andrés Calamaro, que podría repetirse en Buenos Aires antes de fin de año. “Si lo hacemos, tendríamos que cambiar algo”, asegura Cabrales en una entrevista telefónica desde España. “Sucede que aquí Andrés es muy conocido, no le hace falta venir conmigo para tocar ni nada, pero yo no podría estar tocando dos horas allá... ¡Si no me conoce nadie!”

–Bueno, al menos ahora es un desconocido con un disco editado.

–Y eso me provoca mucha ilusión. Es una lucha que he tenido con la discográfica. Pero a raíz de conocer a Andrés y a Olga (Castreno, manager de Calamaro), que es la culpable de toda esta historia, después de catorce discos en total, por fin éste ha sido publicado allá. Más vale tarde que nunca... A mis 40 años y con tantos discos, casi que pagaría por ir a tocar a Buenos Aires. Y saber que voy a ir a tocar en estas condiciones me hace mucha ilusión, porque cuando tocas donde ya te conoce la gente, antes de salir ya parece que tienes algo ganado, porque la gente te ve como algo más que un músico. En cambio, allí no, tienes que convencer. Y eso es un reto que viene muy bien, porque como músico me gusta emocionar a alguien que no me ha escuchado jamás.

–¿Le provoca algo especial la Argentina, por la tradición del rock que hay acá?

–Claro, porque en España fueron los argentinos los que empezaron a descubrirnos que el rocanrol podía cantarse en castellano. Crecí con Moris, con Tequila, con Andrés, con esas canciones en castellano. Ir a tocar a la Argentina con todo lo que he recibido de esos músicos es muy especial. Además, me da seguridad ir con Andrés: es jugar con ventaja.

–¿Qué lugar siente que ocupa usted en el rock español?

–Me siento en una posición privilegiada en cuanto a la gira: trabajo como yo quiero, y para eso se necesita haber tenido suerte. En eso comparto mucho con Andrés, porque voy a contracorriente, como el salmón. Si hago la gira, la hago con mi gente, y organizo yo los conciertos. Eso me gusta. En cuanto al estatus al que puede referirse alguien, no lo sé. Nunca me he sentido una estrella, lo digo de corazón. Es un sentimiento que alguien puede tener hacia ti, pero uno jamás lo tiene. No sé si Prince se considera una estrella; me animaría a decir que él tampoco...

–¿Prince? ¡Seguro que sí!

–(Se ríe.) No sé. A veces es algo que siente la gente... A mí, la verdad, me ha venido todo muy bonito. Sé lo que es tocar en un bar y vender mi propio disco y también sé lo que es vender 500 mil. Por esa razón no me siento estrella: sé que a lo mejor saco otro disco y no vendo nada, pero la música seguirá estando ahí. He tenido la suerte de que todo me ha pasado justo en la hora. Si a una banda el éxito la pilla con 20 años, quizá no sabe medirlo, pero a los 40 ya lo ves diferente. Lo mágico que tienen los Fitipaldis no soy yo, son las canciones. Además, me viene bien decir eso para quitarme la responsabilidad de encima (risas).

–Pero esas canciones hablan de su vida y de su mundo interior.

–No podría escribir de otra forma. Me encantan las guitarras y el rock and roll, y me lo paso muy bien con un amplificador a toda caña, pero lo que más satisfacción me da es poder decirle a la gente cómo me siento. Eso es lo que me hace tener ilusión por crear otra canción. Y si no eres sincero, no puedes quitarte los demonios. Porque puedo engañarte a ti o a cualquiera, pero no a mí mismo.

–¿Es ése su objetivo al hacer canciones? ¿Quitarse los demonios?

–Creo que sí, que es el objetivo de escribir. Lo comparo con el aullar del lobo: cuando estás alegre, te vas por ahí de fiesta. Después están los otros objetivos, porque lo que a uno le gusta es la carretera, tener una banda y sentir lo que es el rock and roll.

–¿Cómo es eso de que usted fue camarero en un prostíbulo regenteado por su padre?

–Para la literatura rock queda muy vistoso, ¿no es cierto? Es verdad que trabajé de camarero tres años en una barra americana, pero no tiene nada de glamour ni de novela negra: era un sitio muy normal, con chicas. La literatura rock muchas veces infla las cosas y la gente piensa “¡lo que habrá vivido éste!” Pues no, era un trabajo muy normal. Además, tenía 20 años. Crecí dentro de bares y hoteles, porque mis padres, que estaban divorciados, siempre han tenido sus bares. E iba de camarero porque me encantaba esa profesión: siempre creí que de mayor iba a tener un bar, porque nunca me gustó estudiar. Entré para una sustitución, por un mes, pensando que con lo que me pagaban iba a poder comprarme un amplificador. Pero me quedé tres años...

–En “Me equivocaría otra vez” habla de “perderse en los bares donde se bebe sin sed”.

–Es que nadie entra con sed a un bar. He sido camarero toda mi vida y nunca he visto a un sediento (risas). Los sedientos se van a las fuentes.

–Pero quizás a un bar se va a apagar otra clase de sed.

–Sí, hombre, los bares tienen un caldo de cultivo especial. Los camareros no solamente somos... Los que hemos sido camareros...

–¡Sigue considerándose camarero!

–Es que tengo amigos que tienen bares y cuando voy hay como un imán que me traslada al otro lado de la barra y me pongo a vender copas. Los camareros somos –o son– un poquito psiquiatras, porque la gente no actúa igual en el bar que en la oficina, porque con dos copas suelta cosas que de otro modo no soltaría...

–¿De dónde sacó el título de su último disco, Por la boca vive el pez?

–De un libro, no recuerdo cuál. Y me quedé pensando que esa frase, puesta en boca de alguien que se gana la vida contando historias, adquiere todo su significado: cuando estoy vacío y no puedo decir nada, es entonces cuando me siento muerto. El problema que tenemos todos los que componemos es que si pasan seis meses sin escribir algo que nos guste, empieza la depresión, no nos soporta nadie. Lo digo con conocimiento de causa, porque me ha pasado, y me sentí realmente inútil. Por eso la frase me pareció muy ocurrente. Siempre se dice al revés, para los que hablan más de la cuenta, pero nosotros, que somos bufones y charlatanes, nos ganamos la vida así.

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“Comparto mucho con Andrés, porque voy a contracorriente, como el salmón”, señala Cabrales.
 
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