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Sábado, 6 de diciembre de 2008

CINE › EL ESTRENO DE NORMA ARROSTITO. GABY, LA MONTONERA, EN EL MALBA

“Fue la guerrillera más notoria de la Argentina”

Así define el director al personaje principal de un film que da cuenta del sentido de la militancia en los ’70, entremezclando la ficción con el documental. “Es un personaje incómodo para la historia oficial”, asegura César D’Angiolillo.

 Por Oscar Ranzani

Norma Arrostito creció en una familia donde el padre era anarquista y la madre, católica. A los 24 años, se casó con Rubén Roitvan y juntos militaron en la Federación Juvenil Comunista. Años más tarde, dejaría su pareja, establecería una relación sentimental con Fernando Abal Medina y pasaría del comunismo al peronismo, integrando la conducción de la agrupación Montoneros. Fue una figura femenina destacada en una agrupación a la que se tildaba de machista. Sin llegar a ser tan conocida como otros nombres de Montoneros (especialmente por el bajo perfil que cultivaba), Arrostito, alias “La Gaby”, participó en el secuestro de Pedro Eugenio Aramburu, que fue ejecutado, y cuando la dictadura militar se apropió de las instituciones para poner en práctica el terrorismo de Estado fue secuestrada por un grupo de tareas y permaneció en el centro clandestino de detención que funcionaba en la ESMA durante 410 días, hasta que fue asesinada mediante una inyección de cianuro. Según se comenta, los militares mostraron su cuerpo a los otros detenidos-desaparecidos como si se tratara de un trofeo, con la intención de que se quebraran.

Su historia nunca fue abordada en el cine. Ahora sí. Es que el director César D’Angiolillo, basado en una investigación periodística de Cristina Zuker, realizó Norma Arrostito. Gaby, la montonera, film que se estrena hoy en el Malba y que forma parte del proyecto “Vidas Argentinas”, que produce el Centro Cultural Caras y Caretas en coproducción con el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (ver aparte). Combinando la ficción con el documental, D’Angiolillo convocó a la experimentada actriz Julieta Díaz para encarnar a “la Gaby”. El film no se centra exclusivamente en la figura de Arrostito, sino que también se abre hacia el sentir de otras compañeras militantes, tal vez para dar cuenta de una generación comprometida y del sentido de la militancia de los ’70.

Los historiadores Lucas Lanusse y Roberto Baschetti brindan el contexto histórico por el que circulan la proscripción del peronismo, el Onganiato, las elecciones de 1973, el regreso de Perón, el crecimiento de Montoneros, la muerte de Perón, la Triple A y la dictadura, entre otros ejes. Un grupo de compañeros/as recuerdan con cariño la figura de Norma Arrostito y también cuentan cómo era vivir en la clandestinidad, exponiendo sus penurias sobre el tiempo en que fueron detenidos-desaparecidos.

La ficción funciona muchas veces como soporte de los testimonios. Entre las ficcionalizaciones, se ve a “La Gaby” con peluca rubia en los preparativos del secuestro de Aramburu, una reunión de jóvenes militantes mirando una película sobre la resistencia latinoamericana, el duelo de Arrostito tras el asesinato de Abal Medina (que se mezcla con imágenes de archivo de un discurso del padre Carlos Mugica), el tiempo que estuvo detenida en la ESMA, una escena en que “la Gaby” va a ver a una compañera que acababan de torturar (no se ven imágenes de torturas en la película por decisión del director), los traslados a las vuelos de la muerte y su camino hacia la muerte después del cianuro. Son imágenes muy fuertes que están complementadas en varias ocasiones con los testimonios. “Nosotros teníamos los testimonios reales de señoras y señores que exponían las vejaciones a las que fueron sometidos, y los dolores y las pérdidas. Han perdido hijos, familiares, esposos. Entonces, cuando ficcionalizamos, lo hicimos con mucha prudencia. Porque no se trata de una libertad absoluta de decir ‘acá hago mi película y se acabó’. Hago la película lo mejor posible, pero teniendo en cuenta quiénes son las figuras reales de la historia”, señala D’Angiolillo sobre el respeto que tuvo al construir el film, en la entrevista con Página/12, en la que también participó Julieta Díaz.

