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Lunes, 2 de noviembre de 2009

LITERATURA › HUGO BUREL ES EL AUTOR DEL THRILLER PSICOLóGICO EL DESFILE SALVAJE

Resquemores de una amistad oxidada

El escritor uruguayo narra la historia de un grupo de amigos que se reúnen después de muchos años a raíz de la presunta muerte del otrora líder. La novela indaga cuál era y cómo funcionaba el vínculo entre los protagonistas.

 Por Facundo Gari

La calesita de las estaciones no repara en rituales de pasaje: los espacios liminales entre el ser y el no ser pueden prolongarse. Y no en tanto clausura, sino como un espacio indefinido que, aun así, tiene matices particulares. Eso sucede, por ejemplo, con las amistades de la adolescencia que se diluyen al paso de las hojas del calendario. No se deja de ser amigo –de portar el título– aunque poco y nada se haga de lo que se solía, ni se sepa más de lo que algún conocido común pueda aportar en la fila de la parada del colectivo. Como en El desfile salvaje (Alfaguara), última novela del escritor uruguayo Hugo Burel, en la que un grupo de amigos se reúne luego de muchos años a propósito de la presunta muerte de Esteban, el líder, el primero en leer Rayuela de Cortázar, el que sedujo a todas las mujeres de la cofradía. Los personajes ya no se conocen como antaño –si es que alguna vez realmente lo hicieron– y un abismo los separa del tiempo en que sellaron su lealtad con un juramento de sangre al filo de una navaja suiza en una de las habitaciones de Calais, la quinta que la familia de Esteban posee en el departamento de Maldonado. Esa misma que ahora es el escenario en el que un cadáver yace rodeado de envases de Rivotril. “Es un abordaje de la amistad a partir de la observación de la vida, de historias y situaciones ajenas que incluso pueden tener una referencia personal”, confiesa el autor de este thriller psicológico, quien es además licenciado en Letras, publicista, docente y periodista.

Se juntan ellos, entonces, para celebrar otro ritual de pasaje (el de la muerte social) y pronto sospechan que lo caratulado como suicidio deja demasiadas preguntas sin respuesta. Hasta que Marcelo, uno de los del clan, abogado melancólico del Banco de Previsión Social, se pone al frente de la investigación del caso a pedido de Mónica, la viuda. “Pensé en uno de los amigos como detective improvisado, que sigue su obsesión por encontrar la verdad”, señala Burel, de 58 años, que vive en Montevideo con su esposa y sus dos hijos. Las pistas no abundan: algunos llamados fugaces, un viaje que no fue, una foto y las anotaciones del difunto en un ejemplar en francés de Iluminaciones, de Arthur Rimbaud, además de los recuerdos cifrados de los que lo conocieron. Y si bien el nudo no resulta finalmente una novedad (promediando el libro, el propio Burel concede las similitudes con el film El pasajero, protagonizado por Jack Nicholson), la puesta en escena de los resquemores de una amistad oxidada y el intento de Esteban por suspender su identidad sirven de plataforma a las inquietudes que subyacen la trama: la naturaleza de los vínculos y la esencia del ser. “Me planteé indagar en qué radica la identidad y de qué manera somos quienes somos, a pesar de las situaciones conflictivas que debemos enfrentar”, explica a Página/12 el novelista autor de Matías no baja, Tampoco la pena dura, Crónica del gato que huye, Los dados de Dios, El autor de mis días, El guerrero del crepúsculo, Tijeras de plata, Los inmortales y El corredor nocturno (ver aparte).

–Amén de su amistad, Esteban y Marcelo aparecen como personajes antagónicos que, como todos los opuestos, tienen puntos en común. ¿Cómo los describiría?

–Esteban es un seductor que actúa ciertas situaciones, un tipo capaz de recitar poesía en voz alta, lleno de quiebres, encanto e inteligencia. También es muy ambicioso. En cambio, Marcelo es el tipo que sale adelante por la tenacidad, el método y la disciplina; un individuo gris que tiene fracasos sentimentales y que toma la investigación, de alguna manera, como vía de escape de la rutina de empleado público, como una forma de buscarse a sí mismo, que es lo que lo emparenta con Esteban.

–Además, Marcelo es alcohólico. Y, sin embargo, en la novela nunca se lo define de esa forma: como la narración es en primera persona y es él quien habla, a la hora de servirse un trago se refiere a “seminarios de alcoholes blancos” y “experimentos”...

–Fue la manera que encontré para revestir de originalidad algo normal. Lo que Marcelo hace es hablar irónicamente sobre sí mismo. Creo que el escritor tiene que darle a ciertos tópicos un giro de originalidad, para que no quede como un tic. Hay una película excelente llamada Adiós a Las Vegas, sobre una pareja de alcohólicos, que muestra cómo le funciona la cabeza a un adicto y cómo inventa pretextos para consumir.

