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Martes, 7 de diciembre de 2010

LITERATURA › LUIS HUMBERTO CROSTHWAITE EN LA FERIA DEL LIBRO DE GUADALAJARA

“Esta guerra inútil se tiene que acabar”

El autor de Tijuana: crimen y olvido (Tusquets) habla de la guerra del narcotráfico, una realidad que tiene cada vez más ficciones y más lectores en un México convulsionado. “Cuando el narcotráfico te marca, mueres”, informa el escritor.

 Por Silvina Friera

Desde Guadalajara

La ficción que explora el mundo del narcotráfico tiene cada vez más lectores. Como un residuo peculiar del que no se pueden librar los mexicanos, la crueldad de los crímenes y la violencia componen un catálogo de noticias “frías” que adolecen del músculo vital y la tensión que proporciona, en mayor o en menor dosis, la literatura. Quizá la novela Tijuana: crimen y olvido (Tusquets), de Luis Humberto Crosth-waite, que se presentó en la 24ª edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), que terminó el domingo, pueda ser leída como un “documento actual” más que cualquier crónica periodística. Las cifras están al alcance de las manos. En los últimos cuatro años 30.000 personas fueron asesinadas en el marco de la lucha antidrogas. En esta suerte de inventario precario, parcial y atroz, los periodistas que cubren la información sobre crimen organizado viven cotidianamente una tragedia personal. No saben si, por su labor, pasarán pronto a engrosar la lista de 65 muertos y 12 desaparecidos desde el 2000 a la fecha, según datos de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) y de varias ONG. Acribillada por un volumen de cadáveres inasible, la mirada nunca logra captar en profundidad lo que ocurre. Los muertos se hunden en la masa de la estadística. Se vuelven un número más, como si perdieran su condición de seres humanos.

Los libros de ficción, los ensayos y testimonios sobre el narcotráfico y adyacencias cotizan alto. Y venden más. En la FIL los títulos históricos o sociológicos sobre el Bicentenario mexicano y el Centenario de la Revolución perdieron ante los caballitos de batalla del “patriarca” de la novela sobre el narcotráfico, Elmer Mendoza: Firmado con un klínex, el segundo más vendido en 2009, y La prueba del ácido. “Esta guerra inútil se tiene que acabar; es la guerra que empezó (Felipe) Calderón”, dice Crosthwaite durante la presentación de Tijuana: crimen y olvido, novela que cuenta la historia de una joven reportera de Tijuana y un veterano comunicador de San Diego que culmina con la “inexplicable desaparición” de ambos. El periodista y escritor Alberto Páez plantea que el libro de Crosth-

waite “es un documento que no evita compromisos”. “Nos encontramos frente a una novela que muestra un México sometido por la impunidad, en el que la frontera entre narcotraficantes, ciertos periodistas y casi todos los policías está completamente diluida, y en el que las vidas de los inocentes valen menos que un cacahuate.”

¿Hasta qué punto un periodista está dispuesto a exponer su vida para obtener una nota?, es el interrogante que el escritor sugiere en este thriller trepidante. “Los reporteros no piensan que están exponiendo el cuello cuando escriben una nota porque nadie sabe realmente lo que ofenderá al lector –se lee en la primera parte de la novela–. De pronto un reportaje inflamatorio no causa resuello y una nota circunstancial, de rutina, provoca reacciones inesperadas (...). Cuando menos lo esperas se detiene un autor junto a ti, unos hombres te obligan a subir y sabes que todo está perdido.” Si el presidente Calderón ha dicho que existe una “guerra contra el narcotráfico”, los periodistas, entonces, serían corresponsales de guerra. Este es el razonamiento del Crosthwaite, que nació en Tijuana en 1962 y reside en la esquina más septentrional de la frontera de México con Estados Unidos. La experiencia en las redacciones, las conversaciones con editores y otros compañeros de profesión dejaron un saldo. El narrador que ha hecho de la frontera su territorio literario suele cuestionar el modo en que los mismos medios descuidan a veces la seguridad de sus trabajadores. “Los directivos de los periódicos dicen: ‘¡Pues ya le dije que era peligroso!, no sé por qué siguió escribiendo sobre eso’. El editor decide lo que se publica. Cuando mandas a uno a la guerra, tú sabes en lo que le estás metiendo –advierte–. En el mejor de los casos, un editor llega a decir ‘no te arriesgues demasiado’, aunque por el otro están pidiendo la noticia. Una manera de protegerse es publicar una nota firmada por la redacción, pero es muy fácil dar con las personas que cubren esa fuente.”

En su rol de periodista, Páez afirma que se viven “tiempos extraordinarios”: “reconocerlo en su justa dimensión permitirá salvar vidas, cumplir con nuestro deber profesional”, subraya. “A partir de la guerra idiota de Felipe Calderón, el proceso de descomposición lleva una marcha que parece incontenible, con ritmos muy distintos entre una ciudad y la otra. El periodismo en el D. F. pasa por una situación muy distinta a la que se vive en Culiacán, en Tijuana, en Juárez, en Torreón y en Ciudad Victoria.” Autor de No incluye baterías, una serie de textos en los que reflexiona sobre el clima de violencia en el norte del país, Páez cuenta que después de leer la novela de Crosthwaite le queda todavía más claro que “las autoridades consideran el asesinato y desaparición de periodistas como un daño colateral muy menor”, y que “los gobiernos locales están rebasados por la capacidad de los criminales para hacer daño”.

Crosthwaite homenajea al fundador del semanario tijuanense Zeta, Jesús Blancornelas, una de las plumas más valientes contra la corrupción y el narcotráfico, convertido en personaje bajo la máscara de Samuel Ordóñez, “un oráculo imprescindible”, como se lo define en la novela. “Sufrió un atentado curioso del que se salvó, pero su escolta murió. Cuando el narcotráfico te marca, mueres –informa el escritor–. El narco no se llevó; se lo llevó un cáncer.” El Blancornelas de carne y hueso, que murió en 2007, nunca permitió que los muertos de Zeta se hundieran en el lodo de la estadística. El nombre de su editor y de su codirector, asesinados por la delincuencia organizada, continúan apareciendo en la portada del semanario. A Crosthwaite le costó más de seis años escribir Tijuana... Aún le duele en el cuerpo, en el alma. Nunca pensó que escribiría esta novela. “Me pasó de todo: un divorcio, muertes en mi familia, un intento de suicidio, sobredosis” –revela–. Siempre estuve rodeado de personas muy tolerantes que me sacaron de la barranca.”

“Muchas personas que acaban de morir parecen dormidas, tienen esa serenidad, esa actitud de reposo –se lee en uno de los capítulos más bellos y estremecedores–. Si no fuera por la circunstancia en la que se encuentran: en medio de una calle, en un lote abandonado o sobre una banqueta; si no fuera porque pareciera que intentaban huir de un agresor o porque el parabrisas de su automóvil está hecho añicos, pareciera que están descansando. Como si el sueño o un abrupto cansancio los hubiera alcanzado, se echan de lado o se dejan caer. Así los encontramos. Y si no fuera por el baño de sangre, por las vísceras que se asoman, me atrevería a decir que parecen cargados de una extraña dulzura; por más culpable que haya sido un hombre por sus crímenes, la muerte violenta le devuelve la inocencia.” Novela adictiva de principio a fin, Crosthwaite resume el sentido de este libro que todavía le duele: “Tijuana... es un funeral con los deudos tristes”.

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Crosthwaite (en el centro) dice que su novela es “un funeral con los deudos tristes”.
 
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