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Domingo, 17 de mayo de 2009

CINE › DEBATE SOBRE Z32, EL POLEMICO DOCUMENTAL DEL ISRAELI AVI MOGRABI EN LA LUGONES

“La película busca desnudar un mecanismo perverso”

En su film, Mograbi entrevistó a un soldado que se jacta de un crimen cometido, pero amparado en un rostro construido digitalmente. Los cineastas Sergio Wolf, Andrés Di Tella y Alejandro Fernández Mouján reflexionan sobre la postura ética del documentalista.

 Por Oscar Ranzani

Z32, el último documental del cineasta israelí Avi Mograbi, estimula el debate en torno de la ética del documentalista. Antes de eso, conviene repasar un poco el contenido del film que está en cartel actualmente: el realizador entrevista, de una manera muy particular, a un joven soldado (una especie de lo que en la Argentina se conocía como colimba) que participó en un acto criminal del ejército israelí. El muchacho integró un grupo de elite que asesinó a dos policías palestinos indefensos, sólo por venganza de un hecho criminal en el que esos palestinos no habían tenido nada que ver. Lo peor del caso es que el asesino recuerda haberse divertido con lo que hizo, mientras su novia intenta lograr que, por lo menos, se arrepienta o que no continúe su vida como si nada hubiera sucedido. La originalidad de Z32 es que Mograbi, en principio, les prestó la cámara para que el asesino confesara sobre el hecho en sí junto a su novia. Pero el soldado, temeroso por futuras represalias, puso como condición que no se filmara su rostro. Para ello, el cineasta utilizó el borroneo digital de la cara del entrevistado, y luego optó por construirle digitalmente otro rostro humano, como si se tratara de una persona distinta. ¿Mograbi oculta o muestra? O bien, ¿oculta para mostrar? ¿Cualquier método es válido para documentar el horror? El debate se les planteó a tres experimentados documentalistas: Andrés Di Tella (Montoneros, una historia, La televisión y yo, Fotografías), Alejandro Fernández Mouján (Espejo para cuando me pruebe el smoking, Pulqui, un instante en la patria de la felicidad) y Sergio Wolf (codirector de Yo no sé qué me han hecho tus ojos, y actual director del Bafici).

–¿Es un desafío a la ética del documentalista filmar a un asesino que se regodea de su propio crimen?

Alejandro Fernández Mouján: –Sí. Me parece un desafío la película. Incluso, en muchos momentos, Mograbi se pone en un lugar bastante difícil. Sobre todo, en el momento en que canta una canción que cuenta lo que su mujer le dice. Yo me identifiqué muchísimo con lo que le dice la esposa: “No traigas un asesino a mi casa. Estás haciendo esto para después tener una película para mostrar, en base a algo execrable”. Y el documental tiene eso. En determinados momentos, yo me preguntaba si era válido hacer eso. ¿Qué estaba pasando? ¿Cuál era la operación? ¿Qué era lo que se producía? Y si estaba, como dice él mismo, blanqueando una situación de un tipo terrible pero que, en principio, te parece un buen pibe, y que de repente termina metido en esa maquinaria de lo que es esa guerra, de lo que es toda la preparación que les hace el ejército israelí y en lo que los transforma. La película es muy jugada. Y Mograbi, por un lado, lo resuelve de una manera muy inteligente, pero, por otro lado, me queda una cosa del cuestionamiento que le hace la mujer.

Andrés Di Tella: –Yo comparto algo del sentimiento, pero me parece que lo interesante es que, justamente, Mograbi busca que te plantees o te involucres moralmente: qué posición tomás vos o cuál es la responsabilidad del que recibe un testimonio. El está diciendo que él mismo está recibiendo ese testimonio y vos también. ¿Y qué vas a hacer?

Sergio Wolf: –Yo entiendo el cuestionamiento ético, pero para mí la película también está en otro lado. Me parece que lleva hasta el límite el planteo sobre el problema de la verdad. Esta idea del documental ortodoxo o tradicional plantea que el documental debe contar y mostrar la verdad, y entonces, un personaje que cometió un crimen debe ser mostrado con su cara al descubierto. Frente a ese problema de la verdad que es la cara descubierta de alguien que cometió un delito, me parece que Mograbi plantea: ¿es una película sobre la verdad? ¿Es una construcción alrededor de esa verdad? Ese símil de coro griego que hace Mograbi con sus canciones, en clave humorística, también tiene una opinión sobre eso. Y la película también está planteando el problema de la verdad en el documental hoy: ¿de qué modo un documentalista que busca una historia puede representar esa verdad? ¿Qué pasa con el entrevistado que le pide al documentalista que no lo muestre porque tiene miedo? Será un asesino, pero tiene un sentimiento humano genuino: no quiere pasar por la calle y que lo maten a palos. Entonces, la película se juega también en esa frontera.

–¿Por qué piensan que Mograbi filmó al soldado a cara tapada? ¿Creen que lo hizo sólo por pedido del entrevistado o pensando también en una especie de recurso cinematográfico?

A. F. M.: –En principio, es una forma de resguardar la intimidad del tipo, pero lo que Mograbi hace es transformarla en un elemento que le dificulta. La máscara es un problema que él tiene que resolver en la película y que se transforma en algo muy importante, más allá de resguardar la intimidad del tipo para que no lo maten en la calle.

