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Sábado, 26 de junio de 2010

LITERATURA › HOY SE CUMPLEN CUARENTA AñOS DE LA MUERTE DE LEOPOLDO MARECHAL

Un héroe con ropaje de antihéroe

El novelista, poeta, narrador y dramaturgo falleció cuando su último libro, Megafón o la guerra, todavía estaba en imprenta. Esa obra cerraba una tríada formidable, iniciada por Adán Buenosayres y continuada por El banquete de Severo Arcángelo.

 Por Cristian Vitale

Su mera biografía, esa que indica que hoy se cumplen cuarenta años de su muerte, enmarca a Leopoldo Marechal como un distinguido poeta, narrador, dramaturgo y, sobre todo, novelista, arrojado al mundo el 11 de junio de 1900. Y lo muestra como un maestro y profesor de secundaria que, tras un ajetreado suceder, viajado y literario, durante la década del ’20 –entre la llanura bucólica de Maipú, las calles húmedas de Villa Crespo y los pintores de Montparnasse– se casó por primera vez con María Zoraida Barreiro y, muerta ésta en 1947, convivió hasta el fin de sus días con Elbia Rosbaco, Elibiamor –musa del “Heptamerón”– a la que alguna vez le escribió “cuando sueñas, la construcción del mundo es una risa de albañiles”–. También fue un profundo y prolífico nigromante de las palabras, capaz de anudar metafísica con personajes risueños y terrenales de la pampa o el barrio. Un poeta precoz que a los 22 años ya había escrito su primer libro (Los aguiluchos), a los 26 el segundo (Días como flechas) y en el devenir, varias de las obras que iban a formar parte del corpus vital de la narrativa clásica argentina. Entre ellas, una tríada de novelas formidable (Adán Buenosyres, El banquete de Severo Arcángelo y Megafón o la guerra), varias obras de teatro que no necesitaron del “filtro europeo” para ser Antígona Vélez, tal vez la más notable, o Las tres caras de Venus, cuya última representación en el Cervantes aún suma como inolvidable.

Pero cualquier intento de aproximación a su completud –vida, luego obra; ser, luego escribir– carecería de fundamento si no se repara en dos situaciones que lo hundieron en el ostracismo durante buena parte de su vida: el abrazo incondicional del vate martinfierrista al peronismo en su origen –fue el único intelectual de fuste que adhirió sin peros al movimiento, el 17 de octubre de 1945– y su opción por el catolicismo. Ese distanciamiento irreversible lo desagarró de aquellos primeros compinches de ruta, entre los que se encontraba Borges, y no lo dejó reubicarse hasta que la generación de la nueva literatura latinoamericana –en plenos ’60– lo redescubrió como héroe y mártir de una Argentina omitida. Fue un revanchismo civilizado, caprichosamente liberal, que le hizo pagar caro la autodeterminación de sincerar y unificar una posición ante la vida y las cosas. Marechal ocupó cargos oficiales en el campo de la educación y la cultura durante los albores del peronismo gobernante. Nieto de un activista francés que había formado parte de La Comuna en 1871, confesó alguna vez que sólo estaba comprometido con el Evangelio de Jesucristo, cuya aplicación resolvería todos los problemas económicos y sociales, físicos y metafísicos que padecen los hombres.

Marechal, en suma, les tendió la alfombra roja a quienes, parados en la línea lumínica del progreso y la libertad individual de los hombres como garantía del bienestar de la humanidad –pomposa teoría– se pusieron anteojeras ante los matices. Esto es, ante la condición de un ser íntegro, ultrasensible, ético y desprendido en sus convicciones, que superó la levedad del rótulo. Porque Marechal fue un católico, sí, pero fue de los pocos que, por tomar algún trazo del Adán Buenosyres, gozaron por convertir un personaje ateo, cientificista y socialista como el Petiso Bernini en un tipo del que uno quisiera hacerse amigo para tomarse unos vinos hablando de Marx o la gesta de Rosa Luxemburgo en un bar de Villa Crespo. Amó hacer reaparecer a su antiguo amigo matinfierrista Jacobo Fijman –ya por entonces, a fines de los ’30, recluido en el Borda– a través del poeta judío Samuel Tesler, contrariando de un plumazo cualquier tipo de insinuación dogmática. Y fue un católico de casi 70 años que en El beatle final (1968), o más claramente en Megafón (1970), disfrutó con locura meterse en un happening de época, describir ese cosmos lisérgico y, por qué no, tentarse con él. O provocar que el loco más loco y libertario de los rockers argentinos de todos los tiempos, Miguel Abuelo, se apropiara de una frase para bautizar a su grupo: “Padre de los piojos, abuelo de la nada”. Marechal fue un católico que cambió el valle de lágrimas por un sentido lúdico y alegre de la vida ya que la tristeza, decía, “es un juego del diablo”.

