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Miércoles, 7 de agosto de 2013

LITERATURA › QIU XIAOLONG, AUTOR DE LA SAGA DEL INSPECTOR CHEN CAO

“La sociedad china actual está llena de contradicciones”

El escritor nacido en Shanghai atribuye al hecho de no vivir en su país –reside en Estados Unidos– el hecho de que sí lo publiquen allí. Autor de Seda roja, El caso Mao y El crimen del lago, llegó a la Argentina para participar del festival de novela Buenos Aires Negra.

 Por Silvina Friera

La vida puede ser más absurda que las novelas. Más cruel y contradictoria. El creador del inspector Chen Cao –una saga policial de cinco novelas publicadas hasta el momento– sonríe como si encontrara en esa risa franca y contagiosa el modo de amortiguar un drama del pasado lejano. Una “anécdota”, dice, ilustra el momento en que comenzaría su iniciación literaria. A mediados de la década del ’60, en Shanghai, un niño de 12 años no sabe todavía que los budistas hablan del castigo: “El justo castigo llega, pero a su merecido tiempo”. Hay otro asunto que le quita el sueño a este hijo de una familia considerada “negra”, terminología acuñada por la Revolución Cultural de Mao para referirse a los enemigos de clase. “He ganado mucho dinero explotando a obreros; estoy arrepentido...”, escribió ese niño –palabras más o menos temblorosas–, simulando ser su padre, para mitigar los sufrimientos de un hombre que antes de 1949 se había dedicado a los negocios y que por entonces era un perseguido político que debía confesar sus “desviaciones burguesas”. Su mirada destila picardía; sus manos se juntan y se separan en el aire, intentando deshacer y rehacer sin tregua lo que evoca. “Me voy a meter en un lío bárbaro si no escribo bien. Tenía que decir cosas horribles de mi padre en primera persona. Me esmeré mucho en la redacción de esa confesión porque si la rechazaban te la hacían escribir una y mil veces. Pero la aceptaron. Y ése fue el primer espaldarazo que recibí como escritor”, revela Qiu Xiaolong a Página/12, uno de los protagonistas del BAN!, Buenos Aires Negra, el festival de novela policial que se extenderá hasta el próximo sábado (ver aparte).

No hay rencor en el narrador, poeta y traductor chino que eligió como lengua literaria el inglés. Por más paradójico que suene, ahora puede afirmar –tantos años después de esa confesión que escribió en lugar del padre– que una de las consecuencias de la Revolución Cultural fue el impacto que tuvo en su vida. Que ahí, en esa escena, nació el escritor. “En la China actual, el único estándar que se emplea para medir el éxito es el dinero, por eso la gente es capaz de hacer cualquier cosa”, dice la joven ingeniera Shanshan al inspector Chen Cao en El crimen del lago (Tusquets), quinta entrega de la saga. Aun cuando está de vacaciones en Wuxi, a orillas del lago Tai –contaminado por los residuos tóxicos que arrojan las fábricas de la zona–, el inspector Chen no puede evitar involucrarse en casos complejos. En esta ocasión, la contaminación del medio ambiente es la excusa para tirar del hilo que más le gusta a Xiaolong: meter el dedo en las heridas y contradicciones de la sociedad china, en ese país “con dos sistemas”, lema político forjado por Deng Xiaoping para describir la coexistencia entre el socialismo y el capitalismo. “No importa de qué color sea el gato, lo importante es que cace ratones”, impuso como máxima Xiaoping cuando lanzó su política de mercado bajo el férreo control del Partido Comunista. A un lector distraído podría provocar cierta perplejidad que el inspector Chen sea tan lector. Que cite a Confucio o a un puñado de poetas clásicos, que conozca a Freud y a Shakespeare. Lo llamativo de Chen es que no pudo optar. El no eligió el trabajo en el departamento de policía de Shanghai, donde fue haciendo carrera para desconcierto de otros y el suyo propio. A Chen lo obligaron a convertirse en policía tras haberse graduado en lengua inglesa en la universidad. Es un policía escéptico que aplica las técnicas de la investigación literaria para resolver los crímenes que le asignan. No es un outsider ni un marginal. No es tan arriesgado; sabe que tiene que hacer buena letra. A su manera, trata de abrirse paso, de tener márgenes de maniobra. En su cabeza –y en su corazón– hay un escritor en potencia.

