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Martes, 9 de agosto de 2011

LITERATURA › JACOBO RAUSKIN PRESENTA SU POEMARIO EL ARTE DE LA SOMBRA

“Creo en el mestizaje de los estilos”

El poeta paraguayo, que en los ’70 hizo una larga aproximación al cancionero popular de su país, tanto en castellano como en guaraní, como una forma de resistir la dictadura de Stroessner, habla de su nuevo libro: “La memoria es la mejor correctora”.

 Por Silvina Friera

La dicha galopa por la cara del hombre con boina de cuero color chocolate cuando entra a un café del barrio de Palermo como si ingresara a su templo. Jacobo Rauskin podría ser un viejo parroquiano que elige siempre la misma mesa. Se frota y frota las manos como si fueran piedritas que intentan ahuyentar el frío a puro roce y derroche de sonrisas. “Como decía Borges: siempre estuve y estaré en Buenos Aires”. Está exaltado –demasiado feliz– y no controla el caudal de su voz. Ni sus movimientos. Casi tira una botella de agua mineral de un manotazo. Todos, curiosos curioseando, lo miran como si estuvieran ante un pintoresco personaje que anima el desayuno. Una caravana de recuerdos enciende al poeta paraguayo. Acá –en esta ciudad– cumplió 18 años, recién exiliado de la dictadura de Stroessner. Acá vivió dos años, publicó varios de sus poemarios y cosechó un puñado de amigos que ya no están, como el poeta Leónidas Lamborghini y el editor José Luis Mangieri. A esta ciudad le dedicó varios de los poemas de El arte de la sombra (Ediciones del Dock). “El libro gira en torno de mi manera de sentir el paso de los años –dice Rauskin a Página/12–. El sentimiento del regreso es el tema dominante; la nostalgia es una forma dolorosa de la esperanza, pero no deja de ser esperanza en ningún momento. Para mí, ni el ayer prevalece sobre el hoy ni viceversa.”

El bautismo de Rauskin con la poesía fue en la infancia. “Mi madre me leía poemas; el repertorio iba de José Hernández a páginas de Darío, de las que un niño podía entender y seguir. La rima me encantaba. El parecido de las palabras era para mí sinónimo de poesía. Más tarde, ya jovencito, comencé con las novelas que leía mi padre. Una de ellas, La vorágine, de Eustacio Rivera, me gustó tanto que incluso aprendí de memoria unos trozos. Yo siempre he leído en voz alta, tratando de imaginar a un oyente”, afirma el poeta que nació en Villarica, en 1941.

El señor de la boina de cuero color chocolate resopla como si intentara apagar la vela de su genio. “Probablemente publiqué más de la cuenta. También me arrepentí, corregí o suprimí una parte de lo que publiqué entre los veinte y los cuarenta años –confiesa–. Después, hice tan sólo alguno que otro retoque. Yo no creo que un poeta pueda escribir una veintena de libros, como es mi caso, siguiendo al pie de la letra lo que Poe sugiere en su Filosofía de la composición, pero sigo dos consejos que él nos dejó en otras páginas. El primero es considerar la corrección del texto como arte supremo; el segundo es tratar al verso como una suerte de música inferior.” Los dedos de su mano izquierda traducen esa melodía interna. Rauskin golpea, suavecito, el índice y el pulgar sobre la mesa del bar. En El arte de la sombra –revela– la memoria es la “correctora” de sus poemas.

–¿Podría explicar en qué consiste esa corrección?

–Aquello que alcanzo a recordar depura al texto de un presente que resulta muchas veces molesto, entre otras cosas, porque mi visión del mundo es la de un hombre que no llega a entender la historia que le toca vivir. El imperio, cuya religión oficial es el dólar, fracasó en numerosos intentos de dominación total. Sin embargo, consiguió la invisibilización de la poesía en casi todo el mundo. Cada época tiene su manera de ver al poeta; la nuestra prefiere no verlo. Acaso porque en estos días la esperanza debe aprender a convivir con la mueca escéptica en el mismo autor. ¿Qué queda de la memoria, finalmente? Lo que pudo haber sido y no fue, que es mucho más rico. ¿Qué queda del presente? Lo que puede ser y no es. Yo soy un nostálgico de la utopía, en el sentido de que el presente proyecta lo que está siendo y lo que no puede ser.

