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Lunes, 27 de mayo de 2013

LITERATURA › ELMER MENDOZA HABLA DE NOMBRE DE PERRO, SU NUEVA NOVELA

“No me molesta que me digan ‘autor de narconovelas’”

El escritor mexicano le vuelve a dar vida al detective Edgar “El Zurdo” Mendieta, nuevamente enredado en una trama de violencia y muerte. “Lo que hay en la novela son problemas que tienen que ver con la venganza, con el amor y el desamor. Y esto va a estar siempre”, dice.

 Por Silvina Friera

Saber esperar es una virtud, aunque sea una experiencia desconcertante. Las novelas policiales protagonizadas por el detective mexicano Edgar “El Zurdo” Mendieta son variaciones musicales de la condición humana en un ambiente revuelto, una guerra hobbesiana en la que todos se alimentan de la sangre, y los cadáveres son como el pan de cada día. El coro de voces prodigiosas que se despliega página a página en Nombre de perro (Tusquets), de Elmer Mendoza, impone un ritmo vertiginoso, una sintaxis del estallido en la que confluyen canciones que se escuchan –temas de Bob Dylan, Neil Young, Boney M, Richie Valens, Roberto Carlos, Adele, Elton John, Air Supply, José Alfredo, Simon & Garfunkel, Diego “El Cigala”, Norah Jones y Los tucanes de Tijuana, entre otros– con la lengua descarriada de la calle: “órale, este morro trae su rollo y no se anda por las ramas”; “pobre el pobre que al cielo no va, lo chingan aquí y lo chingan allá”; “el tipo nos quiere fregar”. El oído, lector de acentos cambiantes, agradece. Aunque la “tiranía” del ojo atolondrado tropiece a veces con ese fluido de diálogos directos, que prescinden de la normativa del guión; fraseo y pensamientos mezclados que demandan una atención total para no perder el hilo narrativo.

“Pierdes un hombre, Zurdo, y la vas pasando, escuchas canciones melosas y ya, pero perder una mujer es perder un pedazo de uno mismo, un pedazo muy grande, ¿me entiendes? Silencio. No pienses que es una costilla o el hígado, como dicen, es un trozo de corazón o de alma, no sé.” Samantha Valdés, jefa del cartel del Pacífico –que aparece también en las dos novelas anteriores: Balas de plata (2008) y La prueba de ácido (2010)– convoca al Zurdo Mendieta para que investigue el asesinato de Mariana Kelly, su pareja. El crimen sucedió en el momento en que se intentaba negociar una tregua, durante una reunión con otros jefes del narco. Sensibilizado al máximo por la aparición de su hijo Jason y la madre del muchacho, El Zurdo acepta. En Nombre de perro, además, hay un sicario enloquecido por un dolor de muelas que mata a varios dentistas. Y un ex militar vinculado a un poderoso grupo de poder, Ugarte, enfermo de un cáncer terminal, que en una instancia capital, hacia el final, sintetizará por qué hizo lo que hizo: “El corazón no olvida, y el mío es como un chip”.

El narrador mexicano, catedrático de literatura en la Universidad Autónoma de Sinaloa y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, cuenta a Página/12 que una novela policial funciona cuando “el detective tiene que ir cuesta arriba”. El Zurdo ahora está más sentimental y vulnerable por el encuentro con su hijo, semejante a él, “indudablemente mejorado”. Mendoza, aclara, no es un novelista de planes minuciosamente trazados. “Trabajar años contando una historia te permite quitar y poner muchas cosas. Al final, uno puede obtener un cuerpo conveniente para la historia que está contando. Soy un autor que le permite muchas libertades a la novela, sin perderle el control. Y esas libertades hacen que termine escribiendo una novela que no había pensado. Lo único que sabía es que Mendieta se iba a encontrar con el hijo.”

–¿Por qué en la novela aparece la idea de que los hijos quieren ser como los padres?