Muerte de una heroína roja, el primer libro en que aparece el inspector Chen, está situado en los años ’90. En los siguientes títulos –Visado para Shanghai, Seda roja, El caso Mao y El crimen del lago–, Xiaolong, que vive en los Estados Unidos, decidió incrementar la vaguedad temporal. Ya no es posible precisar cuándo suceden las historias. “Viajo con mucha frecuencia a China. Si preciso el tiempo y digo que esto es lo que está sucediendo ahora, me puedo meter en problemas”, admite el escritor. “Cuando escribí la primera novela, no tenía idea de que iba a continuar con el inspector Chen. Hay tantas cosas que están sucediendo en China que fui sintiendo la necesidad de escribir sobre esos temas.”

–¿Por qué Seda roja está dedicada a su hermano mayor? ¿Acaso la historia de Jia, el criminal de la novela que sufre un terrible trauma producto del daño que le hizo la Revolución Cultural, es similar a la que padeció su hermano durante ese período?

–La historia tiene poco que ver con mi hermano, pero mi hermano sufrió muchísimo durante la Revolución Cultural. Antes de la Revolución Cultural, él tenía esperanza en el futuro. Pero lo destruyeron; se rindió. Incluso hoy sigue estando en un hospital, en la cama todo el tiempo. Una vez estuvo en coma y dijo: “La Revolución Cultural me arruinó”. La razón por la cual sufrió es por el tipo de familia a la que pertenecemos, una familia que pasó a figurar en las listas negras de los maoístas. La novela trata sobre lo que sucedió en la Revolución Cultural y sus efectos posteriores. Mientras la escribía, no podía dejar de pensar en mi hermano. Y en lo afortunado que fui yo. Lo que le pasó a mi hermano me podría haber pasado a mí. Yo tuve suerte: pude escribir y tengo una carrera diferente; por eso se la dediqué a mi hermano.

–Es significativa la obsesión del inspector Chen por la literatura. Siempre realiza las investigaciones como si estuviera haciendo un trabajo literario. ¿Considera que en manos del inspector Chen, que en última instancia es en sus manos, la novela negra es más literaria que estrictamente policial?

–Un crítico americano escribió un artículo sobre Seda roja en el que planteó que es una novela que utiliza toda la crítica literaria para la investigación, como el psicoanálisis y los arquetipos. Si uno lo quiere ver de esa manera, es cierto que hay muchos elementos literarios. Muchas personas de la generación del inspector Chen Cao no escogieron su trabajo. Fue el gobierno el que decidía qué trabajo les tocaba. Como el inspector Chen tiene toda esa parte literaria que no puede expresar, se vuelve más insatisfecho y más descontento, pero más interesante. Personalmente no me gustan las historias sobre quién mató a quién. Tiene que haber más que eso. Como escritor prefiero hablar también de literatura, de filosofía y de política.

–Durante la investigación de Seda roja, el inspector recuerda la importancia que tienen para Freud las experiencias infantiles. Sin embargo, el asistente del inspector plantea que en China nadie habla sobre abusos infantiles en la niñez. Que el hecho de admitirlo es peor que los abusos en sí. Que siempre hay que mantener las apariencias. En este sentido, ¿cómo ha evolucionado la cuestión? ¿Sigue siendo un tabú el psicoanálisis y hablar de los traumas infantiles en la sociedad china?

–Sí, durante muchos años, hablar de psicología estaba prohibido, especialmente durante Mao. Cualquier trauma psicológico que pudieras tener era porque no habías estudiado los libros de Mao lo suficiente (risas). Si uno seguía las enseñanzas de Mao como correspondía, no tenía que tener ningún problema psicológico. Si uno hablaba con un psicólogo, no sabía si al día siguiente haría un informe para el gobierno sobre lo que el paciente pensaba, lo que significaba meterse en problemas. La situación ahora está mejorando, se puede hacer psicoanálisis de una manera limitada. Hay terapeutas estadounidenses que están haciendo análisis a través de Internet, vía Skype. Esa desconfianza por el psicoanálisis y por contarle a otra persona tus secretos sigue existiendo todavía en China. Sólo un grupo muy selecto de intelectuales chinos habla de Carl Jung, de Freud. Yo traduje al chino un libro sobre Freud, a mediados de los ’80. Se publicó y no hubo ninguna censura. Pero si querés hablar de las experiencias traumáticas durante la Revolución Cultural, es políticamente incorrecto.

