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Lunes, 4 de julio de 2011

LITERATURA › JUAN GABRIEL VáSQUEZ HABLA DE EL RUIDO DE LAS COSAS AL CAER

“Fuimos perdiendo la capacidad de sorpresa y de indignación”

En su novela, distinguida con el Premio Alfaguara, el escritor colombiano explora las secuelas que dejaron la violencia y el negocio del narcotráfico en las relaciones personales. “Intenté acercarme al tema de una manera deliberadamente intimista y privada”, subraya.

 Por Silvina Friera

Un hombre llora. El llanto, con la fuerza de un alud, le sacude los hombros. Tiene unos cincuenta años y unos audífonos. Escucha una grabación. Está sentado en un mullido sofá de la Casa de Poesía, la vieja residencia del poeta colombiano José Asunción Silva, en Bogotá, convertida en un Centro Cultural donde se hacen lecturas y talleres. Ser testigo involuntario de un momento de extrema fragilidad es muy triste y acaso impúdico. En ese salón, donde los letraheridos de todas las calañas escuchan hasta cansarse grabaciones ya legendarias –Borges en la voz de Borges o García Márquez en la voz de García Márquez–, hay un joven enfermo de miedo; enfermedad de los bogotanos de su generación, los nacidos en la década del ’70. No hay nada tan obsceno como espiar esas lágrimas. Nunca había visto llorar a un adulto de esa manera. Ese joven se iría un año después de esa escena, en 1996, con la certeza de que Colombia “produce escapados”. Necesitaba huir de los tiros y de las bombas, buscaba salvarse. Quería ser escritor. No sabía entonces que el enigma de esas lágrimas, ese instante de desventura que le pertenecía y que pasó a formar parte de su experiencia, se convertiría en el origen de uno de los protagonistas de El ruido de las cosas al caer (Alfaguara), novela de Juan Gabriel Vásquez que explora las cicatrices íntimas que dejaron la violencia y el negocio del narcotráfico. Sueños que se desploman, balas que queman nervios y tendones, amistades y relaciones de pareja que se truncan. “Recordar cansa –dice el narrador–. La memoria es una actividad agotadora, drena las energías y desgasta los músculos.” Vásquez recuerda como quien vuelve a su casa para cerrar una puerta que ha quedado abierta por descuido.

Vásquez, que vive en Barcelona desde 1999, no escribió una novela con mayúscula sobre la violencia del Estado, el Cartel, el Ejército. Ese hombre que aún llora en su memoria –que nunca dejará de llorar– se transformó en Ricardo Laverde, que pudo haber sido un héroe de la aviación; pero el dinero fácil del narcotráfico malograría su vida. Laverde es el acertijo a descifrar para el joven Antonio Yammara, un abogado graduado con honores que está convencido de que ser profesor universitario era el único horizonte posible de su existencia. Se conocen jugando al billar, a mediados de los años ‘90. Lo único que sabe, lo que se rumorea del misterioso Laverde, es que estuvo preso durante veinte años. Un día el ex convicto se esfuma como la racha de suerte de un apostador compulsivo. Regresa un tiempo después y el joven abogado es testigo del asesinato de Laverde. Pero también víctima. Una bala atraviesa el vientre de Yammara y se aloja en el hueso de su cadera. Sobrevive, pero ya no será el mismo. El ruido de las cosas al caer, premio Alfaguara de Novela, arranca a mediados de 2009 con la muerte de un hipopótamo que se había escapado dos años atrás del legendario zoológico de Pablo Escobar, propiedad que había entrado en una decadencia vertiginosa desde la muerte del narcotraficante, en 1993.

“La novela es muy generacional; hay una especie de idea de reducir la exploración de las emociones y la manera en que nos afectó la convivencia con el narcotráfico a mi generación”, dice el escritor en la entrevista con Página/12. Una de las primeras reacciones fue una especie de “reproche cariñoso” de lectores colombianos mayores que le retrucaron a Vásquez que era equivocado limitar esos sentimientos solo a su generación. Esa sensación de vulnerabilidad –pudo comprobar al presentar la novela en el país donde nació, en 1973– también marcó a la generación de sus padres. “La novela dio a mucha gente las palabras para comprender la situación, porque hasta ahora el narcotráfico se había escrito de una manera más externa, o bien desde eso que se llama la ‘narconovela’ o bien desde estilizaciones como La virgen de los sicarios, pero nunca de una manera deliberadamente intimista y privada, que es lo que intenté hacer.”