Un hombre también es lo que no ha visto. Eso parece insinuar los ojos achinados de este poeta paraguayo cuando se remontan a la Asunción de comienzos de los años ’60. “Alguna vez mi actitud hacia la historia fue muy diferente. Lo digo porque intenté la acción hace medio siglo. Me contaba entre aquellos jóvenes paraguayos que hacia 1960 querían derrocar al dictador por medio de la guerrilla. Yo no encontré a los guerrilleros y posiblemente eso me salvó la vida, pero no me salvó de la intolerancia de aquel tirano, y busqué asilo en Argentina.” Vivió en Buenos Aires dos años. Acá cumplió los 18 y trabajó en una fábrica de plásticos, como traductor y profesor de esgrima en un colegio secundario. “Yo era buen esgrimista en esa época”, aclara el poeta que ejerció la docencia y es miembro de número de la Academia Paraguaya de la Lengua española. Y suelta una carcajada que suena como un terremoto.

El poeta volvió a Paraguay en el ‘62 y escribió toda su obra en su país. En 1989, después de la caída de Stroessner, el poeta paraguayo Elvio Romero, que vivió toda su vida en Buenos Aires, visitó a Rauskin en Asunción. “La poesía del exilio terminó, yo no quiero más hablar de esa historia”, sentenció Romero. “Yo creo que ahora vivimos el fin del fin del destierro –plantea Rauskin–. La sociedad tradicional paraguaya ha muerto y a ella sólo se puede regresar por la vía de la memoria. Buena parte de mi obra poética es algo así como una larga serie de alusiones en verso y prosa a la emoción que despiertan en mí ciertas hojas del antiguo cancionero popular paraguayo.”

–Usted renovó ese cancionero, ¿no?

–Algunos compañeros me ven como un renovador. Quizá lo dicen por haberme desprendido de todo exceso retórico al satirizar el larguísimo período de transición a la democracia. En realidad, renovarse es una exigencia de la tradición y yo continúo revisando lo que nos deja la tradición que tenemos disponible. Al comienzo era más intensamente lírico; pero siempre me ha interesado que el centro alrededor del cual girasen los poemas fuera una experiencia donde quede involucrado el carácter social del lenguaje. Por los años ’70 hice una larga aproximación al cancionero popular paraguayo, tanto en castellano como en guaraní, y encontré que había una manera sutil de resistir. El poeta paraguayo Emiliano R. Fernández tenía un poema de amor cantado en el que dice: “Yo quiero que tú borres mi nombre despreciado”. Eso es una forma de protestar; el nombre despreciado es él. Creo en la mezcla de géneros, en el mestizaje de los estilos, en los desplazamientos. La literatura del Río de la Plata es riquísima en desplazamientos.

“Al sur de un río triste,/ nubes, de cuando en cuando, blancas,/ cubren un cementerio industrial./ Entre los hierros viejos barrocos retorcidos/ y el plástico joven descartable, nadie,/ ni siquiera el fantasma de un sereno”, se lee en “Estética de la degradación”, poema dedicado a la Buenos Aires de fines de los años ’90, desmantelada por el neoliberalismo, incluido en El arte de la sombra. “Yo venía muy seguido y había fábricas cerradas en todas partes. Se veía entonces la angustia en los rostros de hombres, mujeres y  niños de los barrios obreros, que ya dejaban de ser realmente industriales”, recapitula el poeta. “Por la misma época, volví a pensar en el cine neorrealista italiano; en esa visión despojada de lo accesorio, busqué  un camino para expresar la desarticulación de la clase obrera y la pérdida de su discurso. Yo quería encontrar una forma digna del tema. Así, queriendo filmar con palabras, escribí ‘Estética de la degradación’ y ‘La clase obrera ya tiene su museo’, mi testimonio de la desindustrialización de la Argentina”, revela Rauskin (ver aparte).

“El capitalismo no propone un futuro mejor para la descendencia de los desposeídos. Sin embargo, sigue con el mismo libreto: los actores repiten su parte hasta el hartazgo, aunque nadie les crea –agrega Rauskin–. Esa reiteración simplifica la concepción de la escritura en términos de crítica o de sátira, pero complica el hallazgo de una forma poética apropiada, digna de la tragedia del hombre común, que es el verdadero cimiento de la vida comunitaria y es el gran derrotado por el orden económico mundial. Yo canto sobre la vida de la gente humilde desplazada por el sistema.”

La clase obrera ya tiene museo

Son todos dentistas, policías, turistas.
Son curiosos curioseando.
Hay exposiciones, curadores hay.
La vieja fábrica es un museo abierto al público
en días de oficina y horas de museo.
El piso es puro mármol reconstituido, reimplantado.
El último obrero no ha vuelto,
dejó su ropa de trabajo.
La dejó colgada de un clavo de la memoria
a falta de pared.
La pared es textura saqueada.

En El arte de la sombra (Ediciones del Dock).

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Rauskin se exilió en Buenos Aires, volvió a Paraguay en el ’62 y escribió toda su obra en su país.
Imagen: Joaquín Salguero
 
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