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Martes, 15 de septiembre de 2009

CINE › HUGO SANTIAGO HABLA DE SU NUEVO PROYECTO, ADIOS, QUE FILMARA EL AñO PROXIMO

“Lejos o cerca, yo vivo en Aquilea”

Por primera vez en cuatro décadas, el director argentino radicado en París vuelve a “mi Buenos Aires mítica”. Santiago cuenta cómo termina una trilogía en la que participaron Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Juan José Saer.

 Por Luciano Monteagudo

Es un lunes gris, destemplado, frío. La mañana no invita a desplegar muchos bríos, pero Hugo Santiago –que el día anterior había llegado de París, donde vive desde hace cuarenta años– entra en el bar La Paz con la energía y la decisión de un habitué. No parece sentirse ajeno a Buenos Aires, una ciudad a la que siempre ha vuelto, una y otra vez, y con la cual, desde su primera película, la legendaria Invasión (1969), construyó su propia mitología. Film esencial –como pocos, quizá como ninguno– de la historia del cine argentino, escrito por Santiago en colaboración con Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, Invasión descubrió Aquilea, una ciudad (en palabras de Edgardo Cozarinsky) “cuya topografía visible es la de un Buenos Aires con vastas omisiones y cuyos restos aparecen agrupados en un orden y una vecindad imprevistos”.

Aquilea, a su vez, era el lejano objeto del deseo en Las veredas de Saturno (1985), donde el protagonista, un bandoneonista en el exilio (interpretado por Rodolfo Mederos), perseguía por las calles de París al fantasma de Eduardo Arolas... Y ahora, por primera vez en cuatro décadas, Hugo Santiago vuelve a Aquilea (“mi Buenos Aires mítica”), para cerrar la trilogía con un título significativo, Adiós. “En el final de la brevísima sinopsis de Invasión –recuerda Santiago– nombrando a los hombres que defienden la ciudad, Borges quiso señalar: ‘... Lucharán hasta el fin, sin sospechar que su batalla es infinita’. Y así será. La batalla continúa.”

Con producción del propio Hugo Santiago en colaboración con la empresa local Ruda Cine, a cargo de Rosa Martínez Rivero, el director llega por ahora en plan de scouting, a buscar locaciones, tantear actores y armar el proyecto. El rodaje será recién el año próximo. Pero Santiago ya parece tener toda la película en la cabeza. “El guión me llevó tres años muy intensos de trabajo –confiesa en la entrevista con Página/12–. Pero de alguna manera, también, se hizo solo, ya estaba todo allí. Tiene que ver con la pasión.”

–¿Cuándo nació la trilogía?

–Cuando terminaba el rodaje de Las veredas de Saturno le dije a Juan José Saer, con quien había escrito la película: “Dentro de unos veinte años voy a tener que hacer una tercera película”. Estábamos en 1985 y en el ’85 yo ya era un viejo exiliado y Saer también: hicimos entonces una película de exiliados en el exilio, pero con exilados recientes por problemas políticos que había en Aquilea. Pero ya entonces había una razón para una tercera película, un tema muy poderoso: el regreso. Pero el regreso con un signo de interrogación. ¿Qué es el regreso? Sentía que alguna vez tenía que tratar de interrogarlo con imágenes y sonidos. No quería hacer un discurso, porque yo no hago discursos. Pero quería preguntarme sobre el regreso de una persona que pasó más años fuera de su ciudad que dentro de ella, pero que se considera siempre un porteño de París. O un aquileano de París, porque yo soy un aquileano. Se vuelve mítica la cosa... Son ideas que se conforman por los años y por la sucesión de hechos de la pequeña y de la gran historia en Argentina. Una Argentina que por supuesto dejó su influencia, pero elaborada en una realidad entre comillas, una realidad propia, que asumo, que sucede en esa ciudad mítica que se llama Aquilea, donde vivo siempre. Lejos o cerca, siempre vivo en Aquilea.

–¿Qué temas tratará Adiós?

–Hay varios temas que van a ser interrogados en Adiós, pero centrados o contenidos en un tema esencial que es el diálogo de un exiliado con su ciudad, al cabo de muchos años de vida. Como en un teorema, hay una incógnita, una incógnita que voy a tratar de descubrir. El protagonista es un personaje mayor que yo (tengo 69 años): Sebastián Pinkhas-Molinero tiene setenta y pico, es un aquileano científico. Ya entonces le dije a Saer varias cosas que se me imponían: que el personaje central iba a ser más viejo que nosotros, que iba a ser científico, como algunos amigos científicos que tengo. Un gran científico aquileano que estudió en Oxford, que ahora está en investigación en París y es eminente. Exiliado en Europa desde hace medio siglo, llega por pocos días a Aquilea después de una larga ausencia: el más famoso científico del país, que acaba de recibir el Premio Nobel, viene a presidir una conferencia internacional centrada en sus trabajos revolucionarios. Aquí encuentra su memoria, encuentra a su madre de 99 años, encuentra a algún amigo sobreviviente, encuentra a sus muertos, de aquí y de allá. Irónico, controlado, espléndido, dicharachero, terrible, insoportable para algunos, Sebastián se echa sobre Aquilea como en un combate amoroso.