–¿Hasta qué punto la generación de sus padres, que le reprocha que limite el miedo a su generación, se siente “responsable” de la violencia del narcotráfico? ¿Habrá algo de culpa en ese reproche que le hacen?

–La generación de mis padres ha sentido siempre una cierta incomodidad frente al narcotráfico porque vio surgir las primeras mafias. Esa fue la generación que vio cómo el vecino se enriquecía de manera instantánea y misteriosa. Muchas veces oí, en conversaciones de mis padres, la idea de que la sociedad colombiana de esa generación no había sabido plantar resistencia, no había condenado a esta nueva clase de mafiosos que estaba surgiendo. Sin tener absolutamente nada que ver con el negocio, muchos aceptaban cantidades inverosímiles por la compra de una propiedad y nunca se preguntaban de dónde venía ese dinero. Hubo una cierta connivencia de esa generación con las nuevas clases mafiosas y creo que la generación de mis padres se siente un poco responsable.

–Quizá esta connivencia se refleja en una frase que se lee en la novela: “la resignación era una suerte de idiosincrasia nacional”.

–No, esa frase plantea algo con lo que los colombianos están mayoritariamente de acuerdo en todas las generaciones y tiene más que ver con la manera en que fueron formando parte de nuestro paisaje vital los hechos de violencia. Muy pronto dejaron de sorprendernos los asesinatos; había algunos que nos chocaban más que otros, pero rápidamente se pasaba al escándalo siguiente, al dolor siguiente, al momento de impresión siguiente. En esos años ‘80 y ‘90, con una puntualidad espantosa, se sucedían los asesinatos de candidatos a la presidencia, de políticos, de ministros; de manera que al final acabábamos perdiendo la capacidad de sorpresa y de indignación.

–¿Por qué una sociedad se acostumbra a la muerte violenta? ¿Cuándo se produce ese clic que hace que los asesinatos sean “normales”?

–Yo no lo sé, pero esa es una de las preguntas que se hace la novela. Creo que la novela, con sus 259 páginas, es un intento por responder a esa pregunta, entre otras. El tema principal es la costumbre del miedo; cómo mi generación tuvo una relación muy particular con el miedo, y las estrategias que adoptábamos para poder vivir con la sensación de riesgo constante. Aprendíamos a manejar la vida en función de esos miedos, de esa sensación de vulnerabilidad, pero aceptando que no teníamos control; que es una de las reflexiones que hace el narrador. El narrador cuestiona esa idea que nos venden que la llegada a la adultez implica controlar tu vida, que ya todo lo que pase va a ser responsabilidad tuya y consecuencia de tus propios actos. Eso es absolutamente falso en una sociedad como la colombiana y eso es lo que descubre el narrador.

–¿Ese miedo es privativo de los jóvenes de su generación o también los jóvenes de hoy tienen miedo?

–No, eso ha cambiado mucho. Esa emoción como la cuento en la novela se circunscribió a los años ‘90. Luego hemos seguido viviendo en un país muy violento, donde hay una guerra constante fuera de las ciudades y donde las ciudades siguen sufriendo, ahora muy de vez en cuando, las acciones de los violentos. Pero en esa época, Bogotá era un lugar donde constantemente estabas consciente de que algo malo te podía pasar a la vuelta de la esquina. Recuerdo en particular que los peores momentos de esa década eran los momentos de espera, los minutos que pasaban entre la hora a la que debían llegar tus padres o tu novia y la hora en que efectivamente llegaban. La novela es un intento por dejar constancia del rastro interno que dejó en nuestras vidas íntimas la violencia, cuyo aspecto externo está en todas partes y hasta lo podemos comprobar en los periódicos. Pero la parte interna, el rastro moral, no estaba consignado. Por eso creo que la novela le ha dicho cosas muy diferentes a lectores de distintos países. Los lectores españoles me dicen que eso fue lo que vivieron en la época de ETA; los peruanos me dicen: “tú estás hablando de Sendero Luminoso”. Acabo de llegar de México y los mexicanos, en el mal sentido de la palabra, están fascinados porque la novela cuenta lo que les está pasando en el norte, en Monterrey y Ciudad Juárez.

