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Lunes, 3 de agosto de 2009

LITERATURA › ENTREVISTA A EDUARDO SACHERI POR LA PREGUNTA DE SUS OJOS

“Escribir es decir siempre algo que tenés atravesado”

La primera novela del autor acaba de ser reeditada, a pocos días del estreno de su adaptación cinematográfica, El secreto de sus ojos, dirigida por Juan José Campanella. Sacheri asegura que, más que un policial, lo que escribió fue “una reflexión sobre el castigo”.

 Por Silvina Friera

Benjamín Chaparro, sesenta años, canoso, nariz aguileña, el rostro flaco, no quiere chapalear torpemente en la nostalgia. Pero se acaba de jubilar y trata de esquivar las esquirlas de una tristeza adicional. Teme hundirse en la melancolía patética de hablar de las mismas cosas de siempre con los mismos viejos de siempre. Durante treinta años trabajó como prosecretario de un juzgado de instrucción. En una vieja Remington comenzará a escribir su primera novela. Necesita repasar su vida y contar la historia de un homicidio que no puede olvidar: el de Liliana Colotto, una joven maestra de 23 años, casada con Ricardo Morales, que fue violada y estrangulada en mayo de 1968 en su departamento de Palermo. El viudo se describe ante Chaparro como “un tipo anodino, grisáceo, con un destino propio de chatura”. En la Argentina de la dictadura de Onganía, un hombre limitadísimo apellidado Romano, casado con la hija de un coronel de infantería, llega a prosecretario y busca el atajo más fácil para resolver el caso: acusar a unos albañiles, “dos negritos con cara de chorro”. “Nadie es capaz de leer, en la borra del presente, las señales del futuro”, escribe Chaparro, quien recuerda cómo ayudó al viudo a encontrar al verdadero culpable. A través de unas fotos de la víctima descubrió al asesino, Isidoro Gómez, que logró hacerse humo a tiempo. En el ’72, después de intentar viajar sin boleto en un tren, fue detenido y ahí nomás saltó el pedido de captura por homicidio. Interrogado por Sandoval, “un consumado encuadernador de expedientes”, Gómez confesó el asesinato. Gracias a la ayudita de Romano, patotero de poca monta ascendido en las fuerzas de inteligencia antisubversiva, el criminal salió de la cárcel de Devoto un año después con la amnistía dictada a los presos políticos.

Esta vieja anécdota que llegó a oídos del escritor Eduardo Sacheri mientras trabajó en un juzgado, la de un preso común que se coló por el orificio de la amnistía, fue el disparador de La pregunta de sus ojos, su primera novela que acaba de ser reeditada por Alfaguara, a pocos días del estreno de la película dirigida por Juan José Campanella y protagonizada por Ricardo Darín (ver aparte). Como un gran prestidigitador, Sacheri hace creer al lector que se sirve del género policial para narrar un crimen cuyas derivaciones se ciernen sobre la dictadura militar. Pero en un segundo plano, Chaparro va rumiando ese amor por Irene que le incinera las entrañas. Las cuerdas del relato se tensan a medida que los personajes meten las patas en el barro de la violencia de los ’70. “Me interesó especialmente que la atmósfera de la vida cotidiana se fuera enrareciendo como la misma realidad política, hasta desembocar en el horror de la dictadura; esa cosa del huevo y la serpiente, de progresivo enroscamiento y oscurecimiento de la realidad”, señala el escritor a Página/12.

–Chaparro se define como un viejo dos veces divorciado con veleidades de escritor, “un Hemingway de la tercera edad”. ¿Qué es lo que impulsa a este hombre a escribir?

–El personaje escribe fundamentalmente para Irene. Al menos para mí, escribir es decir siempre algo que tenés atravesado y de otro modo no podés decir. Claro que eso que tenés atravesado probablemente sea apenas la punta de un témpano que hunde debajo del agua un montón de cosas que no conocés. A Chaparro le pasa un poco eso. Aunque podés empezar la novela pensando que sólo es un testigo; cada vez más se convierte en un protagonista muy involuntario, pero protagonista al fin, y la historia de ese asesinato está muy tejida con su propia vida. Tal vez decirlo en la vejez es un modo de matarlo o de exorcizarlo, aunque al mismo tiempo decírselo a ella sea un modo de darle un sentido a lo que escribe.

