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Domingo, 7 de junio de 2015

LITERATURA › ELENA PONIATOWSKA EN EL PROGRAMA HISTORIA DEBIDAS. LATINOAMERICA, POR CANAL ENCUENTRO

El cuerpo y la palabra para el debate

La entrevista de Ana Cacopardo a la autora de La noche de Tlatelolco será la primera entrega de la tercera temporada. Allí la escritora recorre su trayectoria, su relación con el periodismo y, por supuesto, la vida política y cultural de México.

 Por Silvina Friera

El reportaje de Cacopardo a Poniatowska se estrenará mañana, a las 21.

Como destellos en las pupilas, la güerita –de piel blanca y rubia– descubre pilas de naranjas en las esquinas de las calles. En París, la ciudad donde nació, nunca había visto tantas naranjas juntas. Acaba de cumplir diez años en un nuevo país con una lengua que desconoce. “Aprendí el español en la calle, con los gritos de los pregoneros y con unas rondas que siempre se referían a la muerte. “Naranja dulce, limón celeste,/ dile a María/ que no se acueste./ María, María/ ya se acostó,/ vino la muerte/y se la llevó”, recordará Elena Poniatowska muchos años después al recibir el Premio Cervantes. Pero la güerita es aún una niña francesa de apellido polaco. En 1942 no sabe que México será su lugar en el mundo. La filósofa francesa Simone Weil ya había escrito algo que esa niña, en un futuro lejano –en otro siglo, aunque suene extraño– pronunciaría en un memorable discurso: “Echar raíces es quizá la necesidad más apremiante del alma humana”. La entrevista de Ana Cacopardo a la autora de La noche de Tlatelolco emociona de principio a fin, en la primera entrega de la tercera temporada de Historia debidas. Latinoamérica, que se estrenará mañana, a las 21, por Canal Encuentro. “¿Usted siente que hay escucha social para los testimonios de las madres de los migrantes desaparecidos, para las madres de las mujeres asesinadas en Juárez o siente que la sociedad mexicana prefiere mirar para otro lado?”, pregunta Cacopardo. “Aquí no sucede nada, es una impunidad total. Si eres un político encumbrado puedes decir que mataste a tu mamá y te la comiste en mole negro y a nadie le importa nada. Incluso puede que te feliciten y te pregunten a qué sabía tu mamá”, responde la escritora.

“El poder financiero manda, no sólo en México, sino en el mundo. Los que lo resisten, montados en Rocinante y seguidos por Sancho Panza, son cada vez menos. Me enorgullece caminar al lado de los ilusos, los destartalados, los candorosos”, subrayó Poniatowska cuando recibió el Cervantes, vestida con un atuendo muy especial. La escritora le cuenta a Cacopardo la historia de ese vestido rojo muy chillón, bordado de amarillo. “Yo no me había dado cuenta de que eran los colores de España. Pero en verdad es un vestido que me regalaron las mujeres indígenas de Oaxaca y me dijeron te lo pones cuando te den un premio. Así lo hice.” Pero también confesará que la criticaron mucho por estar vestida frente a los reyes de España con el regalo que le hicieron las mujeres de Oaxaca. “Yo sentía tal responsabilidad con ellas, con ese regalo tan inmerecido, que siempre lo he usado. Les voy a decir a mis hijos que cuando me muera también me pongan ese vestido porque ya nadie se lo va a querer poner.”

La voz de Poniatowska se rebela contra los poderosos desde la impertinencia de las convicciones; es una mujer que se empeña en poner el cuerpo y su palabra en la escena de los debates de su país. Se pronunció a favor del aborto, de los zapatistas y del dos veces candidato a la presidencia por la izquierda, Andrés Manuel López Obrador; acompaña las movilizaciones y la lucha de los familiares de los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa. La palabra de Elena se clava en la yugular de verdades que son escamoteadas. Cacopardo quiere saber cómo fue que en un set de Televisa se atrevió a afirmar que ese multimedio era un poder oprobioso para México. “Ahora es la edad, ¿no? El pelo blanco, todo eso ayuda. Ser chaparrita, ser chiquita, te ayuda. Pero yo se los digo con una gran sonrisa, eso lo he hecho siempre. Es parte de mi naturaleza. A mí nunca me ha gustado entrevistar políticos porque tienen un disco que dice siempre lo mismo. Pero así como les decía a los políticos: ‘oiga, ¿por qué usted es tan ladrón?’, también ahora digo una serie de cosas que creo que les cae en el hígado a las gentes. Televisa en México es tan poderosa que puede imponer a un presidente de la República.”