–Este personaje, ¿de quién se despide, a qué o a quién le dice adiós?

–Alguien puede pensar que yo termino la trilogía y entonces le digo adiós al mundo y me retiro del cine. Y en realidad ese adiós no significa para nada eso. El film tiene ese misterio: cuando termina, si alguien se pregunta “Pero éste, ¿a quién le dice adiós?”, va a tener su respuesta en el film. Que no es la respuesta evidente, no es un adiós patético, del que está diciendo adiós al mundo.

–Alain Touraine señaló que Invasión describía el entierro de cierta Buenos Aires, de un modo de vida que moría. ¿La muerte también estará presente en Adiós?

–Borges y Bioy, que escribieron la primera parte de la trilogía, murieron. Juan Saer también murió, y yo me quedé solo para escribir este guión. Mis compinches se han muerto. Eran todos mayores, incluso Juan era mayor que yo. Se han muerto y entonces sentí que lo tenía que escribir yo, agarrarlo por los cuernos, y es lo que hice. Estuve en Buenos Aires hace tres años y medio (después estuve otras veces). Mi madre estaba muy enferma y murió. Y me volví a Europa y en verano fui a la montaña y me puse a trabajar, sin notas preexistentes, no más que estas cosas que yo sabía y que ya le había contado a Saer.

–En Las veredas... estaba el fantasma de Arolas. ¿Qué fantasmas se tropieza aquí el protagonista?

–No así conocidos como Arolas, pero todos los que son pasado aparecen, es cierto. Es un film muy ambicioso, mi film más ambicioso. ¿Por qué? Porque el tema –los temas, como si fueran temas musicales que hacen un solo tema central con muchos subtemas– me permite tratar, enfrentar la posibilidad de un universo de la representación en el cine narrativo que tiene una mezcla constante de muchos niveles. Algunos de una realidad aparente, cotidiana, y otros más fantasmáticos. Y otros muy fantasmáticos. Pero están todos tratados en el mismo plano y conviven. No es que de repente Sebastián sueña y se ve un sueño, no. Si algo aparece que pertenece al mundo de los sueños o a un submundo apenas definible, aparece en el cine en el mismo plano que aparece él y los objetos y la ciudad. Todo es un mismo plano de realidad, o todo en un mismo plano fantasmático. Tiene que ser una materia coherente y que todos estos planos se articulen, ahí está la ambición. No es porque quiera hacer La carga de la Brigada Ligera.

–¿Cómo es el personaje de Sebastián?

–El tipo pone a medio mundo en conflicto porque él tiene sus conflictos. Pero es un personaje lo suficientemente rico para dejar espacios de todo tipo, espacios de articulación en relación con la ciudad, con todo lo que tiene su ciudad y en relación con su ciudad mítica, que busca. Sebastián busca el reencuentro con su ciudad secreta. Su espacio perdido: las calles, las casas, el río, la llanura. Puede que su búsqueda sea ésa.

–¿La fotografía vuelve a ser de Ricardo Aronovich, como en los films anteriores? ¿Reaparece Rodolfo Mederos?

–Estoy haciendo todo lo posible por hacerla con Aronovich, todos tenemos que hacer un film que tome la realidad de la ciudad representada en Invasión, Aquilea, para llevarla mucho más lejos. Y en Adiós reaparece Mederos. Todavía no lo sabe (ríe), porque tengo que encontrarme con él. Pero ahora Mederos aparece como Mederos, no como Fabián, su personaje de Las veredas de Saturno. Una última cosa. Las dos películas precedentes de la trilogía aparecen en la memoria de los aquileanos de hoy. Los personajes del film, los jóvenes, conocen esas películas como películas. Por eso Adiós no tiene una continuidad narrativa, de trama con las anteriores. No, hace mucho más que eso: las integra completamente y en el pasado de Aquilea existen esas dos películas que hizo un cineasta que ahora vive en París. Entonces aparecen elementos de Invasión o de Las veredas... pero mencionados, como citas. Y el protagonista conoce muy bien esas películas porque las hizo un amigo de él, las lleva consigo, y en Aquilea se encuentra con gente que también las conoce. Y como sucede en la realidad, mucha gente de ambas películas está muerta, la mayoría de los actores de Invasión, que Sebastián conoció, están muertos. Hay en Adiós un mundo de gente muerta, hay una relación con la muerte.

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“El guión me llevó tres años muy intensos, pero de alguna manera también se hizo solo, ya estaba todo allí.”
Imagen: Leandro Teysseire
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