–¿Por qué decidió combinar el documental con la ficción?

César D’Angiolillo: –Surgió como una necesidad de potenciar el material documental, porque no hay mucho material sobre ella, ni siquiera fotográfico. Incluso, los testimonios que hay son de muchas compañeras y compañeros que convivieron en la militancia, en la clandestinidad o detenidos en la ESMA. Hacer una película con testimonios hablados era posible porque se han hecho películas así, algunas con muy buen resultado, pero yo quería mantener la atención. Tal vez por mi oficio de montajista, sentía que necesitaba narrar dramáticamente, y esta posibilidad de la ficción y del documental que ya lo había visto en otras películas me parecía un lugar para investigar y que era muy interesante. Creo que es muy bueno el resultado, lo digo sinceramente, porque me parece que se potencia mucho el documental y, a su vez, el material testimonial y documental potencia mucho la ficción. Son dos espacios que se entrecruzan, pero que mantienen al mismo tiempo cierta individualidad, porque el espacio de la ficción es más libre que el del documental, en el sentido de que el autor puede volcar su sensibilidad sin estar tan sujeto a los hechos concretos reales. Si bien todo partió de los testimonios (yo no inventé escenas porque sí), después, en la escena en sí, jugamos con mucha libertad tratando de acercarnos sensiblemente a un posible personaje del que hay muy pocos datos.

–¿Por qué Norma Arrostito no llegó a ser tan conocida como otros nombres de Montoneros?

C. D.: –Norma Arrostito es, primero, un personaje que estuvo la mitad de su vida clandestina. Y mucho más si tomamos la etapa adulta. Además, era de muy bajo perfil. Era una persona a la que no le gustaba ocupar lugares de dirección y, un poco, la encrucijada histórica la llevó a ese lugar por ser una de las fundadoras de Montoneros. Y haber participado en un hecho crucial como fue el secuestro y la ejecución de Aramburu la colocó en un lugar como la guerrillera argentina más notoria. Fue un mito. La verdad es que no es un lugar que ella hubiese elegido. Da la sensación por los testimonios que he recogido que no es así, que ella llegó a esa situación históricamente y estuvo a la altura de las consecuencias. O sea, no escamoteó. Pero no es por elección ese lugar. En ese sentido, eso hace que no haya accedido a mucha promoción. Y además, creo que últimamente la han eludido bastante porque me parece que es un personaje incómodo para la historia oficial y, por otro lado, dentro de la organización en los últimos tiempos no estaba totalmente consustanciada con las decisiones de la conducción.

–Julieta, ¿qué conocía de Norma Arrostito antes de que le propusieran interpretarla y qué conoció después, qué fue lo que más le impresionó?

Julieta Díaz: – En realidad, lo único que conocía era que ella había sido la única mujer que había participado en el secuestro y la ejecución de Aramburu y que era un símbolo para Montoneros y para la época. Pero no mucho más. Con la película, supe más y me pareció interesante, sobre todo, conocer la parte más humana y no tanto la parte política de ella. Me parecía muy fuerte conocer la historia de una mujer, de sus sensibilidades, de sus deseos como mujer y esposa, como hija. Saber, además, que esa persona manejaba armas y tenía determinados valores morales y que elegía defenderlos de esa manera. Después, un poco fue un juguete del destino todo lo que le sucedió alrededor.

–¿Cómo fue la preparación para componer el personaje?

