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Lunes, 26 de marzo de 2007

LITERATURA › DAVID WAPNER

El dulce encanto de la provocación

Poeta, dramaturgo, músico, titiritero, acaba de publicar un libro, Una novela de mil páginas, en el que la parodia se constituye como un artefacto ficcional.

 Por Silvina Friera

“Ana, nuestro memorable perro Chiflón y yo, emigramos por razones económicas”, cuenta el escritor, dramaturgo, músico y titiritero David Wapner, desde Israel, a Página/12. El único trabajo que tenía en la Argentina, cada tanto, consistía en escribir cuentos para la revista Anteojito. “Cada vez que cobraba era para pagar los alquileres acumulados”, recuerda. En 1998 decidió viajar –“sin nuestros gatos de entonces porque no había otra opción”, aclara– a Beer-Sheva, capital del desierto de Neguev, ciudad judeo-marroquí muy extendida y laberíntica, “un Parque Chas en medio del desierto”, con mucho beduino y ruso, aunque también, claro, no podían faltar argentinos. Esa ciudad es la patria de Bagianita y Amirguito, sus gatos actuales, que se mudaron en 2005 con sus dueños a Bat-Yam, un conglomerado de peluquerías, consultorios odontológicos y fruterías a orillas del Mediterráneo, con veredas abarrotadas de botellas de vodka, enteras o rotas. “Aquí están enterrados mis abuelos maternos, aquí murió Chiflón”, enumera Wapner. Y allí, en Bat-Yam, terminó de escribir Una novela de mil páginas (recientemente publicada por Siesta). En el posfacio, el poeta Leónidas Lamborghini escribe que “la época aguardaba que este libro fuera escrito”.

Hay un chiste primigenio en Una novela... que consiste en reírse del mito de las mil páginas, y demostrar que se puede inflar o desinflar una ficción en múltiples fragmentos sucesivos. Wapner construye un artefacto –89 capítulos en 343 páginas– que condensa con una enorme fuerza expresiva tres o cuatro páginas de esta novela cuyo final repite el principio como en el Finnegan’s de Joyce. “Páginas como parodias de páginas en el soporte de una página jugando al juego de las cajas chinas”, define Lamborghini. Anteriormente, Wapner había publicado los libros de poemas Bulu-Bulu, Tragacomedias/Sacrificciones y Violenta Parra, además de numerosos libros para niños, entre ellos El otro Gardel, El águila y La Noche.

–¿Escribió Una novela... para desmitificar el peso de ciertos mitos como la extensión en torno de la novela como género?

–Bueno, no me siento a escribir con la intención precisa de desmitificar nada, o ejercer, en mis ficciones, en forma premeditada, mi opinión sobre el estado de las cosas de la literatura o los fenómenos que giran en torno de ella. Sí, hay un chiste primigenio, y que pongo en la superficie, al alcance de todos, incluidos aquellos que nunca leerán el libro de pe a pa: cualquiera puede entender la estructura a priori, que presento desnuda, y que se enuncia desde el mismo título del libro. Pero con ese chiste al primero que provoqué fue a mí mismo: tardé más de un año en salir de su abrazo. Luego, puedo entender, provoqué a la forma: en esa caja de zapatos voy a escribir un elefante. Ya metido en el baile, estimulé la aparición de todos los relatos posibles, y, dentro de mi limitada capacidad, me preocupé de “capturarlos” en cualquier lugar en que se encontrasen, y “transcribirlos”. Transcribí mil veces, porque ése es el límite que me impuse, pero podría haberme expandido a 10.000, o seguir así hasta que la amnesia me hiciera olvidar de cómo se escribe. En fin, hablo a posteriori, improviso lecturas, ante la evidencia del texto irreversible.

–En uno de los fragmentos de la novela se dice que “se lee para corroborar la existencia de lo escrito; también, para dar satisfacción a un vicio. Y por imitación, por emular a los que leen. Una de las pasiones que impulsan con más fuerza a la lectura es la envidia”. Y en otro: “siento que la lectura me quita tiempo para la escritura, y que la escritura me ocupa el tiempo de la lectura”. ¿Por qué o para qué se escribe?