–Cuando Chaparro comienza a escribir tiene muchas dudas sobre cómo contar la historia. ¿Las dudas del personaje fueron las que tuvo usted?

–En buena medida fueron mis dudas. Esa manera de escribir la historia básicamente en primera persona, contada por Chaparro, pero de vez en cuando salir del personaje y contarlo a él, me permitió poner en Chaparro parte de lo que me sucedía. Yo venía de escribir tres libros de cuentos, me movía con comodidad en el género, pero sentía que me debía poder escribir una novela. Esta historia estaba hace años dando vueltas por mi cabeza. De hecho hay un cuento en Te conozco, Mendizábal que se llama “El hombre”, que narra un día en la vida del viudo y el asesino. En el cuento, Morales se levanta y extraña a su mujer, se prepara el desayuno, sale al campo en un día de lluvia, va al galpón, lo abre y de repente dentro de una jaula hay un tipo. Y ahí termina el cuento. La historia ya estaba en mi cabeza más o menos completa, pero para poder hacerla primero escribí ese cuento. Para la novela necesité ponerle a Chaparro mis propias dudas: tiempos verbales, personas, cómo narrar lo que no vio, dónde terminar la historia, hasta dónde contarla. Fue muy liberador para mí tener esa posibilidad de que mis problemas fueran los problemas de Chaparro.

El escritor señala que La pregunta de sus ojos no es un policial. “Hay un crimen, una búsqueda, un hallazgo; pero escapa a los mecanismos esperables de un policial porque no hay una investigación eficiente y los personajes no son esos seres solitarios y sombríos de las novelas de detectives –explica Sacheri–. Esta novela es mucho más una reflexión sobre el castigo.”

–¿Por qué sobre el castigo?

–Lo pienso básicamente desde la perspectiva de Morales, el viudo, un hombre muy metódico, ordenado, legalista, que confía en el sistema. El dilema que plantea la novela es qué hace Morales ante la realidad de que al asesino lo soltaron. Confeso y todo, el criminal termina libre. Quería ir un poco más allá de la justicia por mano propia. No es que yo me ponga en la piel de Morales y diga: “esto es lo que hay que hacer”; pero me gustó jugar con esa posibilidad de la “privatización del castigo”, asumiendo las consecuencias personales también.

–¿El dilema de Morales es que no puede soportar que quede en sus manos el hecho de hacer justicia?

–El no cree en la pena de muerte, no quiere matarlo, simplemente lo quiere preso. Pero cómo hace si no puede conseguir que el asesino esté preso. Entonces toma esa trágica decisión de hacerse cargo de esa justicia que no encuentra. Por eso hablo de la “privatización del castigo”, que es mucho más extremo que matarlo; y que condena a Morales a ser carcelero toda su vida. Yo no sé qué haría en esa situación, pero me interesó proponerlo en la novela. ¿Qué harían los lectores si estuvieran en los zapatos de Morales? ¿Nada? ¿Lo matarían?” Esta vuelta de tuerca me interesaba especialmente. En un momento de la novela todos los personajes están convencidos de que lo mató. Necesitaba narrativamente que los personajes se convencieran de que lo mató para que los lectores también se convencieran y eso quedara aparentemente cerrado.

–El exilio de Chaparro en Jujuy revela que nadie podía sentirse ajeno al terrorismo de Estado. ¿Fue deliberado este planteo de que todos pudieron ser víctimas?

–Sí. Cuando se quiebran las reglas básicas de una sociedad, todos estamos indefensos y a merced de cualquier cosa. Chaparro es víctima de unos tipos sanguinarios, pero improvisados en su misma arbitrariedad, una fauna librada a sus impulsos. Chaparro se va a Jujuy porque allá no lo pueden tocar. Lo horrendo es que hasta hubo lugar para vendettas domésticas durante la dictadura. No me parece que esta parte de mi novela sea inverosímil; creo que los militares se deben haber tomado la libertad de castigar hasta esposas infieles y deudores incobrables desde la total impunidad.