S. W.: –Ahora, ese obstáculo es lo que pone el problema de la representación de la película. La máscara te pone todo el tiempo adelante que eso que estás viendo es una película donde hay una intervención, porque no es sólo la máscara puesta sobre la cara sino la máscara en posproducción, hecha por Mograbi. El conoce esa identidad y esa cara y pone un recurso hecho en posproducción: la mascarilla electrónica sobre los contornos de la cara. Y todo el tiempo te pone el problema de que esto es una representación sobre algo. Esto no es un registro de la verdad, no es un registro directo, no es una cámara inocente ni está hecha para que alguien crea que esto es igual que una nota en un noticiero. En torno de la máscara, uno se pregunta: ¿Lo pidieron ellos? (N. de R.: el joven y la novia). O bien, ¿ellos propusieron algo y él fue más lejos sobre esa idea? Tal vez, el joven dijo: “No quiero mostrar mi cara” y, en lugar de ponerlo de espaldas, Mograbi le dijo “Ponete una máscara”. Y podemos ir más lejos: que esa máscara vaya cambiando la cara. Me parece muy buena la idea: él no es él mismo y la máscara “va cambiando” junto con el proceso que hace el personaje delante de la cámara. Pero también Mograbi en todas sus películas construye un personaje, aunque cuente siempre situaciones que, de un modo u otro, están bordeando el mismo conflicto.

–Teniendo en cuenta que el asesino se divirtió con lo que hizo, según confiesa, ¿cómo debe manejar el documentalista la actitud del entrevistado? ¿Debe o no debe intervenir?

A. D. T.: –No hay leyes generales. Por lo menos, para mí la palabra ética remite a cómo te comportás en una situación determinada, específica, y no una ley moral que sería algo más genérico. Lo que hace Mograbi, tanto aquí como en todo su cine, es poner en duda dónde termina la verdad y dónde está la manipulación. Hay todo un juego con los límites: dónde empieza la representación, cuál es el valor de un testimonio. Me parece importante porque quizás hoy en día el documental sirva menos como formato de denuncia de situaciones dadas que como instrumento para generar una reflexión en el espectador sobre cómo enfrentar la manipulación de los medios. Los documentales que me parecen hasta políticamente más fuertes son los que plantean ese tipo de dudas y que nos hacen pensar qué es lo que estamos viendo y cuáles son las intenciones de lo que estamos viendo.

–¿Cambiaría el sentido de la película si hubiera sido un militar que mató en el marco de una guerra, de igual a igual, y no como una venganza a policías palestinos indefensos?

A. D. T.: –Totalmente. Yo creo que éste es un caso de algo claramente injustificable. Está tomado como tal. Y lo interesante está en los intentos de justificación de lo injustificable. Te deja esa sensación de incertidumbre. Ese silencio de la novia pensando al final es un momento increíble donde te surgen preguntas como: ¿lo perdonará? ¿Lo perdono? Y, por otro lado, ¿quién soy yo para perdonarlo?

–¿Consideran que no se está ante un caso aislado sino ante una situación que es parte de una práctica sistemática del ejército israelí? Sin que esto implique reducir su responsabilidad, ¿se puede entender la lógica del soldado en base a la formación perversa que recibió en la institución militar?

A. F. M.: –Tanto el ejército israelí como el norteamericano (que se plantea invadir Irak o hacer ese tipo de guerras) son los dos que llevan hoy en día al extremo lo que es, por un lado, la manipulación. La película muestra lo que es la manipulación de su propio pueblo, el israelí, al que supuestamente está defendiendo. El pibe entra al servicio militar porque tiene obligación de hacerlo. Y después, entra en una situación en la cual perversamente lo empiezan a convertir en un tipo que lo único que quiere hacer es salir a matar. Lo tienen veinte meses sin hacer nada hasta que el tipo revienta. Cuando salga, ese tipo va a querer matar hasta a un chico de cinco años. Es algo muy perverso, donde la manipulación de la gente que piensa esa política es terrible. Me parece que Mograbi lo pone en evidencia. Y en ese sentido, por un lado, hay que tener las cosas muy claras para no entrar en ese mecanismo. Ahí se plantea también el tema de la obediencia debida que también se ha dado aquí: hasta dónde vos obedecés una orden militar.

–¿Cómo analizan el impacto político de este documental en relación con el conflicto árabe-israelí? ¿Qué aporta Mograbi desde su rol de documentalista?

A. F. M.: –Lo importante es que apunta a desarmar un mecanismo que, tal vez, es dado como normal dentro de Israel, de que “son buenos chicos que van a combatir”. El pone justamente en evidencia que esos chicos se tienen que dar cuenta de lo que están haciendo. Apela a la conciencia de qué es lo que están haciendo. Yendo de vacaciones a un pueblito de Brasil, he visto un montón de pibes israelíes que eran soldados a los que mandaban de vacaciones no sé durante cuántos meses, con mucha guita. Y me da la sensación de que los preparan como que no ha pasado nada, que fueron dos años de sus vidas durante los cuales ellos se metieron en eso, pero prácticamente no tienen nada que ver, sino que es el Estado el que lo hace. La película apela a ser consciente de lo que estás haciendo, no entrar en ese mecanismo y que puedas negarte a hacer determinadas cosas. Y no que salgas “alegremente” a matar a dos tipos y después te vayas a bailar como que no pasó nada. El film de Mograbi aporta para desarmar y desnudar ese mecanismo.

* Z32 se proyectará en la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín (Corrientes 1530) hoy, el viernes, el sábado y el domingo próximos a las 19.30 y 22.

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Fernández Mouján, Wolf y Di Tella, tres documentalistas hablan del modo de tratar “la realidad”.
Imagen: Pablo Piovano
 
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