–¿Seda roja fue censurada por incorrecta?

–Sí. Ha sido traducida al chino, pero algunos párrafos han desaparecido en la traducción, sobre todo las menciones a los problemas de la Revolución Cultural. Todos mis libros se tradujeron al chino, pero desapareció la ciudad de Shanghai. Me la cambiaron; la reemplazaron por la letra hache. Mi editor en chino me dijo que la razón por la cual pueden publicar mis libros es porque los venden como los de un escritor extranjero. Si yo fuera un escritor chino que vive en China, no me publicarían.

–¿Por qué Confucio es citado frecuentemente? ¿Acaso porque fue descartado durante la Revolución Cultural?

–El confucionismo era la ideología funcional para la sociedad china. Muchos dicen que no es una filosofía sino un sistema ético que establece básicamente lo que uno debería hacer y lo que no debería hacer. Si uno quiere hablar de China, no puede dejar de estudiar a Confucio. Durante el período de Mao, el confucionismo fue dejado de lado. En los últimos años se ha restablecido, pero por razones políticas completamente distintas. Durante muchos años, los chinos tuvieron el confucionismo. Luego vino el maoísmo o el marxismo, como quieras llamarlo, que también te decía lo que tenías que hacer o no hacer. Pero después de la Revolución Cultural, después de la muerte de Mao, se quedaron sin un referente. Y esto ha generado que el dinero, los intereses personales, la corrupción, sean las nuevas motivaciones. Había un vacío cultural y se necesitaba un sistema ético; pero sabían que no podían volver a traer al maoísmo porque el fracaso de la Revolución Cultural fue enorme. Entonces han restituido a Confucio para tener un sistema ético. Por un lado es interesante, aunque tengo sentimientos encontrados y no me convence este rescate.

–¿Por qué?

–Si querés estudiar el confucionismo como filosofía, no hay ningún problema. Pero la cuestión es que el confucionismo tiene un orden jerárquico en el que siempre hay que obedecer al emperador. Ese es el deber del ciudadano: obedecer al emperador a cualquier precio. Ahora entiendo por qué el gobierno actual chino rescata el confucionismo: porque le conviene. Ante cualquier queja, se dice: “Escuchen lo que dice Confucio”.

–¿Cómo explica que en sus novelas haya cierta nostalgia, en algunos personajes, por la Revolución Cultural?

–La sociedad china actual está llena de contradicciones. Siempre depende de qué grupo hables. La economía china ha mejorado en gran medida. Mucha gente está disfrutando de todos los beneficios de las reformas: tienen dinero y están muy cómodos. Aquí me encontré con un joven de China que se tomó una licencia de tres meses para viajar por el mundo por su cuenta. Y esto es algo que era imposible de imaginar veinte años atrás. ¡Ni siquiera se podía conseguir el pasaporte! Pero, por otro lado, la brecha entre los ricos y los pobres se ha ampliado muchísimo, y los más grandes sienten que los han dejado afuera de ese crecimiento. Esas personas se vuelven nostálgicas. Y algunos políticos están usando esos sentimientos para complicar las cosas aún más. En estos momentos, en China nadie habla de la Revolución Cultural. El gobierno tiene un slogan: “Mira hacia adelante, no hacia atrás”. Quiere que uno se olvide del tema. Como de eso no se habla, para ciertas personas la Revolución Cultural es un mito. Como no se discute, la gente mitifica.

–¿Cómo se resuelve, si se resuelve, la tensión entre su lengua literaria y su lengua materna?

–Cuando empecé a escribir novelas, en los años ’90, no tenía otra opción que hacerlo en inglés. En Estados Unidos me entrevistaron acerca de la masacre en Tiananmen y me metí en muchos problemas. Todo lo que escribía en chino estaba prohibido. No tuve otra alternativa. Después de unos años, me di cuenta de que tiene ventajas escribir en otro idioma. El chino siempre está en mi mente, incluso a veces puede ayudar. Para un escritor es muy importante encontrar una manera nueva y original de expresarse. A veces utilizo giros de la lengua china en inglés, que en chino serían un cliché, nada nuevo ni sorprendente. A propósito experimento un poco con volver medio china la manera de escribir en inglés.

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“Todos mis libros se tradujeron al chino, pero desapareció la ciudad de Shanghai; la reemplazaron por la letra hache”, cuenta Xiaolong.
 
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