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Martes, 10 de enero de 2012

CINE › MERYL STREEP HABLA SOBRE LA DAMA DE HIERRO

En la piel de Thatcher

En una pasada previa al estreno de la película, la actriz explicó cómo compuso a la ex primera ministra británica y aseguró que la película “no es una biopic” sino que explora la idea del “arrepentimiento”.

 Por Clemency Burton-Hill *

Si de cines norteamericanos se trata, el París, pequeño y artístico reducto que engalana una esquina de la Quinta Avenida de Nueva York adyacente al histórico Hotel Plaza, es usualmente un remanso de elegancia sobria y buenos modales. Hogar, habitualmente, de films europeos de vanguardia con una cantidad de público de la que la mayoría de los productores de Hollywood desdeñaría, el cine inaugurado por Marlene Dietrich en 1948 no es la clase de lugares en que los clientes se peleen para conseguir una butaca. Pero en la reciente proyección especial de Bafta de La dama de hierro, justo antes de su première neoyorquina, se convirtió en el escenario de un despelote bastante indigno, ya que una multitud decidida empujaba para manotear los preciados tickets antes de que las hordas de esperanzados que esperaban por allí “en lista de espera” les echaran el guante.

¿La razón para tal estampida? Meryl Streep, recién bajada de un avión que la traía de China, iba a estar presente e iba a contestar una entrevista y preguntas del público después de la proyección. Para el público repleto de británicos, que incluía al embajador del Reino Unido ante las Naciones Unidas, fue una oportunidad dorada para escuchar cómo se sintió la actriz al interpretar a Margaret Thatcher; y, a la luz de sostenidas críticas tempranas de la derecha británica, determinar si la película de Phyllida Lloyd fue realmente el ataque “intrusivo e injusto” contra Thatcher que en ciertos lugares se pretende que es, o si de hecho es una meditación acerca de algo mucho más profundo y convincente: el distorsionador, desorientador poder de la memoria; el dolor de algo irredimiblemente perdido; la posibilidad de reconciliación, con uno mismo y con otros.

Streep puede estar lejos de la actriz de Hollywood promedio, pero sí sabe cómo encender su encanto. Al subir al escenario momentos después de que pasaran los créditos finales, rápidamente ofreció una disculpa: “Sé que fue muy presuntuoso ir a Inglaterra y ser la norteamericana que interpretaba a Margaret Thatcher”, explicó (con humildad innecesaria, ya que no es la primera vez que un norteamericano asume el rol jugoso de un inglés). “Pero hay elementos de todos los personajes que he interpretado dentro de mí. No creo que sea tan diferente de ciertas cosas de ella. Traté de absorberla por completo.”

En cualquier caso, Streep cree que “una de las cosas que hicieron a Thatcher quien fue, fue su posición como forastera”. Esta, después de todo, era la hija del almacenero Gratham que se convirtió en una de las pocas mujeres en llegar al Parlamento; más tarde la primera líder femenina de un partido político en el Reino Unido o cualquier otra democracia occidental importante, y más tarde la única primera ministra que tuvo Inglaterra. Y si semejante vida parece incomparable con la de una celebrada estrella de Hollywood, a Streep le gusta recordarle a la gente que ella fue en algún momento la primera estudiante mujer en una escuela de varones. “Allí nos excluían de muchas cosas debido, ustedes saben, a nuestra limitada capacidad intelectual”, dijo.

Como la conversación se volcó, inevitablemente, a la preparación que hizo para el papel, del cual buena parte tiene que ver con los años más recientes de Thatcher, Streep inconscientemente confirmó la sospecha de que su talento es instintivo al confesar que habitualmente ella no se prepara demasiado. Para hacer de Maggie, eso sí, intentó darse a sí misma cuatro meses completos para terminar de engancharse con el personaje. “Pero sucedieron cosas”, dijo. Su esposo se enfermó, entonces llegó a Londres apenas la noche antes de empezar a filmar, con el tiempo justo para ir al backstage en la Cámara de los Comunes. Allí se sintió impactada por “cuán íntimo y pequeño” se sentía el Parlamento. “Me gustaría que hubiera PMQs (preguntas al primer ministro, una tradición política británica) en este país”, agregó, a lo que un neoyorquino sentado junto a este cronista respondió con respeto “Amén”).

