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Lunes, 29 de diciembre de 2014

LITERATURA › GUSTAVO FERREYRA Y LA FAMILIA, SU NOVELA MáS AMBICIOSA

“Un ensayo nietzscheano escrito desde un hombre inferior”

La figura del filósofo alemán atraviesa las 570 páginas de esta magnífica historia, en la que el escritor y sociólogo recorre las peripecias de una familia, los Correa Funes, desde 1906 hasta 2106. La novela, reconoce Ferreyra, tiene componentes autobiográficos.

 Por Silvina Friera

“La rabia del filósofo maldito estalla en la garganta como una catarata sin pausa. Sergio Correa Funes, un hombre que ha visto morir a sus dos hijas y ha matado a otro hijo, es un personaje provocador en el más intenso sentido de la palabra. Hinca el diente en la entraña de una forma de organización social sacralizada y la muerde sin asco ni piedad hasta lograr triturarla. “Estoy harto de la unanimidad de la familia –proclama Correa Funes–. Estoy harto de que todos la den por sentado, de que todos la tengan por naturalmente buena. Cuando las pruebas en contrario son abrumadoras. Del seno de la familia surge y surge porquería a granel. La mierdilla va pasando de generación en generación (...) ¡La humanidad no avanza un ápice y la familia tiene tanto que ver con esto! (...) ¡Prácticamente nadie la señala! Todos miran para otro lado y la dan por impoluta. ¡Son hijos y muchas veces también son padres y ya están comprados! La familia los tiene de su lado como buenos servidores. Todos son servidores de la familia. No ven lo que es evidente. ¡Los mejores intelectuales silban bajito y acarician la cabeza de sus hijos! Es denigrante. Se entregan a la familia sin ningún decoro. Creen que son libres y de antemano están esclavizados por los lazos de sangre. Son hijitos o papacitos. Mientras la humanidad se debate en la mierda hace milenios.” En las magníficas 570 páginas de La familia (Alfaguara), de Gustavo Ferreyra, emerge el discurrir desbocado de un pensamiento que deviene referencia ineludible del movimiento contra la Vida.

El escritor y sociólogo, un virtuoso apabullante de la literatura argentina de bajo perfil, recorre las peripecias familiares de los Correa Funes desde 1906 hasta 2106, un trayecto hecho a los saltos, sin respetar un orden cronológico, narrando fragmentariamente una totalidad que avanza de manera incontenible, como si el flujo narrativo estuviera intentando romper el marco de la página. “En algún momento la propia historia familiar te abruma un poco y te va convocando”, dice Ferreyra a Página/12. “Puede ser que la familia sea lo más intocado, donde había que meter el dedo. Gustavo Correa Funes, el padre de Sergio, tiene muchas cosas de mi padre; es el personaje más ligado a la realidad. Mi viejo tuvo un poco esa vida, fue un estanciero que perdió la estancia, tengo referencias de mi abuelo como un tipo con pretensiones de originalidad; esta locura viene por la rama paterna. Mi padre fue a la Segunda Guerra como voluntario.”

–Lo interesante es que esa rama paterna es la de la familia venida a menos que va perdiendo cada vez más dinero. ¿Qué consecuencias tiene esta pérdida?

–Cuando nace Sergio Correa Funes la fortuna familiar quedó dilapidada. Nace en esa situación de mandato de revancha, porque a pesar de todo viven en un departamentito sobre Avenida del Libertador, o sea que nunca dejan de querer mantener algo de la apariencia, aunque sea una planta baja chica y alquilada.

–¿La revancha es que Sergio Correa Funes deviene poster, una especie de Che Guevara nietzscheano del siglo XXI?

–Sí, creo que es lo que él en algún momento visualiza al comienzo de la novela, esa posibilidad de ser alguien en algún sentido teológico, político, y está en esa disyuntiva de recuperar la familia o destruirla y hacer otra. En principio va a hacer otra. Los neoyorquinos lo reducen y queda la historia de él que uno va leyendo de manera muy cercana porque es un discurso en primera persona; pero para los otros es simplemente una cara en un poster.

Ferreyra cuenta que lo primero que escribió de La familia fue el ensayo final, titulado “Vida y Sujeto”. “Después escribí toda la novela de la forma en que está, con esos fragmentos que pegan saltos cronológicos y con las voces de los personajes, algo que ya había hecho en El director, venía con ese trabajo de cierta fragmentación, de piezas de rompecabezas que finalmente se arman. Yo no renuncio a la idea de totalidad en mis novelas.”