–Esta es una tradición que cada vez ocurre menos. Por eso lo planteo como un “club”. Generalmente, no nos importa lo que hagan nuestros padres, tenemos nuestros planes, pero tampoco rompemos con ellos. Los chicos salen de casa cuando se casan o se van a estudiar posgrados a otros países. Pero en el mundo de la delincuencia, los juniors quieren ser como sus padres. Este es un modelo que me parece interesante y lo que hago es trasponerlo al otro grupo, que enfrenta a la delincuencia. Hay un momento en que los hombres empezamos a admirar a los padres y a reconocer sus biografías y los esfuerzos que hicieron. Cada vez escucho más: “Eramos ocho de familia y todos fuimos a la universidad y comíamos tres veces al día”. Y esto es algo que me llama la atención. Yo tengo tres hijos: uno es director de teatro, otro es percusionista y otra es periodista, que está más cerca de lo que yo hago. Siempre me he llevado bien con ellos y nunca he sabido que quieran ser como yo. Más bien yo quisiera ser como ellos (risas). Recuerdo un dibujo donde está el chico de pelo largo y la guitarra eléctrica y el padre, un empresario, le dice: “Oye, a tu edad yo ya estaba explotando a alguien”.

–Ugarte dice que “matar es fácil pero morir es otra cosa”. ¿Qué resonancia tiene esta frase en un país como México?

–Por el tipo de personaje que es Ugarte sé a lo que se refiere. El está acostumbrado a matar y ha matado muchas veces en su vida. Matar, para Ugarte, es un acto mecánico; morir es otra cosa. El está enfermo y sabe que tiene los días contados. Desde esa perspectiva, la muerte no es lo mismo. En cuanto a las matanzas en México, los sicarios tienen muy claro que están en un ajedrez en el cual pueden salir con vida o quedar ahí, porque todos son muy jóvenes y temerarios. Saben que forman parte de ese gran juego espectacular que es una guerra muy rara, pero que afortunadamente se acabó.

–¿Se acabó la guerra? ¿No hay más matanzas?

–Las matanzas se están acabando. El gobierno ha entendido que es una guerra que sirvió como pretexto para provocar una matanza descomunal. Pero va a llevar un tiempo. Yo vivo en lo que se conoce como “zona de guerra” y han disminuido notablemente las ejecuciones, los enfrentamientos, las balaceras. Y sobre todo la tensión que muchas personas vivían.

–¿El tema del narcotráfico perderá interés literario?

–No sé... con las novelas puede pasar cualquier cosa. A nivel temático perderá pertinencia el día en que se acabe el narcotráfico. Y creo que para eso debe faltar un siglo, si es que se acaba. En el fondo, lo que hay en la novela son problemas humanos que tienen que ver con la venganza, con el amor y el desamor. Y esto va a estar siempre.

–La venganza pasional es uno de los motores de esta novela. El Zurdo Mendieta llega a uno de los asesinos porque hay alguien que recuerda con rencor a ese personaje que en el pasado le “robó” una mujer.

–Sí, es cierto, es uno de los instrumentos narrativos dentro de una realidad muy complicada y muy inconveniente: hay muertos, hay una provocación directa a las bandas. Y cuando las bandas reaccionan violentamente puede haber cualquier cantidad de muertos, que es lo que pasa en Nombre de perro. Pero un día, alguien se da cuenta de que lo único que va a conseguir son más muertos. Encontrar a quien ha cometido realmente el delito no lo va a conseguir nunca. Y ahí llaman a Mendieta, que tiene sus reticencias por el campo con el que va a interaccionar. No está muy dispuesto, pero anda muy sentimental por la aparición de su hijo. Y pues cede.

–Mendieta tiene un par de irreverencias, como cuando cuenta que está leyendo Conversación en la catedral y dice que “no termina de entender” la novela. ¿Esa irreverencia es algo personal?

–Sí, es mi experiencia personal. Lo mismo me pasó con Rayuela y con Pedro Páramo. Fueron lecturas de relación fraccionada. En Sinaloa, una chica presentó su tesis sobre Conversación en la catedral y tuve que volver a leerla. Y fue diferente. Pero recuerdo que la primera vez que leí esa novela me dije: “Híjole, ¿qué es esto?, ¿para dónde va?”. Mendieta abandonó la carrera de literatura y es lector. Pero nunca termina los libros que lee. Aunque es difícil que las novelas policiales tengan elementos autobiográficos, detalles como éstos valen...