–En esta novela, los amigos de la adolescencia creen que se conocen, pero finalmente resulta que no, y lo mismo sucede en otros vínculos, como el de Esteban y su ex mujer. ¿Cuánto se puede llegar a conocer una persona?

–Eso es lo que plantea la novela. Hay una deliberada intención de que, a partir de lo que Esteban significa para el grupo, se indague en qué era y cómo funcionaba realmente ese vínculo. Se va destapando la basurita de debajo de la alfombra y rearmando el pasado en función de la incógnita que plantea la muerte de Esteban. La amistad es un sentimiento muy difícil, muy complejo, pese a que es muy fácil llamar amigo a alguien: digamos que es el vínculo más estándar. Y además tiene una serie de componentes que están en otras relaciones y que quedan subsumidas por el convencionalismo.

–Además de la imposibilidad de conocer plenamente a otra persona, aparece otra de carácter ontológico, que surge de la obstinación de Esteban por dejar de ser quien es...

–Exactamente. Y lo que descubre es que, haga lo que haga, es imposible. La idea fue poner en plan de relato y de peripecia algo que tiene un sustrato filosófico. El tema de la identidad puede ser abordado de múltiples maneras y a mí me pareció interesante imponerle a uno de los personajes la ambiciosa operación de ser otro, de suspender quien es y empezar a ser alguien distinto. Ese corte radical que realiza Esteban en definitiva no lo cambia, sigue siendo quien era.

–Pero no desiste de emular a Rimbaud...

–Es que el poeta hizo precisamente eso. Escribió hasta los 18 años, llevó una vida bohemia, disipada, incluso con los famosos episodios homosexuales con Verlaine. Y un día cortó con eso, dejó de escribir, se fue a Etiopía y se dedicó al comercio de armas y esclavos. Tuvo también una amante negra. Lo que quedó fue su obra y su vida como poeta en París: un artista capaz de escribir de una manera radicalmente distinta y una vida escandalosa. Ese Rimbaud desapareció y, cuando regresó, lo hizo con una pierna menos. Si uno ve las fotos de ese período, nada tiene que ver su imagen con la del poeta de rostro angelical.

–Aunque se trate de un tema complejo, cuando Marcelo enfrenta a uno de los hijos de Esteban para transmitirle algunos detalles del caso, resume la actitud de su padre diciendo que “lo que pasó es más simple de lo que parece: Esteban se metió con una mina”. ¿Es como dijo alguna vez Alejandro Dolina, que todo lo que los hombres hacen es por las mujeres?

–Dolina es un tipo que me cae muy bien. Es probable que lo que dijo sea cierto. En verdad, quiere decir es que necesitamos una pasión, algo que nos impulse, nos haga avanzar, vivir y pelear. En el caso de este diálogo entre Lorenzo y Marcelo, es la explicación simple de algo complejo. “No pasa nada. Tu viejo se piró por una mina”. Es muy elemental. Si bien el vínculo entre Esteban y otra mujer es real, hay un proceso más profundo de desencanto.

–¿Cómo tomó la decisión de añadir los poemas en prosa de Esteban como epílogo? ¿Fue una apuesta, en tanto cortan con la linealidad del lenguaje del resto de la novela?

–Totalmente. Fue una decisión muy discutida con la editorial, pero entendí que era necesario por cierta honestidad intelectual. Incluir esa memoria le daba a la historia una redondez que no hubiera tenido sin ella, aunque corta con el estilo. Es una cosa aparte que no cambia el desarrollo de la trama, pero que ilumina todo lo demás. Le da un punto de vista subjetivo, para entender a Esteban desde Esteban. De hecho, primero quise ponerlo en el medio de la estructura de la novela, pero le quitaba ritmo a lo que ya venía. Entonces, como lo quería mantener, lo puse al final, a pesar de que produce una especia de anticlima.

–¿Tiene alguna receta a la hora de escribir?

–Hay que tener una cierta disciplina y eso en mí significa escribir todos los días. Cuando encuentro el tema y la historia que me motiva, lo hago así. El escritor escribe porque tiene que resolver un problema con el mundo, con la existencia. Y un escritor genuino no puede canjear la escritura por nada. Es un trabajo de dedicación, de entrega. Hay una receta infalible de García Márquez: “Pará de escribir cuando sepas cómo seguír al otro día”. Tengo mi media en tres o cuatro páginas diarias, no más, no escribo veinte por día. Cuando estoy llegando al final, me pregunto “¿y esto cómo sigue?” Lo pienso, grabo y se terminó.

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Además de novelista, Burel es publicista, docente y periodista.
Imagen: Pablo Piovano
 
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