–Es curioso que el final sea lo primero que escribió. ¿Le pasó con otras novelas?

–No, pero en este caso fue posible porque es un ensayo del personaje. Creo que lo escribí para no olvidar las ideas. Quizá cuando empecé a hacer el plan de la novela, no sé si lo tenía pensado como algo a priori. Me parece que me di cuenta de que iba a perder buena parte de esas ideas que estaban bullendo en ese momento y que me iban saliendo.

–¿Ese ensayo tiene algo nietzscheano, Sergio Correa Funes podría ser una suerte de Nietzsche del siglo XXI?

–Y, sí, hay bastante, ¿no? En realidad es un ensayo nietzscheano escrito desde un hombre inferior, desde un débil, desde alguien que quiere ser amado, más que desde el hombre superior; es un nietzscheanismo al revés, pero hay mucho de Nietzsche y de la filosofía del siglo XVIII y XIX en Sergio Correa Funes, que también me parece que era posible en un estudiante de filosofía de fines de los años ’70. Yo creo que la figura es Nietzsche.

–Daría la impresión de que como escritor le interesa más la filosofía que la sociología, ¿no?

–Mis lecturas se fueron yendo hacia la filosofía. Cuando estudié sociología, en parte me gustaba filosofía. Creo que no seguí filosofía por una cuestión de que iba a ser el colmo de lo inútil. Yo venía de una familia donde había que ganar dinero, hice el industrial, así que iba por el lado de la ingeniería. La crisis de fin de la adolescencia de dejar de lado lo práctico, la ingeniería, y seguir sociología y dedicarme a escribir, fue difícil, un cambio importante. Estudiar filosofía ya hubiera sido el acabose (risas).

–¿Por qué la política aparece como en sordina en La familia?

–Toda la novela se plantea en términos nietzscheanos, la cuestión es entre Vida y Sujeto y esa es la gran dicotomía. En esa mirada tan macro, lo que sería la cuestión política más inmediata pasa a ser algo demasiado pequeño. En última instancia la historia de la humanidad es la división entre Vida y Sujeto y nada más. Y ahí las luchas políticas están asordinadas. La política está siempre presente, incluso es decisiva en la vida de Gustavo, que está bastante vinculada a hechos históricos y políticos, su ida a la guerra, pero no es un tipo ideologizado, no lo hace en función de cuestiones concretas. Su vida es muy tumultuosa como para que él tuviera definiciones políticas e ideológicas claras. Va a la guerra, pero tampoco están muy claras las razones; hay una serie de razones familiares y personales que pesan mucho más, ¿no? Uno podría decir que termina del lado de los “buenos”, de los aliados, que va a pelear contra el nazismo. Pero después termina en la asonada de (Benjamín) Menéndez contra Perón, o sea que podría estar en el bando “malo”. No actúa con claridad ideológica. Mi viejo fue un tipo muy aventurero, pero sus ideas políticas eran muy simples. Era un tipo politizado de manera tan confusa que se podían mezclar cosas totalmente contradictorias.

–Hay mucha carne propia en el asador, nunca fue tan autobiográfico, al menos desde lo familiar, ¿no?

–Sí. Me acuerdo de que cuando estaba escribiendo la novela, le mandé un mail a Flavia Costa y le dije: “Voy a poner toda la carne en el asador”. Ella me dijo: “¿Más todavía?” (risas). Yo pensaba esta novela como una suerte de pináculo de un período de mi literatura. Desde joven creía que tendría un primer período y un segundo período en mi literatura, uno quizá más convencional entre comillas, donde podía llegar a manejar más la narrativa y el lenguaje. Y después algo más experimental. En realidad no fue así, no ha nacido otro período, pero en algún momento pensé que había que cerrar un período y había que hacer algo que sintetizara eso, pero uno no sabe si va a poder escribir una novela de esta envergadura, con esta ambición, con tantos personajes, con casi 600 páginas. No sé si voy a poder escribir otra La familia. Para mí fue un pináculo de esfuerzo personal, de algo que uno no está muy seguro que pueda escribir hasta por cuestiones emotivas: hay que bancarse un libro así, donde pongo cosas personales.

–Hay algo del orden de lo mesiánico que aparece en sus novelas. El personaje de Piquito de oro no podría ser comparado con Sergio Correa Funes, pero los une cierto mesianismo...

