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Sábado, 28 de marzo de 2015

LITERATURA › MURIO EL POETA SUECO TOMAS TRANSTRÖMER, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2011

Entre el ensueño y la cruda realidad

El autor de El cielo a medio hacer y El gran enigma concibió una obra que penduló entre el modernismo, el expresionismo y el surrealismo. Era un cultor del “sonido de las palabras”.

 Por Silvina Friera

“El camino nunca tiene fin. / El horizonte se apura hacia adelante.” Son los versos del poeta “corneado por el silencio” de una hemiplejia que paralizó la mitad de su cuerpo y lo dejó en el umbral del balbuceo, con tantas palabras en la punta de la lengua que perseguirían la necesidad de inscribirse en poemas, esas versátiles “oraciones laicas” que supo componer y que murmuran, sin estridencias, una música que celebra la belleza del mundo. O, para repetir literalmente, “los palpitantes puños de la eternidad cautiva”, ahora que lo leído regresa como fragmentos que conjuran la inexorable despedida. “Un poema no es otra cosa que un sueño que yo realizo en la vigilia. Tengo una relación de mucho amor con el sueño. Me voy a la cama como si fuese a una fiesta. El despertar es casi siempre una desilusión”, decía el sueco Tomas Tranströmer en una de las últimas entrevistas que le hicieron en España –en la que respondió por escrito, su modo de comunicarse plenamente con el mundo–, cuando ganó en 2011 el Premio Nobel de Literatura. El autor de El cielo a medio hacer y El gran enigma murió el jueves a los 83 años.

“¡El sonido de las palabras me proporciona una inmensa alegría!”, confesaba el poeta que nació el 15 de abril de 1931 en Estocolmo. Diplomado en Psicología en 1956, el itinerario poético de Tranströmer –hijo de una maestra de escuela y un periodista– arrancó en 1954, cuando, después de publicar poemas en diferentes revistas, editó su primer libro, 17 poemas –considerado uno de los más importantes de los años ’50–, donde ya asomaba su creciente interés por la naturaleza y la música. “A menudo me preguntan qué significa para mí la música. Hoy podría responder que la música significa si no todo, una inmensidad de cosas. No tengo oído absoluto y tampoco una buena memoria musical, pero la música me mueve de una manera muy intensa –explicaba el poeta–. En mi temprana adolescencia, yo creía que la música sería mi profesión. Mi camino hacia la música fue entonces el piano. Comencé a tocar en serio a los 16 años y el pasaje por mi primera crisis vital lo hice martilleando el piano. Más tarde, en la adolescencia, la escritura de poemas fue lo dominante, pero la música ha sido siempre mi refugio durante toda mi vida.”

Tranströmer trabajó como psicólogo en centros penitenciarios y hospitales. Entre 1960 y 1966 se desempeñó en la prisión juvenil de Roxtuna, en las afueras de Linköping, al sur de Suecia. Y fue publicando poco a poco más poemarios: Secretos en el camino (1958), El cielo a medio hacer (1962), Tañidos y Huellas (1966) y Bálticos (1974), que recoge fragmentos de una historia familiar en Runmarö, una isla del archipiélago de Estocolmo donde el poeta pasó muchos veranos de su infancia. En este poemario escribió unos versos que cifrarían su destino. Y que –al releerlos una y otra vez– estremecen: “Entonces llega el derrame cerebral: parálisis en el lado derecho / con afasia, sólo comprende frases cortas, dice palabras inadecuadas”. Los recuerdos de su infancia y juventud están desplegados en su autobiografía, Visión de la memoria (1993), traducida al castellano en 2009. El gran enigma (2004) es una antología de 45 haikus, poema breve de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas. “Vidas mal escritas: / la belleza persiste / como un tatuaje”, es uno de los haikus de la factoría Tranströmer, cuya obra pendula entre el modernismo, el expresionismo y el surrealismo.

Uno de los tópicos medulares en su poética es el diálogo con lo que se desconoce. El enigma de ser y de estar en el mundo es revelado “a través de la palabra del que lo contempla y al contemplarlo se debate, como los sobresaltos del lector, entre el ensueño y la cruda realidad”, planteó un crítico español. “Siendo joven, reconocí que no podía mantenerme ni alimentar a una familia con la escritura de poesía; de modo que elegí una profesión que no perturbase la escritura, sino que le agregase experiencia. Por esto elegí la profesión de psicólogo, de lo cual nunca me he arrepentido”, subrayó el poeta. Como casi todos los poetas de su generación, el Premio Nobel de Literatura huía de la retórica alambicada. Prefería un lenguaje sencillo que alentaba una mayor libertad de acción. La naturaleza es el paisaje de fondo de una obra que coquetea con las distancias. La multiplicidad de espejos a través de los cuales es contemplada y calibrada la realidad le ha permitido arriesgar al escritor y crítico Lars Gustafsson que la poesía de Tranströmer usa “las leyes de un camaleón a la inversa”. La Academia Sueca lo reconoció con el Nobel de Literatura porque “a través de sus imágenes condensadas y translúcidas, aporta un fresco acceso a la realidad”.

Su obra completa fue publicada en España por el sello Nórdica: El cielo a medio hacer (2009) y Deshielo a mediodía (2011), que recoge lo que había quedado afuera del primer volumen en una edición bilingüe, traducida por el poeta y crítico uruguayo Roberto Mascaró. Hiperión editó la antología Para vivos y muertos, también traducida por Mascaró. “¿Se atrevería a hacer un balance de su vida?”, le preguntaron el año del Premio Nobel. “¿Hacer un balance? Bueno, entonces necesitaría un contable... Para mí la vida ha sido siempre un misterio, y lo sigue siendo”, respondió entonces. A la sombra de la precisión máxima del lenguaje poético, los poemas de Tranströmer son como relámpagos que dejan “ver” su pensamiento: “Mi ropa irradia / un resplandor azul. / Solsticio de invierno. / Tintineantes panderetas de hielo. / Cierro los ojos. / Hay un mundo sordo, hay una grieta / por la que los muertos / traspasan la frontera”.

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Tranströmer tenía 83 años y padecía una hemiplejia.
 
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