También fue un peronista, sí. Pero no porque se haya quedado con algún vuelto en sus años de gestión, como sí ocurrió con buena parte de la clase dirigente del Movimiento devenido partido (su pasar económico fue austero y modesto), sino porque pensaba y decía cosas como “un poeta lo es verdaderamente cuando se hace la voz de su pueblo, es decir, cuando lo expresa en su esencialidad, cuando dice por los que no saben decir y canta por los que no saben cantar”. O consideraba al hombre de letras como un manifestador de su pueblo, hablaba de octubre del ’45 como “el pueblo en acto”, o de dos Argentinas: una en defunción “cuyo cadáver usufructúan los cuervos de toda índole que la rodean, cuervos nacionales e internacionales”; y otra como en Navidad y crecimiento que lucha por su destino, “que padecemos orgullosamente los que la amamos como a una hija”. Fue peronista por patriota y no por acomodaticio. Fue un peronista –y un católico– que difundió su apoyo a la Revolución Cubana, cuando aquel gobierno lo participó como jurado del concurso de literatura de la Casa de las Américas, en 1967. O porque uno de los grandes ejes de sus narraciones fue reelaborar mitos a través de personajes y episodios nacionales. “¿Por qué nosotros no podemos hacer obras literarias con nuestras cosas y nuestros hombres? ¿Por qué un argentino no puede lanzarse a grandes aventuras literarias, que su obra pueda ser inteligible para otros pueblos?”, se preguntó, universal, alguna vez.

Varios críticos literarios han hecho justicia con su estética, con el valor en sí de sus escritos (aunque, exceptuando a Cortázar, lo hicieran tardíamente). Han reescrito sobre sus simbolismos y epopeyas, y sobre su humor arrabalero. También sobre lo mucho que han influido en él la poética de Aristóteles, los pasajes crípticos de la Biblia, el neoplatonismo, la fatalidad, la épica burlesca, Dante, Rabelais, Petrarca, Martí, Macedonio, la idea del cielo y el infierno trasladada a la calle Gurruchaga, o la mujer ideal y sus arquetipos. Pero pocos –casi nadie– han mencionado lo que él mismo, en la famosa charla cuyo audio circula bajo el título de “Autobiografía de un novelista”, dejó entrever como el nudo de su existir. “Todos los hombres nacemos para cumplir dos actividades: el conocimiento y la expresión”. Vida y obra, al cabo. Una obra que habló por sí misma, y una vida que, por trascender en total coherencia con la obra, lo sumió durante mucho tiempo en el núcleo duro de su desventura: la del poeta depuesto.

Marechal murió un día como hoy, hace 40 años, cuando su última novela, Megafón o la guerra, aún estaba en la imprenta. Tenía 70 años y era el fin del viaje del hombre amenazado por su propia finitud. El final de ese periplo físico y metafísico que, como simboliza Adán, tuvo destino de héroe con ropaje de antihéroe. De amigo de Juno y del Taita Flores, de La Maga y de ese hincha de San Lorenzo que, en la Buenos Aires de los ’30, se calentó mal con uno de Racing por un injusto 3 a 2, e hizo pelear a todo el barrio con una diosa del Olimpo comiéndole la cabeza a cada bando. Marechal fue su obra, pero mucho más su vida caminada con una pata en la fuente y otra en los raptos celestes de Platón, bajo el cielo de Villa Crespo.

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Leopoldo Marechal fue su obra, pero mucho más su vida.
 
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