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Jueves, 7 de diciembre de 2006

LITERATURA › ENTREVISTA A FEDERICO ANDAHAZI, RECIENTE GANADOR DEL PREMIO PLANETA POR “EL CONQUISTADOR”

“Siempre me gustaron los personajes inciertos”

Se presentó al concurso con un seudónimo (“como en mis tiempos de autor inédito”) y ganó. Andahazi habla del reconocimiento de sus colegas y establece una conexión entre el protagonista de la novela ganadora, Quetza, y una difícil situación personal que debió sobrellevar: “Por momentos sentía que estaba intentando escribir la historia de mi hijo”, señala.

 Por Silvina Friera

A pesar de que se siente reivindicado (ver aparte), después de haber ganado el Premio Planeta de Novela con El conquistador –“por su originalidad argumental, el oficio narrativo y el conocimiento de las culturas americana y europea del siglo XIV”, según el fallo unánime del jurado–, no fue un año fácil para Federico Andahazi. En mayo, mientras terminaba de escribir esta novela, nació su hijo Blas, con apenas 25 semanas de gestación. “Luchó mucho para sobrevivir, pero lo que más me impresionó fue que Blas tuvo la misma enfermedad que el personaje, y por momentos sentía que estaba intentando escribir la historia de mi hijo”, dice Andahazi en la entrevista con Página/12. El personaje es Quetza, un chico que en el antiguo México, en el imperio azteca, está a punto de ser condenado a morir como ofrenda al dios de la guerra. Pero Tepec, un anciano tolteca –perteneciente al Consejo de Sabios– que repudia la cultura de los sacrificios, lo salva con la condición de hacerse cargo de la crianza del niño, al que todos consideran un desahuciado.

Quetza se convirtió en un héroe, en un adelantado que estableció con exactitud el ciclo de rotación de la Tierra en torno del Sol y trazó las más precisas cartas celestes antes que Copérnico. También, antes que Leonardo Da Vinci, imaginó artefactos que resultaban absurdos e irrealizables para la época y, anticipándose a Colón, supo que la Tierra era una esfera y que, navegando por Oriente, podía llegarse a Occidente y viceversa. Comprobó que el Nuevo Mundo era una tierra arrasada por las guerras, el oscurantismo, las matanzas y las luchas por la supremacía entre las diferentes culturas que lo habitaban. Retornó a su patria después de haber dado la vuelta completa a la Tierra, mucho antes de que Magallanes pudiese imaginar semejante hazaña. Pero fue silenciado, tomado por loco y condenado al destierro.

“La pintura, mi vocación frustrada, siempre es para mí fuente de inspiración literaria”, confiesa Andahazi. “En México vi un mural de Rivera con una barca, navegando por el aire, hacia el este, con el sol invertido. Y en esa visión encontré un relato: un azteca navegando en sentido contrario y viendo el mundo al revés.” A partir del impacto que le generó el mural, el escritor empezó a investigar la historia de los aztecas para saber cuánto había de cierto en lo que trasmitía Rivera. “Y me encontré con la mitología, que nunca se sabe cuánto tiene o no de historia, pero que establece que en México habría existido una suerte de adelantado.”

–¿Cuál es el atractivo que tiene para usted un personaje como Quetza?

–Me gustan esos personajes inciertos, que no se sabe muy bien si existieron o no. Lo mismo me pasó con Mateo Colón en El anatomista; realmente me parecía increíble que el clítoris tuviera un descubridor, y que además se llamara Colón. En el caso de Las piadosas, el doctor Polidori, que fue el secretario de Byron, vivió a la sombra del poeta. Siempre me gustó resucitar este tipo de personajes, darles vida y convertirlos en personajes literarios.

–¿Qué aspectos tomó del mito? ¿Quetza fue un chico que se salvó de ser sacrificado y que fue criado como cuenta en El conquistador?

–Nunca me gusta confesar del todo cuánto hay de cierto y cuánto hay de ficción. Como lector, prefiero dejarme engañar gratamente por un autor, porque nunca se sabe bien dónde empieza la historia y dónde la ficción. Mientras escribía la novela, todo el tiempo intenté mirar el mundo con otros ojos. Lo más difícil fue ser fiel a ese sol invertido del mural de Rivera e intentar pensar de otra forma. Aprender a mirar más allá de la superficie, pero también aprender algo de la superficie. Esto nos enseñó Poe en La carta robada; él nos dice que para poder ver en la profundidad, para poder encontrar esa carta robada, hay que saber mirar en la superficie, esa carta que no se ve justamente por estar a la vista de todos. Tuve que hacer un descentramiento casi copernicano para ver el mundo de otra forma. Ver lo que uno está acostumbrado a ver con otros ojos nos confronta a lo siniestro, que es lo que nos resulta familiar, pero de repente se convierte en algo diferente.

–¿Cómo explicaría el rol que cumple un personaje como Machana, un armador de canoas que nunca navegó, que lo hace sólo con la imaginación?

–Tangencialmente, Machana encarna la figura del escritor, que es ese tipo al que le encantaría vivir la vida de sus personajes y al que, a falta de posibilidades concretas y reales de convertirse en sus personajes, no le queda más remedio que escribirlos y vivir vidas ajenas. Este viejo que fabrica barcos, pero nunca navegó, en parte es análogo a los personajes que inventamos los escritores, que no nos pertenecen, que se nos revelan, y por otra parte viven esas vidas que quisiéramos vivir nosotros. Mis novelas son poco autobiográficas porque tengo una vida bastante aburrida y poco importante. Esta novela la escribí en los bares del Hospital Italiano, acompañando la recuperación de mi hijo, y por momentos sentía que estaba intentando escribir la historia de la lucha de mi hijo. Hay determinados capítulos en donde Quetza tiene que pelear para sobrevivir. Y yo me ocupo de que luche con suma belleza y dignidad, como lo hizo mi hijo.

–¿Qué significa para usted el misterio, tan presente por otra parte en la historia que se narra en El conquistador?

–La literatura es consustancial con el misterio. No creo en esa literatura que viene a explicarnos o a imponernos un supuesto orden donde no lo hay. La literatura viene a ahondar en estos misterios, viene a crear más interrogantes y a no dar ninguna certeza. La arcilla de la que se nutre la literatura es el misterio. Para los aztecas la existencia es un misterio irresoluble, y lo interesante es que no hay una explicación, a diferencia de la cultura judeo-cristiana, que busca permanente explicar el misterio. Está claro que los aztecas conviven con esa angustia, y en la poesía azteca se ve todo el tiempo que sólo se vive en la Tierra, que no hay un más allá. Lamentablemente quedó muy poca literatura de esa época, porque los españoles se encargaron de no dejar absolutamente nada. Los españoles, si tenían algún mérito entre comillas en sus planes de conquista, era que extirparon la memoria de los pueblos y les destruyeron su patrimonio literario, que era vastísimo.

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“Tengo el privilegio de ser uno de los autores más reconocidos por sus pares”, dice Andahazi.
 
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