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Jueves, 8 de diciembre de 2005

CINE › “CHICKEN LITTLE”, CON CANCIONES DE ALEJANDRO LERNER

El pollo que se supone viene a salvar a la Disney Company

Chicken Little sufre de gripe aviaria.

 Por Horacio Bernades

“¿Esta es la película que nos va a salvar?”, dicen que bramó Mr. Stainton, director del Departamento de Animación de Disney, cuando vio el primer corte de Chicken Little. Corría el año 2001, el gigante de la animación venía perdiendo desde hace rato en su propio terreno y todo el mundo apostaba a la historia del pollito como único modo de detener la cuesta abajo. Cuatro años más tarde, y después de que aquella primera versión quedó sepultada en favor de la nueva (enteramente distinta de aquélla y llevada adelante por otro equipo de director y guionistas) es imposible no preguntarse si es ésta, la Chicken Little definitiva, la película que salvará al decano de la animación de caer aplastado bajo el juego de pinzas de una competencia feroz, en la que al mayor oponente de la última década (el estudio Dreamworks) hay que sumarle nada menos que el viejo socio (el estudio Pixar), mientras un nuevo contrincante (Sony Animation) se apresta a salir al ruedo.
De hecho, es imposible resistir la tentación de ver en la propia idea-nudo de la película (de pronto, un día, un pedazo de cielo se cae y en su lugar queda un agujero) no solamente una proyección de terrores del inconsciente colectivo post 11-S, sino más específicamente del estado de paranoia en que el estudio sacó esta carta que debería ser salvadora y habrá que ver si lo es. Más allá de cualquier exceso interpretativo, lo que la superficie de Chicken Little transparenta, como si se tratara de un sismógrafo, no son sólo las sucesivas manos y mudanzas de ideas y de nombres que el proyecto debió atravesar, sino además los gigantescos movimientos telúricos que esos barquinazos trajeron aparejados. El propio comienzo del film resulta llamativamente intempestivo, en tanto se produce en medio de un tiempo fuerte. El pollito del título está subido al campanario de la iglesia de Oakie Oaks, sacudiendo las campanas y alertando a sus vecinos para que escapen, para que busquen refugio urgente, para que hagan algo, porque un pedazo de cielo acaba de caerse.
El espectador, que no ha visto nada, sufre una falta de información que lo deja indefenso, no quedándole más remedio que darle crédito a la presunción de los vecinos, convencidos de que lo único que cayó del cielo fue una bellota.
De allí en más, quedará partido entre ese punto de vista (que lleva a que el pollito se convierta en indeseable para su propia comunidad) y el contrario, el del protagonista. El motor de cuyas acciones será, a partir de ese momento, convencer a su padre de que –variante del cuento del pastorcillo mentiroso– dijo la verdad. Y demostrar, de paso, su valor como ser humano (perdón, como pollito; tanta antropomorfización termina confundiendo), ya que, además de aquel trauma, Chicken Little carga con el de ser torpe y tener muy baja autoestima. Si todo esto suena muy psicologista, pregúntenle qué piensa a la mejor amiga del héroe, la pata dientuda Abby, que le da toda una clase de libro de autoayuda, destinada a cerrar de una vez la herida paterno-filial. ¿Y la mamá? Muerta, por supuesto, como en toda película de Disney.
Que toda esta armazón psicologista derive en un escenario de invasión extraterrestre (con cita literal a La guerra de los mundos incluida) y en una fábula de amistad interestelar estilo E.T. (Disney saludando a Spielberg, que siempre amó a Disney), y que el remate incluya una paródica autorreferencia a Hollywood en la más pura línea de Shrek, prueba que por aquí pasaron muchas, demasiadas manos, dejando por resultado algo que más que una película parece una suma de retazos. Como en buena parte de la animación contemporánea, hay en Chicken Little un ancla tirada a los papis (el personaje del político, literalmente un ganso; la burla final a Hollywood) y una superabundancia de chistes verbales y diálogos, que vienen a reemplazar no sólo la falta de peso de la animación misma sino también el escaso desarrollo que tienen todos los personajes, que también en sentido figurado parecen dibujados. Incluyendo la que seguramente constituya la más homofóbica representación del Hollywood contemporáneo, un cerdito cobardón que posee la discografía completa de Barbra Streisand y se excita cada vez que oye ese himno gay que es I Will Survive.
Es revelador que los personajes más convincentes sean los que no hablan: un pececito que anda con una pecera en la cabeza y el muy simpático “niño” extraterrestre, peludo y con tres ojos. En nuestro país, Chicken Little se presenta en versión doblada “al argentino” (ligeramente más soportable que la que casi hunde a Los Increíbles) e incluye tres temas cantados por Alejandro Lerner. A no desesperar: si se busca mucho puede llegar a conseguirse la versión subtitulada, en segunda función noche y algunas (pocas) salas.

5-CHICKEN LITTLE
EE.UU., 2005.
Dirección: Mark Dindal.
Guión: Steve Bencich, Ron Friedman, Robert L. Baird y Dan Gerson.
Voces de: Zach Braff, Garry Marshall, Steve Zahn, Joan Cusack y otros (versión subtitulada). Guido Kaczka, Juan Acosta, Florencia Peña, Chavo Fuks y otros (versión doblada).

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Chicken Little carga con el trauma de ser torpe y tener muy baja autoestima.
 
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