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Martes, 4 de agosto de 2009

LITERATURA › A LOS 73 AñOS, FALLECIO LA POETA HEBE SOLVES

La poesía como una fusión amorosa

Ajena a grupos literarios y fóbica de las presentaciones públicas, Solves generó una leyenda de invisibilidad que sin embargo desmienten sus libros, sintetizados en su Antología personal, en la que deja sus indómitos poemas cocinados a fuego lento.

 Por Silvina Friera

Después de un largo deambular jalonado por tropiezos y caídas silenciosas, el sábado a la noche murió a los 73 años la poeta Hebe Solves, “la vecina del río” que creía, siguiendo a Alejandra Pizarnik, que “es posible ver el mundo desde una alcantarilla”. Fóbica confesa que optó por el camino de la invisibilidad, distante de cualquier movimiento poético que la enjaulara, la poeta que se ganó la vida trabajando como maestra y dando talleres literarios decía hace dos años, en una entrevista con Página/12 con motivo de la publicación de su Antología personal (Ediciones del Dock), que se identificaba más con el ama de casa porque es lo que perdura. “El poema puede estar muy bien, pero después, al día siguiente, vas a comprar el pan y ahí no importa si sos una poeta experimental o neobarroca. No es que pretenda reducir la existencia a la vida doméstica, sino que muestro la contradicción, la superposición y la transparencia también de planos”, explicaba Solves por qué, como señalaba en uno de sus poemas, prefirió ser “una más, oscura, pensando cosas mientras se quema la comida”, cuando podría haber sido una poeta profesional, confesional, neobarroca, experimental, existencial o espiritual.

Esta mujer de abundante pelo blanco, que enmarcaba su rostro revistiéndolo de una tierna serenidad, nació el 10 de septiembre de 1935 en Vicente López (Buenos Aires). Le gustaba afirmar que el ama de casa que irrumpía en escena en muchos de sus poemas era un homenaje a las muchísimas ollas que había quemado en su vida. Mientras picaba cebollas y ajo y mezclaba ideas en bata de dormir, fue escribiendo sus poemas en los que pulsó todas las teclas que tuvo a mano: la social, la metafísica, la impronta maldita. Casi no hubo estéticas, adobadas por su experiencia vital, que faltaran en la cocina de su obra: El ama de casa y la locura (1975), En lugar del piano (1977), Sombra ajena (1981), Fruta de invierno (1984), Desalojados (1989), El fiel de la memoria (1995) y Pentagrama (2005), entre otros. “La poesía es una ocasión de fusión amorosa y también de distanciamiento crítico”, planteaba la poeta que fue maestra rural, narradora y escritora de literatura y canciones infantiles, muchas de ellas musicalizadas por María Teresa Corral.

Sobre el motivo de la locura, que aparecía especialmente en uno de sus poemarios, Solves aclaraba que “cuando el lenguaje, los códigos y la manera de vivir son muy rígidos, la locura es una liberación y al mismo tiempo una soledad, un aislamiento”. La poeta no le escapaba al meollo que implicaba repasar sus experiencias. “La irrupción de la palabra surge como la libertad en situaciones difíciles. Vivimos en una época de transición, una época en que las mujeres aparecemos con muchas contradicciones. Aparecemos y también nos escondemos. La poesía es mi tierra, ese país que me fui haciendo, más allá de todos los avatares de la existencia. Nunca llegué a estar internada, pero seguramente aún hay gente que puede pensar que estoy loca”, bromeaba. “Tuve tratamientos psicoanalíticos y terapias muy interesantes. Nunca me sentí loca, pero los locos no se sienten locos. Sí tuve conductas difíciles de aceptar para el resto de la gente, en una época muy diferente –recordaba–. Yo estoy varias veces separada y vuelta a casar, soy pobre, siempre fui pobre, excepto en una época en que tuve un marido que tenía una buena posición económica. Hubo una serie de cosas que hizo que mi existencia sea invisible, pero tuve esa tierra mía de la poesía. Pensaba que ‘si al mundo no lo puedo cambiar, por lo menos le voy a decir todo lo que pueda’. Nunca me sentí loca, pero no acepté los límites de la sexualidad y rompí con el matrimonio y su rutina.”

En su tono no había reproches ni quejas por haber roto las amarras del matrimonio y su rutina. Lo decía más bien con una inflexión informativa, para que su interlocutora comprendiera el contexto y por qué para muchos sus rupturas merodeaban por el andarivel de la “rareza” o de la “locura”. Desde 1975 coordinó su taller literario de poesía y narrativa y como educadora recibió la Mención Especial en los Premios Nacionales de Ciencias de la Educación por su libro Taller Literario, una alternativa de aprendizaje creador (1986). También publicó El caracol mochilero (2005), Avioncitos de papel (1977), El tío Pancho en persona (1994) y La isla de los pájaros (1999), entre otros libros para chicos. La poesía fue siempre para Solves un juego con las palabras. Pero a ese juego iniciático se fue agregando la nostalgia y el dolor de la muerte de su padre en la pubertad y esos enamoramientos que siempre fueron su manera de ser y de estar en el mundo. Aunque no se promovió como poeta, que haya elegido la invisibilidad no significó que no asumiera su lugar en el mundo de la poesía. Con humildad, como si el pudor cincelara una estela de autocensura, mencionaba que Olga Orozco y Enrique Molina habían leído sus poemas. “En la poesía hay más bien un prestigio y un tipo de relación que depende de las escuelas, de las actitudes poéticas y, en ese sentido, no he podido identificarme con ninguna actitud poética como para pertenecer a un grupo y aparecer con ellos en público”, señalaba Solves.

Cuando presentó su Antología personal en octubre de 2007 en la Biblioteca Nacional, Santiago Sylvester definió su obra como “poesía de pensamiento”. En su blog, Solves contaba que leyó poemas de diferentes épocas y que hizo una lectura improvisada de fragmentos del poema “La vecina del río”, dedicado a la pintora Viky Linares. “El día de la presentación, Viky trajo flores de su jardín. Soy tímida, estaba conmovida (flores, hay flores silvestres, todavía), y casi cantaba. ¿O leía? No sé, pero me sentí una cantante lírica. Mejor aún: de tango, a lo Rosita Quiroga. Pero es verdad lo que dice Santiago: soy una mujer que piensa, reflexiona... ¿un oxímoron, diría más de uno? Lo cierto es que para el escenario me faltó percha y, para la vida doméstica, docilidad. Y escribo como si cantara o bailara y pienso como si estuviera cocinando el mundo en un fueguito de leña.” Solves deja sus indómitos poemas cocinados a fuego lento.

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Con humildad, Solves mencionaba que Olga Orozco y Enrique Molina habían leído sus poemas.
Imagen: Ana D’Angelo
 
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