J. D.: –Yo sabía que tenía dos caminos. Uno era profundizar, investigar y leerme todo acerca de ella y demás. Pero como era un documental-ficción y la película tiene un 60 por ciento de documental y un 40 por ciento de ficción, iba a haber mucha información documentada. Conociéndome como actriz, no quería llenarme de información, porque después iba a ser una tentación muy grande meter toda esa información. Charlamos muchísimo con César. Por supuesto, leí todos los testimonios. No investigué tanto la parte política de ella, sino que me aboqué más a los testimonios y me interesó mucho la parte de los detalles. Trabajamos con César de esa manera porque aparte era lo que quería para apoyar la parte documental.

C. D.: –Sí, la búsqueda era un retrato humano, una búsqueda de la persona. Era esta chica común a quien sus ideas de una sociedad más justa la habían llevado a adherir a la Federación Juvenil Comunista. Después, deja esa agrupación y se incorpora a otra, pero siempre en búsqueda de una participación activa por mejorar la sociedad. Pero al mismo tiempo, con todas las características de una chica común, que quería mucho a los padres, a los que costaba mucho ayudarlos porque eran muy pobres. Después, se casa, luego conoce a quien iba a ser su pareja, Fernando Abal Medina. Y todo ese proceso es muy acelerado en pocos años. El grupo originario de Montoneros eran muchachos de 20, 22 años más o menos. Ella era la mayor: tenía 25 años. O sea que es notable cómo a una edad donde hoy parece increíble que se tomaran ese tipo de decisiones, ellos asumieron ese tipo de cosas.

–¿Por qué pensó en Julieta?

C. D.: –Siempre pensé en trabajar con Julieta. Siempre me ha gustado mucho lo que he visto de ella. Y alguien, me dijo: “Se parece”. No era tan así, en principio, pero lo notable es que ahora cualquiera que ve la película dice: “Es igual”.

J. D.: –Yo me vi bastante parecida. Y además sentí también una cuestión de ella como persona: con la austeridad y la búsqueda del bajo perfil como una cuestión de cuidado, me sentí identificada, sin vanagloriarme. Lo digo en el sentido de que creo mucho en las personas que son austeras y luchan por valores que creen positivos sin hacer demasiada alharaca, más allá de estar de acuerdo o no con el tema de Montoneros. Yo no apoyo ningún tipo de lucha armada y, además, soy apartidaria. Pero hay algo de su personalidad, de la dignidad de la persona humilde y con valores nobles de lo más profundos, más allá de su movimiento político.

–Buena parte de la ficción se construye a partir del relato de los testimoniantes. Es decir, no están disociados la ficción y el documental sino que se entrecruzan. ¿Cómo fue trabajar esto?

J. D.: –Me pasaba que, como era la primera vez que trabajaba en un documental-ficción, lo primero que hice fue charlarlo con César. Yo tenía que ir por el camino que él había elegido y que también estuviéramos de acuerdo. Lo que me pasaba era que le tenía miedo a esta cosa de la competencia; es decir, cuando quiere competir la ficción con el documental. Entonces, no quería que fuera explicativo ni que compitiera. Sentía que lo que yo hiciera tenía que mezclarse muy naturalmente. No dependía solamente de mí.

–La película no está centrada exclusivamente en Norma Arrostito, sino también en otras mujeres militantes. ¿Por qué se decidió así?

C. D.: –Porque me pareció que era la mejor manera de conocerla. Muchas veces ante un acontecimiento catastrófico, algo terrible que te pasa en la vida, uno piensa: “Yo de ésta no vuelvo porque me pasa algo destructivo totalmente”. Bueno, yo siento que a muchos compañeros de Norma y muchos sobrevivientes les han pasado cosas así... y se puede volver. Es como una lección que me llevo. Por eso, para mí es una película de Norma y de sus compañeras. No es sólo de Norma. Y también el final intenta eso: cómo restañar las heridas y cómo juntarnos las víctimas y los que no conocimos ese horror, pero tenemos un conocimiento ahora que nos pega en la conciencia.

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César D’Angiolillo y Julieta Díaz, su actriz, fueron cautivados por la vida de Arrostito.
Imagen: Gustavo Mujica
 
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