Según admitió, Streep no había sabido mucho sobre Thatcher hasta que le ofrecieron el papel. “No me interesaba hasta que me interesé”, dijo. “Tenía un entendimiento muy limitado de su amistad con Reagan. Pensaba que se vestía muy mal. Pensaba que era bárbaro que Gran Bretaña hubiera admitido a una primera ministra y tontamente asumí que iba a suceder aquí, en Estados Unidos, al minuto siguiente.” Por azar, la actriz vio, en la universidad de su hija, a la ex primera ministra hablando públicamente, y contó una divertida anécdota sobre cómo sus caminos estuvieron a punto de cruzarse por coincidencia durante la filmación. “Los ‘streepers’ –ése es mi pequeño grupo de fans; creo que tenemos que echarle la culpa a Mamma mia’– aparecieron mientras estábamos filmando una escena en el Battersea Park”, recordó. “Se aburrieron de dar vueltas por ahí y se fueron a dar una vuelta, durante la cual se encontraron con Maggie Thatcher. Le preguntaron si estaba ahí por la filmación. Se la vio confundida. El guardaespaldas, cuando se le dijo de qué se trataba, remarcó: ‘Oh, creo que ésa es una que ella no va a ver’.” Pero, más allá de esa investigación accidental, Streep no tuvo demasiado tiempo para preparar su conversión en una de las mujeres más destacadas de la historia.

“Me subí a un avión y todavía no ‘la tenía’”, recordó la actriz. “Así que el primer día no fue gran cosa, pero había un montón de espléndidos actores británicos en Pinewood y una se enamora de otros actores; ellos me dieron mi confianza. Y una realmente tiene que creer hasta las plantas de los pies.” Al segundo día estaban filmando una escena importante en la que Thatcher denigra a Geoffrey Howe, y los pies de Streep aparentemente seguían sin estar convencidos. “Estaba frenética”, confesó. “Pero a veces un baño de fuego es bueno; cuando es aterrorizador, duro y ridículo, es bueno.”

La dos veces ganadora del Oscar, quien ha sido nominada para más premios de la Academia y Globos de Oro que cualquier otro actor, es una artista tan consumada que resulta difícil imaginar que algo le resulte aterrorizador, duro o ridículo. Pero ella estuvo dispuesta a que el público del París se desengañara de esta idea. “A veces me pongo histérica, pierdo la cabeza y pienso: ‘No creo que pueda hacer esto’. Pero Phyllida me decía: ‘Sí, podés’.” Después de elogiar a la directora por ser “inteligente, veraz, organizada y sin vueltas”, Streep agregó que “es bueno sentirse nerviosa e insegura; eso es muy bueno”. Enseguida, con una sonrisa torcida, se corrigió a sí misma. “Quiero decir, es horrible, pero es lo que te permite entender la debilidad. Y muy a menudo necesitás conocer qué es eso.”

El tema de la debilidad está en el corazón del film de Lloyd, el cual toma su premisa central de una observación hecha por Carol Thatcher, en sus memorias A Swim-On Part in the Goldfish Bowl, de que su madre estaba luchando contra la demencia y a veces tenían que recordarle que su marido, Sir Denis, había muerto. Ciertos conservadores han atacado a La dama de hierro, incluido Rob Wilson, un secretario privado parlamentario de Jeremy Junt, quien ha llamado a un debate de los Comunes sobre la película. “Pero no es una biopic”, insistió Streep. “Hacemos foco en el final de una vida grande e importante. Trata sobre las cosas que son dibujadas por la memoria; los sueños al final de una vida. Ella y Denis pusieron patas para arriba el orden natural de las cosas: tuvieron un matrimonio muy sólido y ella sí dependía de él. En el libro de Carol, ella dice que se olvida de que él no está vivo. Eso me conmovió.”

No es que Streep, una confesa demócrata (con un matrimonio reputadamente sólido) que ha criticado públicamente a George W. Bush, vaya a estar cerrada de miras acerca de las complejas controversias enmarcadas en el nombre “Thatcher”. Ella, dijo, había visto material de archivo sobre “el gran trastorno disparado por las políticas de Thatcher” y estaba muy al tanto del “veneno” que sentían muchos sobre Maggie. “Pero veo el dolor y la devastación, y creo que ella lo hizo por convicción”, sostuvo la actriz. “Sus decisiones estaban basadas en algo sentido.” Por otra parte, sostuvo Streep, el film explora con gran profundidad la idea del “arrepentimiento, de la revisión; de revisitar viejos lugares, viejas heridas”. “Y no seríamos humanos sin eso”, afirmó.

Quizás era necesario que una outsider asumiera este papel para que pudiera trascender la controvertida dimensión política de Thatcher dentro de la conciencia británica y planteara preguntas humanas superiores. “Todos entramos por el pasillo oscuro”, recordó Streep al público. “¿Qué te encontrás ahí? Lo que me interesa es el perdón, cómo te perdonás a vos mismo y a otras personas. Cómo te reconciliás con las decisiones que tomaste y los efectos que han tenido en una vida.” Streep hizo una pausa y sacudió la cabeza casi imperceptiblemente. “El perdón. Eso es lo mejor que han inventado los seres humanos.”

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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“Sus decisiones estaban basadas en algo sentido”, dice Streep acerca de Thatcher.
 
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