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Lunes, 27 de julio de 2009

LITERATURA › ENTREVISTA A SARA ROSENBERG, AUTORA DE LA NOVELA CONTRALUZ

“Yo no sé quién manda sobre la apropiación del lenguaje”

Exiliada desde 1975, la autora señala que “no se puede escribir sin punto de vista político, social, humano, filosófico, artístico”, y que después del vacío de los ’90 la escritura puede servir también para recuperar la palabra política.

 Por Silvina Friera

“La poesía sale de las bocas más oscuras, del dolor”, dice Griselda Koltan, una actriz de teatro apasionada por Jean Genet, alcohólica con aires de diva, desde el psiquiátrico de Madrid, ciudad en la que se exilió junto con su marido, Jerónimo Larrea, director teatral, para intentar rehacer sus vidas. Jerónimo aparece muerto –se presume que se ha suicidado con una ingesta de barbitúricos, según la autopsia– en la habitación del hotel Astor. Ella habla de secuestro y asesinato, pide que se abra una investigación; el matrimonio se sentía vigilado por un grupo de tareas que quiere borrar cualquier prueba que los pueda incriminar. La maquinaria del terror sobrevive en democracia y anda al acecho, temiendo que se desmonten algunas de las piezas del engranaje que aceita la impunidad. Lo matan porque va a testificar, aunque Checo, el traidor que sólo busca sobrevivir, diga que fue un error, que “era un apriete, un trabajo sencillo”. El psiquiatra de la actriz, el siniestro doctor Barber, “carcelero eficaz” que busca disimular las apariencias, le diagnostica paranoia. El juez Garzón está procesando a los torturadores y asesinos de la dictadura argentina, aunque en la acción Contraluz (Siruela), de Sara Rosenberg, ese “espectáculo jurídico” apenas sobrevuela por las páginas de la novela. El reparto se completa con Laura, la hija de Larrea que viaja a Madrid para investigar qué pasó con su padre, y el entrañable Federico, un amigo de la víctima que se define como “comunista y libertario”.

Si lo mejor de Buenos Aires es que está llena de gatos callejeros, como dice uno de los personajes de Contraluz, encontrarse con Rosenberg en un café justo enfrente del Botánico parece el escenario ideal. La escritora, dramaturga y pintora, que a mediados de los 70 se exilió en Canadá, México y finalmente en España, donde reside desde 1982, habla con un tono sereno, acompasado de tanto en tanto cuando pronuncia una erre que vibra más allá de los sonidos metálicos de las cucharas y las tazas, como si algunas sílabas evocaran las sonoridades de su Tucumán natal para imponerse ante el concierto desafinado del ambiente. “Las cosas que me afectan, que me tocan, de pronto se encarnan en algún personaje; lo pienso o lo sueño y me siento a escribir”, dice la escritora a Página/12. “La dictadura está presente porque los personajes son producto de un tiempo y han tenido una vida. Esta novela está contextualizada en el momento en que se enjuicia a Scilingo. El contexto está porque el tema sigue abierto. No hay clausura posible de la historia mientras haya impunidad”, afirma la escritora.

–¿Por qué decidió que una de las protagonistas sea una actriz alcohólica que se desliza por ese andarivel en el que parece que exagera o miente?

–Parece vulgar decir “el loco tiene razón”, “el loco sabe”, pero decimos y pensamos muchas cosas que si no podemos probarlas como si fueran una fórmula matemática no se escuchan. Me gustan los personajes contradictorios; que siendo una gran actriz las cosas no le vayan muy bien, que siendo una persona que sabe mucho no pueda demostrar lo que sabe. A veces sabemos demasiado y ese saber no necesariamente nos ayuda a vivir. Los personajes de mi novela no son monolíticos, de una sola pieza. Ella es alcohólica porque en Madrid se toma mucho, a ella le gusta el alcohol, no me parece nada extraordinario, sino algo vulgar de la vida cotidiana. Ella elige el tipo de obras que hace. Genet no está tomado al azar; remite a la marginalidad, a esa frontera de lo extranjero, de lo que está en cierta forma en un lugar que no es estable. Todos mis personajes circulan un poco por el margen.

–¿Se propuso rescatar dentro de la novela un teatro más político frente a otras propuestas y estéticas teatrales?

–Sí, con el avance del conservadurismo y el neoliberalismo en los ’90, hablar de algo que tuviera contenido, que hiciera referencia a la vida social y política, era como una peste. No se puede escribir sin punto de vista político, social, humano, filosófico, artístico. Forma y contenido jamás han estado separados. Creo que es interesante recuperar el sentido de la palabra política. Siempre digo que Rojo y Negro es una novela política, Stendhal hacía novelas políticas. Las novelas decimonónicas cuentan historias colectivas, porque lo político es un punto de vista sobre lo colectivo. No hablar de política también es una forma de tomar partido.