–Es cierto. Desde que terminé La familia en 2009, y cerré este ciclo aparente, pensé en no escribir por varios años; aprender francés, estudiar inglés, para después empezar ese otro ciclo. Pero no me salió. Entonces de repente me apareció de vuelta la voz de Piquito de oro, que fue publicada en 2010. Me enganché de nuevo y escribí tres novelas más sobre Piquito. La segunda se llama Piquito a secas, Que lo que sea continúe, y la que estoy terminando ahora Sin espalda. Y ahí termina Piquito. El mesianismo es absoluto. Está bien lo que fuiste leyendo; en Piquito ese mesianismo está descontrolado.

–¿Qué encuentra en el mesianismo, qué le interesa?

–El mesianismo impregna nuestras vidas mucho más de lo que creemos. No hay política sin un líder, algo de rasgos mesiánicos tiene que haber. No me parece que esos elementos irracionales tengan que ser menospreciados ni mucho menos. No pongo a lo mesiánico en un lugar de negatividad. Al revés, el mesianismo es hacedor. En ese sentido Nietzsche lo veía, el héroe en la historia tuvo un rol: hacernos creer en la vida y en nosotros; entonces no hay que renunciar a ese mesianismo que nos ha impulsado y nos he hecho creer en la vida. Por eso también lo planteo a nivel de subjetividad porque mis personajes tienen una cuestión narcisista y entre el narcisismo y el mesianismo hay una mélange que está en la cabeza. Lo que pasa es que ese narcisismo en mis novelas quedaba más bien en la subjetividad y era como una especie de bombardeo interno de fuerzas que se dirimían siempre en el interior de la subjetividad, como ejércitos o guerrillas mentales que se iban combatiendo, y en general, las fuerzas mesiánicas quedaban a veces aplastadas. Pero no faltaba mucho para que en algún momento triunfasen. En La familia se desborda y ya con Piquito de oro esas fuerzas se desbocan y triunfan arrasadoramente. Es un tránsito que me arranca de ciertas coordenadas donde se lee toda la realidad y la política, y me dio la posibilidad de originalidad, que no podía planteármela sino a partir de romper el chaleco sobre cómo entender las cosas desde una formación marxista. Yo tengo una formación marxista, pero en última instancia me di cuenta de que el marxismo recortaba un pedazo de realidad estrecho y que más allá había mucho más. Con el mesianismo amplié esa frontera, sin renunciar al marxismo en alguna instancia. De hecho la última novela de Piquito, Sin espalda, empieza diciendo: “Me arrepiento de todo, vuelvo a ser marxista-leninista” (risas).

–Hay algo con el lenguaje que hace que un lector reconozca el estilo Ferreyra, un estilo un tanto “barroco”, ¿no?

–Soy consciente y a su vez quisiera no hacerlo y lo hago. Quisiera no escribir de esa forma, pero no sé por qué se me impuso ese estilo y cuando escribo es mi forma de estar en la literatura. Hay un estilo que nació con El amparo y después fue imposible escribir en otros términos. Hay una especie de pretensión de un universo literario que para mí sería un antimundo en oposición a lo existente. Frente al mundo más prosaico, ese antimundo tiene una prosa propia. Pero estoy especulando, improvisando una respuesta (risas). En general no tengo demasiada autoconciencia como escritor. Hay escritores que son más conscientes y hacedores del efecto y lo que están construyendo, que sería como un escritor orfebre, un tipo que sabe lo que está haciendo; y escritores que son más como arañas, pulsan algo con lo que construyen una tela que tiene un efecto, hay algo que se construye pero que no son capaces de verlo mientras lo hacen. Entonces no son autoconcientes del efecto. Yo me identifico con los escritores arañas. No puedo hacer más de lo que hago: estar ahí escribiendo. No tengo esa distancia o esa autoconciencia del estilo. Es la inmediatez de la literatura cuando agarro el cuaderno y la birome.

–Siempre escribe primero en sus cuadernos, a mano. ¿Teme que si escribiera directamente en la computadora podría cambiar su estilo?

–No sé si temer... lo veo como una cosa tan alejada de mi práctica cotidiana hacerlo directamente en computadora que no me planteo esa posibilidad. Aparte soy muy cómodo, escribo tirado en un sofacito con la birome y el cuaderno. La computadora no llega a esas comodidades del cuaderno. No hay teclado, no hay nada que pueda acomodarse al hecho de estar tirado. No renunciaría a esa comodidad casi absoluta que es para mí escribir en un cuaderno. Después paso todo a computadora y corrijo ahí, pero la computadora es una concesión al mundo de la publicación (risas).

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“En algún momento la propia historia familiar te abruma un poco y te va convocando”, dice Ferreyra.
Imagen: Daniel Dabove
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