–En La pregunta de sus ojos aparece fuertemente un culto hacia la amistad entre Sandoval, Chaparro y Morales. ¿Por qué la redención se consigue a través de la amistad?

–Tal vez tenga que ver con mi concepción muy pesimista del género humano; hay poca gente valiosa que está suelta por ahí. La amistad es una asociación de gente valiosa. Lo que te permite afrontar las estructuras, los sistemas, esa cosa kafkiana del poder judicial, la burocracia, la policía, es la amistad. Lo que te salva son unas pocas personas con las cuales te entendés. Si Chaparro puede hacer algo con ese drama enorme del cual es testigo es precisamente porque se junta con tres o cuatro como él. El mundo funciona en base a esas mínimas asociaciones de gente valiosa hundida en mares de gente que no lo es, por apatía, por egoísmo, por mediocridad o por una mezcla de todo eso. Hasta narrativamente fue importante para mí encontrarlo a Sandoval, un experto encuadernador de expedientes, el emblema de la mediocridad judicial (risas). La amistad es lo único que les permite a Chaparro y a Sandoval sustraerse de la chatura y la mediocridad judicial.

–¿Qué lo llevó a trabajar en tribunales?

–Empecé un año después de que terminé el secundario, en 1987. Mi hermano trabajaba en otro juzgado, estaba a punto de recibirse de veterinario, y me comentó que en el juzgado de Carmen Argibay, la ministra de la Corte Suprema, que en ese momento era jueza de sentencia, había una vacante en el último orejón del tarro. Ahora la cosa es mucho más compleja, pero como en el poder judicial se trabajaba medio día, para estudiantes universitarios era un laburo muy piola porque te desocupabas poco después del mediodía, tenías buenas vacaciones y días para los exámenes. Trabajé cinco años. Fue una experiencia muy fuerte para mí, aprendí mucho. Esta novela también es un tributo a esa época de mi formación laboral.

–Una de las paradojas de la novela es que los que quieren hacer bien las cosas, Chaparro y Sandoval, tienen que hacer “trampas”, por ejemplo modificar una fecha para que la causa del homicidio no sea archivada.

–Me gustó trabajar con esta idea de tipos que quieren hacer las cosas bien, aunque haya que hacerlas aparentemente mal, pero sin caer en esa cosa cinematográfica de entrar con una escopeta y cagarlos a tiros a todos, el atajo de la cultura norteamericana que se ve en tantas películas. Estos tipos no creen en eso; hacen trampas menores, pero trampas al fin. Un principio básico de tribunales es que toda causa que puedas patear, la pateás. El sistema tiene una lógica que pierde de vista sus fines. El fin no es administrar justicia sino que la máquina funcione y punto. Por eso aparecen estas trampas que Chaparro necesita tender, aprovechándose de la ineptitud de sus superiores.

–Los personajes de sus novelas son solitarios, melancólicos, un tanto acomplejados o muy lastimados por el desamor, como Aráoz o Chaparro. ¿Por qué la pérdida aparece como uno de los temas recurrentes en sus novelas?

–A lo mejor literariamente la pérdida, la ausencia, la falta, es un terreno más propicio que el de la plenitud. El arte habla de lo que no está, de lo que nos falta. Pero también supongo que me seducen más ese tipo de personajes, esas personas que ocultan más de lo que muestran. Tal vez, pensando en mi anterior novela, busqué que Aráoz no tuviera ninguna esperanza en el amor. Pero Chaparro tiene la esperanza del sí, y fijate hasta qué punto eso cierra el libro y le da el título a la novela. Aunque es mucho más oscura la historia, hay una posibilidad de mayor redención que en la historia de Aráoz. Pero sí, es cierto, mis personajes son solitarios y melancólicos. Y yo también (risas).

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“Mis personajes son solitarios y melancólicos. Y yo también...”, admite Sacheri.
Imagen: Gustavo Mujica
 
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