Sus manos se aferran a la taza de café; sus ojos iluminados por el sol fulguran como dos esmeraldas manchadas de oro. “Estuve leyendo la prensa argentina en estos días y es aguda la contradicción que se vive en este momento. Hay un movimiento bestial hacia el conservadurismo”, dice, mientras los pómulos se tensan. “Justo llegué un poco antes de las elecciones y estuve viendo los resultados con gente amiga. No lo podíamos creer; se está queriendo regresar a los ’90 en todo, hasta en los gestos.”

–Uno de los personajes de la novela, Federico, se pregunta de qué socialismo se habla en España. El prefiere definirse como “comunista y libertario”. ¿Qué opina del planteo que hace este personaje?

–Federico es un personaje que ha vivido la represión franquista, un personaje de la izquierda española que hoy es muy minoritaria. Lo que dice es verdad; España no es socialista, aunque se hayan hecho pequeñísimas reformas y evidentemente no sea la derecha ultramontana la que está gobernando. Cuando se define como comunista y libertario, está diciendo que no es un estalinista. Federico para mí es muy representativo de esos cristales que han quedado sueltos en el mundo de la cultura y del arte. Algunos acompañan un tiempo los procesos revolucionarios, otros un poquito más, y los imprescindibles casi toda la vida. No se cambia de chaqueta en la mitad.

–Lo interesante es que se reivindica de izquierda cuando esta palabra ya no se la usa en el sentido que lo hace el personaje.

–Yo no sé quién manda sobre la apropiación del lenguaje; a mí me han tildado muchas veces de anacrónica y no me importa para nada (risas). Las palabras tienen dueño, como decía Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo. Y si las palabras tienen dueño, yo quiero ser dueña de mis palabras. Nadie me va a decir cuándo caducan ni el sentido con que las cargo. Aunque la izquierda haya cambiado de contenidos, aunque se haya diversificado muchísimo más el concepto de izquierda y se haya enriquecido, no sé qué define ciertas cuestiones. El personaje es un hombre de casi sesenta años que ha vivido todas las luchas antifranquistas, que sigue en la lucha y que no quiere perder esa palabra.

–Laura es el personaje que intenta comprender al padre, con el que no ha tenido una buena comunicación. ¿Cuál es el mayor obstáculo que tiene la generación de Laura para comprender a la generación militante?

–Estoy convencida de que el mejor antídoto contra la ignorancia es preguntar e intentar entender para no vivir con prejuicios. Ese es el proceso que hace Laura en la novela, a pesar de su desorientación. Es un personaje que indaga más allá de la edad, de sus problemas afectivos con el padre y del tema del abandono. Los años oscuros han impedido una transmisión profunda de todo lo que pasó. Walter Benjamin decía que en los campos de batalla durante la Primera Guerra Mundial lo que más lo sorprendía cuando llegaban los soldados era el silencio, la incapacidad de hablar del horror que habían vivido. El horror hace que pierdas la capacidad de simbolizar, de decir, de contar. La literatura y el arte tienen ese espacio tan importante de volver a tirar las bolas en la mesa de billar y dejar que circulen. El miedo de muchos a ser detenidos ocasionaba que no les contaran nada a sus hijos. Esto pasó también durante los cuarenta años de franquismo. La generación que creció durante la Guerra Civil Española fue una generación muerta de miedo porque lo que escuchaba era “cállate”, “no se puede preguntar”. Cuesta mucho volver a enhebrar el sentido. El trabajo del lenguaje, del pensamiento, consiste en zurcir ciertos huecos.

–Muy al pasar se menciona en la novela a Tucumán y al general, por Bussi. ¿Cómo se lleva con el lugar donde nació?

–Amo y odio a Tucumán alternativamente con mucha rapidez; amo mi montaña, mi río, mi selva, los amigos que me faltan... Siempre sin darme cuenta estoy volviendo literariamente a Tucumán. Fue muy fuerte volver a Tucumán y encontrarme con todas las calles embanderadas con Bussi, que fue votado. No entendía nada; para mí fue tan terrorífico que me fui rápidamente. Hasta que empecé a reconciliarme y me conecté con gente de la universidad. A los 17 años fui a parar a una cárcel de Tucumán, en 1970. Pasé tres años y medio sin juicio y fui amnistiada por Cámpora. Estaba en una agrupación universitaria y caí presa por un operativo, un robo a un banco. Cuando salí de la cárcel me quedé hasta el ’75, pero estaba muy perseguida; empezaron a matar a todos los amnistiados. No tenía cómo sobrevivir. Me salvé porque un poco antes del golpe mi papá me pagó un pasaje a Montreal; después me fui a México porque ya no aguantaba otro invierno, yo soy un alma tropical (risas). De México me fui a España y ya no podía mover más a los chicos por tantos países... Hacíamos todo muy rápido, sentíamos que había poco tiempo y quemábamos etapas. Pero no me arrepiento de nada, fue el tiempo que me tocó vivir.

