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Jueves, 9 de diciembre de 2010

LITERATURA › ENTREVISTA AL POETA Y CRíTICO EDGARDO DOBRY

Tras la invención de un linaje

Rosarino radicado en Barcelona, acaba de publicar Una profecía del pasado, un ensayo que analiza el Lugones del Centenario y su construcción de una tradición argentina alejada de la cultura hispánica y más en consonancia con el legado grecolatino.

 Por Silvina Friera

En los años posteriores al centenario de la Revolución de Mayo, Leopoldo Lugones tejió un proyecto nacional, llenando el vacío histórico con una genealogía gloriosa. Por entonces anticatólico y pagano, el poeta asumió la labor de demostrar la existencia de un idioma argentino, con su historia, su poema épico fundacional; un idioma que él consideraba superior respecto al castellano de España. El proyecto lugoniano, que Edgardo Dobry analiza en el formidable ensayo Una profecía del pasado (Fondo de Cultura Económica), consistía en reemprender el desarrollo de la alta tradición grecolatina en el Río de la Plata, territorio al fin liberado del corsé judeocristiano y del humanismo, que latinizó la lengua hasta convertirla en “el castellano paralítico de la Academia, que corresponde a la España fanática y absolutista”. Al igual que los intelectuales de la “generación del ’37”, Lugones se espantaba ante la posibilidad de que el país heredara el atraso intelectual y el oscurantismo con que identificaba a la antigua metrópoli. En El payador –las seis conferencias pronunciadas durante mayo de 1913 en el teatro Odeón, y publicadas recién en 1916– el escritor selló un pacto con la elite social y política de la joven república: él construía un gran relato para la Nación –lo que Eric Hobsbawm llama “la invención de una tradición”– a cambio de ocupar el papel de “poeta nacional”.

Dobry, poeta y crítico rosarino radicado en Barcelona, sabe esperar. Y generar expectativas. Tiene –lo ha dicho– una actitud ecológica. Hay tantos libros que se publican que él profesa una suerte de “imperativo categórico”: “Cuanto menos escribas, más favor le estás haciendo al mundo”. Al navegar por las 190 páginas de Una profecía del pasado –subtitulado Lugones y la invención del “linaje de Hércules”–, el entusiasmo que genera la lectura es tan descomunal que dan ganas de pedirle al autor que revierta su postura. Si sigue escribiendo ensayos como Orfeo en el quiosco de diarios o el poemario Cosas, un puñado de lectores podrá proclamar que Dobry está dejando una huella saludable en la crítica literaria. “La cultura argentina nunca ha mirado mucho a España, aunque es cierto que la literatura española del siglo XX tampoco tenía mucho para ofrecer”, señala el poeta en la entrevista con Página/12.

–En qué castellano se debe escribir –una pregunta fundadora de las literaturas nacionales– o quién legisla en torno de las lenguas son interrogantes que siguen teniendo, en algunos aspectos, cierta vigencia, ¿no?

–El caso argentino tiene sus particularidades. No se podía aceptar la jurisdicción de la Real Academia Española porque era una institución del poder imperial del que la Argentina se había separado. Sarmiento tuvo una polémica famosa con Andrés Bello, una polémica significativa, porque la posición de Sarmiento era netamente romántica. La única fuente de legitimidad de la lengua es el pueblo. No hay ninguna necesidad de establecer desde arriba un mandato porque la lengua buena, la lengua fuerte, la lengua fluida que el escritor debe utilizar es la que surge en la calle. Pero a finales del siglo XIX empezó a llegar mucha gente al país; no era precisamente la gente que Sarmiento había esperado. No eran alemanes cultos, italianos florentinos que hablaban la lengua de Dante; eran judíos polacos que hablaban iddish, italianos que hablaban dialectos, y gallegos, muchos de ellos analfabetos. Entonces esta polémica se reavivó porque aparecieron todos los peligros del “cocoliche”. Y Lugones se propuso, de una manera sutil pero al mismo tiempo casi violenta, como autoridad para legislar. No es casual que él haya intentado escribir un diccionario etimológico de la lengua, en el que no agotó la letra “A” en 600 páginas; una labor que era imposible de realizar. Pero era como decir: “yo sólo sé más que todos esos académicos de Madrid”. En la literatura argentina está claro que ha habido siempre las dos vías: la vía que pasa por los escritores que escuchan la lengua de la calle e intentan reproducirla, y los que parten de una posición más áurea. Un poco la oposición entre Roberto Arlt y Borges, que fueron bastante incompatibles entre sí y que a lo mejor ahora empiezan a hibridarse.