–Se puede escribir por muchas razones, también por esnobismo. Y hay quien lee para acumular. Quiero aclarar que cuando digo “leer”, no me refiero a esa capacidad que muchos tienen pero pocos ejercen, sino a esa ansiedad que lleva a alguna gente a ejercerla como un alimento esencial. Quien se reconozca dentro de esta definición, sabrá de antemano que la acumulación planetaria de libros es de magnitud tan absurda, que más vale limitar las expectativas y concentrarse en lo mínimo-máximo que se pueda abarcar como si se tratase de un todo. En tanto, el que escribe, quien padece la ansiedad que lleva a escribir, no tiene alternativa sino la convicción de que cada página de su propia escritura sea la masa abstracta de todos los libros. La superposición de ambas ansiedades es la paradoja que citás, y cuya solución consiste en bajar un poco los niveles de ansiedad.

–En el posfacio, Lamborghini se pregunta si hay un límite para la parodia, para el grotesco, la caricatura. ¿Cuál sería su respuesta?

–En Lamborghini, la parodia surge como resultado del fracaso cíclico de todo intento de construir una épica argentina, en la cual no creo, pero que Leónidas persigue. Según este punto de vista, la parodia lamborghiniana tiene asegurado su futuro, de haber continuadores. Y siempre y cuando se parta del presupuesto de que todo Lamborghini es parodia. Hay un límite para la parodia, que es, después de todo, una decisión política. En cambio, la risa es un fenómeno imprevisible, el humor no responde a leyes fijas, y visto de este modo, puede llegar a no tener límite.

–A propósito de Lamborghini, ¿qué tipo de influencia ejerce en lo que escribe y qué otras influencias conscientes operan en su escritura, como por ejemplo Joseph Roth?

–Lamborghini está lo suficientemente cerca como para que me impida tomar distancia crítica de él. Pero te puedo contestar en forma elíptica. La influencia de Leónidas Lamborghini sobre mí es Marechal, que es, junto a Antonio Di Benedetto, el escritor argentino que más me marcó. A los 13 años, cuando me estrené con Antígona Vélez y Las dos caras de Venus, los únicos Lamborghini que conocía eran mis Matchbox Pininfarina y Mihura. Años más tarde me encontré con que en la Argentina había dos Lamborghini que escribían, uno venía de Marechal, el otro de Arlt. De Joseph Roth tengo a su Fuga sin fin, que leí en hebreo, como un libro central; cuando presenta el fantasma de un mundo que ya no existe, pero al cual le otorga una presencia casi táctil, da miedo. Bueno, y en mi coctelera mental pujan por hacerse ver Melville, Conrad, Kafka, Jarry, Vallejo, Lem, Cisneros, Parra, Pablo de Rocka, Philip Dick, Farmer, Joyce, Macedonio...

–¿Cómo incide la distancia en lo que escribe? ¿Qué ocurre entre los idiomas que habla y la/s lengua/s en que escribe?

–Vivimos en Beer-Sheva, capital del desierto del Neguev, hasta el año 2005, en el cual nos mudamos a Bat-Yam, a orillas del Mediterráneo, y aquí estamos hasta ahora. El principal efecto de la distancia en mi literatura es la pérdida del contacto directo con la oralidad de mis contemporáneos argentinos, lo cual no es ni negativo ni positivo. Durante varios años me negué a la posibilidad de escuchar radios argentinas por Internet, luego vino una época en la cual cedí, pero hace tiempo que no oigo más. No me es necesaria la oralidad, no perdida, sino diferida en el tiempo; lo que sí extraño es a los amigos, a mi familia, y al contacto de primera mano con la obra de mis contemporáneos; ni el e-mail, ni la Internet lo pueden reemplazar. Me preguntás por las lenguas: soy bilingüe, pero soy un escritor argentino, mi lengua literaria es el castellano, y en mi casa hablamos sólo castellano. Del hebreo, traduzco. Y hace ruido dentro de mí. Mis vecinos provienen, en su mayoría, de una entidad nacional que ya no existe, la Unión Soviética. Yo hubiera querido decir, en lugar de la frase anterior, “resisim anoshiím shel mediná sheitmotet”: mi mente habla una lengua ampliada: más de una vez se producen estos conflictos de competencia, eso es lo que más me gusta de vivir en otra lengua.

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Wapner es argentino y está radicado en Israel desde 1998.
 
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