–¿Cómo reaccionó su familia cuando cayó presa?

–Ay (se agarra la cabeza)... fa-tal, estaba indignada. Mi papá era de una derecha liberal, nunca fue un hombre de izquierda. Era una casa muy tradicional, esa burguesía provinciana conservadora que quiere que sus hijos estudien y punto. Tengo que agradecer mucho a la escuela pública, la escuela Sarmiento, que dependía de la Universidad Nacional de Tucumán, que en su tiempo fue muy de avanzada y que me abrió la cabeza. Esa contradicción entre la apertura de la escuela y el conservadurismo de mi casa me permitió formarme y confrontar. Era natural que cuestionáramos lo heredado y quisiéramos refundar el mundo. Yo no quería vivir ni como mi papá ni como mi mamá, no eran mis modelos. Fue una época de transformación profunda del pensamiento, con un movimiento obrero muy combativo, con un proletariado muy organizado, y se juntó una intelectualidad muy interesante con trabajadores con mucha organización y capacidad. Era imposible ser indiferente a lo que estaba pasando, salvo que te encerraran con llave en tu habitación. Pero siempre está la ventana para saltar y poder escapar (risas). Tucumán se politizó rápidamente y la gente estaba en la calle luchando. No éramos ni excéntricos ni raros; se discutía, leía y pensaba en los cafés. Yo escuchaba a los mayores leer poesía y discutir de marxismo. No había fronteras entre la poesía y la política.

–Un personaje de Contraluz plantea que hubo un momento en que el arte se correspondía con la política, que el artista no estaba divorciado de su tiempo.

–Claro, el artista no estaba en su torrecita, estaba comprometido seriamente. Yo creo que es imposible ser neutral, aunque nos digan que tenemos que ser neutrales y “no meternos en...”. Yo apoyo el proceso que está viviendo Venezuela, que me fascina por cómo se está alfabetizando al pueblo. Chávez dice que un pueblo culto puede elegir, y me parece que están haciendo esfuerzos muy válidos. Sigo con mucha atención las transformaciones de Bolivia y Ecuador. Las veo como si fueran luces. Así como toda Europa se está inclinando hacia la región más conservadora y oscura del pensamiento, las luces que nos dan esperanzas están en América latina. Estamos viviendo un momento interesantísimo, de pequeños avances, después de la oscuridad de los noventa, de tanto silencio y chabacanería mental.

En la cárcel escribía muchas veces en la pared o en pequeños papelitos. Cuando llegó el momento de restablecer su vida, Rosenberg comenzó a pintar. “Estuve muchos años pintando, montando instalaciones en Canadá, México y España. En el ’92 expuse en el Centro Cultural Recoleta, me traje mi exposición en una valijita, todavía estaba Miguel Briante”, recuerda sonriendo hasta con los rulos desordenados por los recuerdos. “Ya estaba escribiendo, pero no lo hacía para publicar. Tardé mucho en publicar mi primera novela porque el tema no interesaba. Parece que en los noventa no se podía hablar de los desaparecidos, hasta que conseguí que una editorial se interesara en publicar Un hilo rojo. Sin abandonar mi parte visual, poco a poco la escritura empezó a devorar mi tiempo. Yo no puedo vivir de la literatura, doy clases y tengo que pagarme el derecho a escribir.” Su opción por la escritura dramática, la dramaturgia, le permitió encontrar la forma de juntar lo visual con la palabra. “Escribo teatro, poesía, cuento, novela, pero no puedo abrir más el abanico”, bromea Rosenberg, desplegando las palmas de la mano sobre la mesa como si fueran dos abanicos. “Ahora me voy dos meses a Bolivia a trabajar como bibliotecaria por La Paz, Oruro, Santa Cruz de la Sierra, Cochabamba, Tarija... Quiero escribir un libro sobre las mujeres en Bolivia, un texto novelado en el que aparezcan las voces de las protagonistas. La mejor forma de conocer un país es trabajar”, cuenta con el gesto de asombro de quien intuye que aún quedan sorpresas en el camino.

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“Tardé mucho en publicar mi primera novela porque el tema no interesaba. Parece que en los ’90 no se podía hablar de los desaparecidos.”
Imagen: Pablo Piovano
 
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