En su casa de Coyoacán, la escritora está rodeada de una atmósfera familiar: muchas fotografías de su guapísimo padre –que luchó contra la invasión nazi en la Segunda Guerra Mundial–, de su madre Paula, de ella misma en distintos momentos de su vida. Hay fotos con Gabriel García Márquez, con David Alfaro Siqueiros –cuando lo visitó en la cárcel– y una –acaso la más conmovedora– de un niño de la calle. “Está viendo cómo se casan unos ricos y la mirada es muy terrible. Siempre lo veo, siempre me ha acompañado”, revela la escritora. No podía faltar en la secuencia iconográfica de afectos una imagen de Josefina Borquez, soldadera de la Revolución Mexicana, a quien Poniatowska le puso Jesusa Palancares, la protagonista de la novela Hasta no verte Jesús mío. Como si vibraran en una misma sintonía, emerge la voz de la actriz Cristina Banegas, que lee fragmentos de esta obra y de La noche de Tlatelolco. “Se podría decir que la novela Hasta no verte Jesús mío es una larguísima entrevista a Jesusa Palancares que me cuenta su vida. A lo largo del tiempo se puede decir que siempre pregunto, porque estoy llena de preguntas que nunca han tenido una respuesta. Yo soy una maquinita de hacer preguntas.”

A Elena le gusta caminar por las calles de México con la oreja registrando las voces de los que casi nunca son escuchados. “Yo todavía camino, me hace mucho bien, camino con mi perro Shadow, vamos a la mañana y nos hacemos de muchas amistades, incluso somos amigos de un señor que escoge el parque como dormitorio”, confiesa la narradora que suele definirse como periodista antes que escritora. Gracias al periodismo aprendió a conocer México y el mundo de los de abajo. “Ese mundo era tan distinto al mío que me dio muchísima curiosidad, me dio muchas sorpresas. Creo que me abrió las puertas de la percepción. Así como las drogas les abren unos viajes sensacionales a quienes las toman, ésa fue mi droga, era gente muy distinta. Sin el periodismo no me hubiera acercado a ese mundo.” No es frecuente animarse a meter el dedo en llagas de la propia conciencia. Pero Cacopardo pregunta y pregunta y va construyendo un clima especial que potencia la intimidad. “Quien puso el problema indígena en el tapete de las discusiones fue el Subcomandante Marcos en 1994. Teníamos tendencia a decir que los españoles nos habían hecho pinoles, nos habían reducido a la nada y a llorar sobre eso. Pero ahora hay otra actitud de salir adelante como cohete, salir y estallar. Estallar pero en luces de bengala, estallar en una cultura basada en lo que es el indigenismo. Claro que tampoco creo que tengamos que caer en la idealización de pensar son ‘buenos’ sólo porque son indígenas, porque yo tengo mucha tendencia a ser simplista también.”

Aunque siempre le interesaron las historias de mujeres que cuestionaron los paradigmas de su época, mujeres revolucionarias o vanguardistas, artistas como Leonora Carrington, Frida Kahlo y Tina Modotti, o personajes anónimos como la entrañable Josefina Borquez, la escritora mexicana no cree que haya roto muchos moldes. “Yo siento que lo que hice y lo que todavía hago es trabajar un poco como una enajenada, como una ardilla que se está comiendo una nuez, duro, duro, dale y dale. Un poco tontamente, un poco obsesivamente. Siento que lo que me puede salvar es escribir a máquina –explica Poniatowska–. La máquina de escribir acaba siendo tu psicoanálisis, tu razón de vida, tu respeto por ti misma. Es como el pozo casi sin fondo en el que te avientas.”

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