Ugarte, con su misterio a cuestas, busca huir con parte de su familia: su esposa y su hija. Pero está rodeado, no puede salir por el aeropuerto de Guadalajara. “Confiemos en el efecto ‘Carta robada’ –le dice a su hija–. Pa, eso fue en el siglo XIX, Edgar Allan Poe sería bastante inocente en este tiempo. Ya te sorprenderás de las cosas que no cambian.” Mendoza coincide con el personaje. “En ese cuento de Poe todo el mundo está buscando la carta y la carta está puesta en una lámpara; pasan por al lado y no le encuentran. La carta robada siempre está ahí –plantea–. La evidencia está a la vista. La pista verdadera está a la mano, pero todos nos vamos por las pistas falsas. El efecto ‘carta robada’ te permite hacer el juego que conviene y que nos gusta a los lectores de novelas policíacas.”

–¿Cómo trabaja el lenguaje, esa especie de coro con las voces de los personajes y la canciones?

–Siempre estoy aspirando a contar de cierta manera que mi lector vaya conociendo la historia por dos o tres caminos al que pudiera no estar acostumbrado. Al principio era parte del juego. Se me ocurría que en una parte debería escuchar una canción y la metía. Pensé que podía hacer un discurso donde estén las voces y respondan a momentos especiales de la narración. En el mundo de habla hispana compartimos muchas cosas. No solamente lo que llaman lengua estándar, sino cosas que tienen que ver con nuestros recuerdos. Ahora se están haciendo homenajes por los cincuenta años de Rayuela en España, en Francia, en Argentina, en México. Esos recuerdos son los que hacen que hagamos lecturas de novelistas de todos los países, omitiendo las dificultades lingüísticas que pudieran tener.

–¿Cómo será la traducción de sus novelas a lenguas como el inglés, el alemán, el francés? Quizá con la única lengua que es más fácil imaginar las peripecias de Mendieta es con el italiano...

–Sí, es verdad que con el italiano hay pocos problemas, pero con los franceses y alemanes es un ejercicio muy intenso de reescritura. Los más meticulosos son los alemanes y los griegos. Ahora mismo con mi traductor al inglés no hay mayor problema porque conoce México y el norte y está teniendo menos dificultades. Con Alemania, por novela, son 2500 cuestiones que tenemos que aclarar. Y algunas muy importantes porque tienen que ver con nuestra cultura, con lo que regionalmente somos, con nuestro folclore, con nuestra visión del mundo y ciertas expresiones que tienen mucho valor para nosotros. Yo siempre invito a mis traductores a que busquen en la calle algo que pueda funcionar y les explico extensamente lo que nosotros tratamos de expresar con una frase.

–¿Cómo sigue la saga?

–Al menos creo que habrá una cuarta novela con Mendieta. La tengo en mente, y algunas cosas en la máquina. Pero soy supersticioso. Algo pasa si hablo. La primera vez que tú entras en contacto con una historia es cuando la piensas. La segunda es cuando la cuentas. Y cuando uno es supersticioso prefiere no contar porque la historia se puede diluir.

–¿Lo imagina rumbeando hacia Los Angeles para buscar a Susana, la madre de su hijo?

–No, porque El Zurdo está acostumbrado a perder en asuntos de amores. Siempre le va mal.

–Impresiona un poco que lo presenten como “autor de narconovelas”, ¿no?

–Está bien: soy como Barbara Cartland, que fue autora de novelas amorosas (risas). No puedo ser deshonesto. Un día, hace muchos años, yo había publicado una o dos novelas y me invitaron a hacer una conferencia de apertura en un congreso y hablé de la narconovela. Desde luego creo que mis novelas tienen cosas más importantes que este tema. No me molesta ni me afecta que me digan “autor de narconovelas”. Vamos a ver qué queda dentro de unos veinte años. Si queda algo de la narconovela...

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Mendoza es catedrático de Literatura en la Universidad Autónoma de Sinaloa.
Imagen: Jorge Larrosa
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