–¿Por dónde pasa actualmente el debate sobre en qué castellano escribir?

–Creo que ahora el debate no está tanto en la literatura nacional como en el ámbito de la traducción. Durante muchos años, durante los largos y tremendos años de la Guerra Civil Española y del franquismo, muchos libros que no se podían editar en España se publicaban en Buenos Aires, y eventualmente en México. En lugar de un gesto de gratitud hacia esa pequeña industria editorial de la que venían los libros que ellos querían leer, todavía se escucha la queja de que leyeron a tal o cual autor en “esas horribles traducciones sudamericanas”. Ahora, que estoy por unos días acá, muchos de mis amigos me dicen: “Che, pero las editoriales españolas traducen al madrileño; ¡son ilegibles esas traducciones!” (risas). Siempre que vas a un congreso de traductores aparece este debate: ¿a qué lengua se debe traducir?, ¿hay que traducir a un castellano “neutro”?, ¿se debe traducir a una de las variedades dialectales del castellano, para que por lo menos tenga una legitimidad? El castellano es un ámbito muy grande que aparentemente nos hermana, pero que en el fondo es un saco de gatos, porque cada uno piensa que el suyo es el mejor o el más adecuado. Cuando éramos chicos y veíamos las series de televisión dobladas al mexicano, nos daba risa cómo sonaban.

–¿En qué castellano se debe traducir?

–A los traductores que viven en la Argentina les conviene lógicamente traducir para editoriales españolas porque cobran en euros y no en pesos. A veces se ven obligados a adoptar la lengua peninsular. Pero también es una discusión muy difícil de resolver y que depende de lo que se está traduciendo. Si es una novela que trabaja con una lengua muy coloquial, como suele pasar por ejemplo en la joven narrativa norteamericana, si se traduce a una lengua “neutra”, no tiene fuerza. Soy partidario de traducir a una lengua existente, para que los lectores puedan entenderla.

–Lo que quizá más sorprende de su libro es la influencia de Nietzsche en Lugones, que no ha sido tan analizada o estudiada, ¿no?

–Es una de las apuestas ensayísticas del libro. Hasta lo que yo conozco no se había abordado una lectura profunda de la influencia de Nietzsche en Lugones, que no es una influencia que Lugones mencione, cuando él hacía no sólo alarde de su erudición, sino de cierto empacho en cuanto a sus lecturas. Lo que intento mostrar es cómo en la formulación que hizo Lugones de la figura del gaucho a partir del Martín Fierro hubo una visible influencia de la ideas de Nietzsche respecto del súper hombre, y cómo uno de los núcleos de la posición de Lugones es la idea nietzscheana de que la cultura judeocristiana arruinó el de-sarrollo de la tradición grecolatina. La sabiduría, dice Nietzsche, es una mujer: ama siempre sólo al guerrero. Esto Lugones lo repite casi al pie de la letra cuando plantea que los gauchos, inconscientes en su mérito, reformulan en la pampa argentina esta tradición pagana que venía de Grecia y de Roma, y que en Europa había sido arrinconada por 2000 años de dogma y obediencia.

–Lugones inventó el campo intelectual argentino hace cien años. Sólo por este aspecto, ¿se podría decir que Borges emula el gesto lugoniano?

–Borges fue en algunos aspectos un discípulo de Lugones, él mismo lo reconoció, pero lo peleó muy duro durante años. Borges dijo que la generación de la revista Martín Fierro fue heredera de un aspecto de Lunario sentimental, que era el uso del verso libre y el alarde de erudición léxica. Borges decía que queriendo apartarse de todo lo español, Lugones cometía el vicio más español que existe: creer que un escritor debe trabajar con el diccionario en la mano. Borges escribió cosas muy duras de Lugones en los años ’20. A Lugones le interesaba centralmente la política, a pesar de que no aceptó cargos. El proyecto de Borges, en cambio, era estrictamente literario. Tuvo la clara intención de ser un escritor universal. Y de hecho lo consiguió, porque es el único escritor latinoamericano que forma parte del canon indiscutible del siglo XX.

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Dobry analiza, entre otras cosas, la influencia de Nietzsche en Lugones.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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