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Miércoles, 17 de julio de 2013

LITERATURA › CLAUDIO SUAYA Y SOMBRAS DEL PARAíSO (HISTORIAS DE PELíCULA)

“El cine es algo vampiresco”

La siempre fascinante experiencia de abandonarse en la butaca a lo que llega de la pantalla terminó provocando en el escritor una serie de relatos que hacen dialogar realidad y ficción. Hoy lo presenta en el Centro Cultural de la Cooperación.

Es vasta la teoría que se ha producido acerca del cine, su esencia, su historia y su significación. Desde su surgimiento, hasta su sofisticación, la imagen en movimiento fue objeto de estudio de múltiples disciplinas, como la sociología, la filosofía, la semiótica o el psicoanálisis. Esta última es la que ha llevado a pensar en la importancia del sujeto espectador en la decodificación de la imagen, y en su identificación con ella. El semiólogo y teórico cinematográfico Christian Metz observó una semejanza entre esa identificación y la que se deduce de la relación entre un niño y su madre, a la que Jacques Lacan llamó estadio del espejo. Como una suerte de relectura de estos estudios psicoanalíticos, el escritor, periodista y otrora crítico de cine Claudio Suaya escribió Sombras del Paraíso (historias de película), una selección de cuentos que pone a dialogar a la ficción literaria con los relatos audiovisuales que traspasaron la pantalla grande para interpelar al autor y que será presentada hoy a las 19.30 en la sala González Tuñón del Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543).

En su living, repleto de películas de diversos formatos y temáticas, Suaya confiesa que se sienta en un sillón a intercambiar palabras con el retrato que obtuvo cuando visitó, por trabajo, una muestra de expresionismo de la colección Buchheim. Con ese rostro de mirada punzante, asegura haber tenido sus mejores conversaciones, que lo han inspirado a escribir “El hombre me miraba”, uno de sus cuentos “fílmicos”. Tal vez haga alusión a estos soliloquios para hablar del poder que ejerce la imagen sobre la conducta humana. “Uno es un poco rehén del cine. Cuando entrás en la sala y te sentás en una butaca, que además tiene la virtud de ser unipersonal, te abandonás. Hay algo de vampiresco en esa experiencia, que nos succiona y nos toma cautivos; el cine es el arte de transmitir sensaciones a los espectadores”, asegura el escritor, y agrega: “El cine es político y baja mucha línea; es un instrumento de liberación, pero también es un instrumento brutal de conquista. Como es una versión aplaudida de la vida, el hombre quiere imitar lo que ve en ella. Por otro lado, es una experiencia furtiva, que se vive de forma clandestina, porque estás a solas y a oscuras”.

La imagen cinematográfica habilita no sólo un arte de lo posible o una proyección de sensaciones y deseos, sino que también su carácter móvil interpela de forma absoluta. Basta recordar una de las primeras exhibiciones realizadas por los hermanos Lumière, en 1895, como la llegada de un tren a la estación, durante la cual gran parte del público huyó de la sala cuando vio avanzar a la máquina, experiencia que se revive en el cuento “¡Corre, Ramona, corre...!”.

En el prólogo, el psicoanalista Germán García tampoco olvida hacer referencia a estos hechos, que vincula con lo que él define “inmersión mimética” del espectador, pero a su vez habla de una ficción estructurada en contraposición a una realidad caótica. De esta forma, se sostiene como teoría que la ficción, con sus leyes propias, viene a reparar el desorden de lo real, que está atravesado por múltiples contingencias. Y esta perspectiva, a Suaya tampoco se le escapa: “Un dibujante español decía que el cine opera como disparador o recreo en los grandes momentos de angustia social. Es como un medio de transporte que nos permite viajar y escaparnos de esa realidad terrible que nos atenaza. Truffaut decía que el cine es superior a la vida, porque en él se eliminan los momentos aburridos”.

Quizá Sombras del Paraíso sea la confirmación potente y real de la constitución del séptimo arte como hecho cultural y humano y no sólo una simple “devolución de gentilezas” con el cine. En “Qué fea es la vida” (alusión al Qué bello es vivir de Frank Capra), Claudio desliza uno de los fundamentos de su atracción cinéfila: “El cine es un universo ficcional donde todo es posible. Un terreno que se aviene al slogan del Mayo Francés: seamos realistas, pidamos lo imposible. Todo eso. Pero con las luces apagadas”.

–¿Se diluyó la experiencia social de ir al cine con la aparición del video e Internet?

–No lo había pensado, pero ahora que lo pienso creo que sí, y vinculo esta situación con el fútbol. Yo soy hincha, fanático, y no estoy a favor del fútbol televisado, porque esto es desmovilizador e influye para que se vaya cada vez menos a la cancha. Pareciera que ahora los equipos no juegan en los estadios, sino en los canales. El ritual que implica ir a la cancha es semejante al hecho de ir a ver una película que implica, entre otras cosas, ir a tomar un café y exponerte a esa imagen tan grande que te captura. En cambio, en tu casa están los libros, la gata que tiene hambre y el teléfono que suena. Frente al televisor, uno es más grande que la pantalla y lo que se proyecta está contenido en ese ambiente, mientras que en el cine, en la sala oscura, nosotros somos quienes vamos a estar contenidos. Los partidos no se juegan ni por Canal 9 ni por la Televisión Pública, se juegan en la cancha, y tienen que ir las dos hinchadas y putearse unos a otros, sin recurrir a la violencia, claro; así es el folklore, así es el espectáculo. El cine, como espectáculo, también tiene sus pautas y sus códigos: la pantalla grande, la butaca individual, las luces apagadas y la exposición sin interrupción.

–La cultura de lo audiovisual, según parece, se ha impuesto. ¿Una imagen vale más que mil palabras?

–No, no estoy de acuerdo. Esa es una concepción global. La palabra no vale menos que la imagen; siempre la precede, siempre está antes. En el caso del cine, el argumento y el guión son lo que da lugar a la imagen. El sonido es humano y la palabra tiene sonido, la imagen no.

–¿Por qué llamó a esta selección Sombras del Paraíso?

–Hay una película francesa, de Marcel Carné, que es un clásico realizado durante la ocupación alemana en Francia, que se titula así. Por otro lado, se supone que la imagen cinematográfica es un paraíso, un universo ficcional posible, donde ocurren las mejores cosas, mientras que los espectadores estamos en las sombras de ese paraíso; se produce un juego de luz y sombra, en el cual el espectador queda empequeñecido ante el reflejo del proyector.

Informe: Candela Gomes Diez.

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“Cuando entrás en la sala y te sentás en una butaca, que tiene la virtud de ser unipersonal, te abandonás.”
Imagen: Leandro Teysseire
 
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