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Viernes, 3 de marzo de 2006

CINE › “LA HISTORIA DEL CAMELLO QUE LLORA”, DE DAVAA Y FALORNI

Una fábula casi etnográfica

Una lábil línea cruza el documental y la ficción en esta película dirigida por estudiantes de la Escuela de Cine de Munich. Transcurre en el desierto de Mongolia y está contada casi sin palabras, pero con suma belleza.

 Por L. M.

Sí, créase o no, hay un camello que llora en esta fábula de una belleza y una humildad fuera de lo común, que sólo parece encontrar un antecedente en el cine etnográfico de Robert Flaherty. La lábil línea fronteriza entre el documental y la ficción es aquí más tenue que nunca. Los realizadores, estudiantes de la Escuela de Cine de Munich, se internan en el desierto de Mongolia, encuentran una historia maravillosa y son capaces de contarla casi sin palabras, con una delicadeza y un respeto hacia sus personajes que devuelven al cine a su escala más humana.

El plan inicial del italiano Luigi Falorni y Byambasuren Davaa (una realizadora nacida en Ulan Bator, que la semana próxima estará en el Festival de Mar del Plata presentando su película más reciente, El perro amarillo de Mongolia, en el marco de La Mujer y el Cine) era capturar para la cámara las tradiciones de los criadores de camellos del desierto de Gobi, en vías de desaparición. Pero la larga estancia junto a varias familias de la región los puso frente a una historia irresistible, de la que supieron sacar el mejor provecho, contándola con un mínimo de recursos pero con una gran sensibilidad.

Todo parece ir de parabienes en la temporada de parto de los camellos: las crías son muchas, sanas y fuertes. Pero sucede que la última hembra en parir tiene un trance difícil (el retoño es demasiado grande y la madre sufre más de lo habitual) y termina rechazando al recién nacido, al que se niega a amamantar. La familia dueña de la manada de camellos sigue la circunstancia muy de cerca, con preocupación, mientras se dedica a sus tareas habituales, en medio de un clima muchas veces hostil, caracterizado por fríos y vientos extremos.

Su economía depende de esos camellos –de los que extraen lana y leche– y no se pueden permitir perder a ninguno. Y mucho menos a una cría tan hermosa, inusualmente blanca, que persigue sin suerte a su madre inclemente. En principio, el biberón parece una alternativa, pero la familia –padre, madre, tres hijos y abuelos– sabe que no será suficiente para que sobreviva. Por lo cual envían a dos hijos varones, apenas dos niños, que atraviesen el desierto, lleguen a la ciudad y vuelvan con un músico quien, de acuerdo con las tradiciones, podrá con sus melodías reconciliar a la madre y su cría.

La historia del camello que llora –ganadora del premio del público en el Bafici 2004, donde participó de la competencia oficial, y candidato al Oscar de Hollywood al mejor documental, el próximo domingo– está siempre al filo de antropomorfizar a esos dos animales, pero sin embargo se las ingenia muy bien para evitar el efecto Disney. Por el contrario, va equilibrando la historia central con los apuntes de la vida familiar en el desierto, de los trabajos y los días en ese rincón apartado del mundo, donde la televisión todavía es un lujo (aunque no por mucho más tiempo, como lo sugieren las primeras antenas) y los relatos preferidos siguen siendo aquellos que se narran alrededor del caldero y el fuego.



8-LA HISTORIA DEL CAMELLO QUE LLORA
(Die Geschichte vom weinenden Kamel) Alemania, 2003.
Dirección y guión: Byambasuren Davaa y Luigi Falorni.
Fotografía: Luigi Falorni.
Música: Marcel Lens, Marc Riedinger y Choigiw Sangidorj.
Intérpretes: Janchiv Ayurzana, Chimed Ohin, Amgaabazar Gonson, Amgaa Zeveljamz Nyam, Ikhbayar Amgaabazar, Odgerel Ayusch.

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Los criadores de camellos del desierto de Gobi, protagonistas.
 
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