–Esa idea del ruido de las cosas al caer que da título a la novela, ¿quizá se formuló durante esos momentos dramáticos en los que esperaba a sus seres queridos?

–La respuesta es no, pero la idea es muy bonita. El origen del título fue mucho más literal y tiene que ver con un avión que se cae; pero luego se amplió y fue incluyendo nuevos significados. Y empezó a referir a la familia del personaje que se cae, a la vida de Antonio Yammara que cae y a la vida de todo un país que se cae. Durante esos años, Colombia estaba cayéndose todo el tiempo y volviéndose a levantar; entonces el título también se convirtió en una metáfora de lo que era el país. En un momento de la escritura de la novela me di cuenta de que podía contar la historia colombiana a través de los aviones. Hubo un accidente real donde murió un piloto veterano de la guerra con el Perú; en la ficción de la novela, el abuelo de Ricardo Laverde era uno de los veteranos de la guerra con el Perú, que fue a principios del siglo pasado en un momento en que el oficio de aviador era sinónimo de heroísmo, porque ayudaron a ganar la guerra. Me pareció muy curioso que el oficio de aviador, al final del mismo siglo, era todo lo contrario: sinónimo de ignominia. La caída de esos aviones es el trayecto que hizo el país: del heroísmo de los primeros años al negocio que acabó llevando a Colombia al desastre.

–Esa escena inicial que disparó la escritura de esta novela, el recuerdo de un hombre que llora, debió haber sido un desafío para usted. ¿Cómo trabajó con un sentimiento “fronterizo” como el llanto?

–Para un novelista que intenta hincarle el diente a las emociones y de alguna manera reflexionar desde adentro, el riesgo está en esa línea delgada que separa el sentimiento del sentimentalismo. Y esa es una de mis bestias negras. No le tengo miedo a nada tanto como al sentimentalismo; es una de las cosas que más me irrita, en cualquier forma de narrativa, en literatura y en cine, incluso en periodismo. El sentimentalismo me parece uno de los peores pecados. A mis narradores se los suele acusar de ser demasiado fríos; pero es una estrategia para poder sacar el bisturí sin correr tantos riesgos. Antonio es un tipo extraordinariamente solitario, un tipo con problemas para relacionarse con la gente. Toda la novela gira alrededor de cómo nos marcó la convivencia con el narcotráfico en nuestras relaciones, en nuestra manera de amar, de tener hijos, de ser hijos. Cómo esta historia pública nos marcó en nuestras historias privadas. No sólo las relaciones de amor en la novela, sino las relaciones de amistad son truncadas por la violencia.

–El narrador afirma que “somos pésimos jueces del momento presente”. ¿La literatura puede ver mejor ese “presente” cuando se transforma en pasado, en evocación?

–Toda la novela es un ejercicio de memoria. La literatura que a mí me interesa es una literatura que recuerda. Yo trabajo con una frase de Sebald, un escritor que me gusta mucho: “la memoria es el espinazo moral de la literatura”. La literatura se sostiene sobre el acto de recordar; y a mí siempre me ha interesado este posible papel de la literatura como el lugar donde recordamos las cosas que no se recuerdan en ninguna otra parte. El pasado se mueve constantemente porque depende de algo tan frágil, maleable y misterioso como la memoria. Nuestro pasado es producto de relatos de otros; por lo tanto es incierto y no hay una manera objetiva de averiguar lo que pasó. La novela es una herramienta contra el olvido, especialmente en sociedades como las nuestras, donde la urgencia de los días hace que todo pase al archivo y no nos acordemos del escándalo de hace seis meses.

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Vásquez vive en Barcelona desde 1999. “La novela es una herramienta contra el olvido”, dice.
Imagen: Rafael Yohai
 
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