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Viernes, 28 de septiembre de 2012

CINE › CARLOS SORIN PRESENTO EN SAN SEBASTIAN DIAS DE PESCA

De regreso a la Patagonia

Tras una pausa de un par de películas lejos del extremo sur, el realizador de Historias mínimas vuelve a esas rutas desoladas, a ese viento, a esa gente que aparece perdida en el paisaje, ahora con el retrato de un ex alcohólico en busca de su hija.

 Por Horacio Bernades

Desde San Sebastián

“Debe ser el viento, el aire libre, lo que me lleva a la Patagonia”, dijo en San Sebastián Carlos Sorín. Tras una pausa de un par de películas lejos del extremo sur, el realizador de Historias mínimas vuelve, en Días de pesca, a esas rutas desoladas, a ese viento, a esa gente que aparece cada 300 o 400 km, como si fueran islas móviles o fantasmas. Todo lo cual constituye su hogar cinematográfico, su territorio adoptivo, el lugar en el que Sorín sin duda se siente cómodo. Producto de ello, en Días de pesca –única película argentina en Competencia Oficial, este año en San Sebastián–, el realizador de La película del rey recupera su forma, vuelve metafóricamente a casa, tras la serie de pasos fallidos (o no del todo convincentes, al menos) que representaron El camino de San Diego, La ventana y El gato desaparece. Esta última definida aquí por el propio Sorín, en una muestra de gran valentía personal, como “impostura”. “Para hacer una película necesito contar una historia que me despierte cosas”, dijo el realizador en conferencia de prensa, marcando implícitamente la diferencia entre el mero ejercicio de estilo de su film anterior y su nueva película, recibida aquí con aplausos. Y ojo, que Sorín ganó ya dos Conchas aquí, por Historias mínimas y El camino de San Diego.

“Empecé a pensar la historia de Días de pesca poco después de filmar Historias mínimas”, dijo Sorín durante la conferencia de prensa, y está a la vista. La de Marco, cincuentón a quien interpreta Alejandro Awada, que viaja hasta Puerto Deseado en busca de una hija a la que no ve desde hace años, bien podría haber sido una de aquellas historias. Si hasta parecería haber una referencia directa en la escena en la que compra un regalo, tal como allí lo hacía el personaje de Javier Lombardo, con cierta torta decorada. Pero hay más dolor, menos ironía, en esta historia de un ex alcohólico que busca recuperarse a sí mismo y a sus seres queridos, a los que abandonó bastante tiempo atrás. Es una de esas historias que en cine suelen conducir a redenciones ostentosas, llenas de mensajes aleccionadores bien subrayados. No hay nada de eso aquí, porque Sorín y Awada le imprimen la necesaria sequedad y elipsis al asunto, terminando el film en un sabio punto de indefinición. “No sé cómo sigue la historia de Marco, pero deseo que le vaya bien”, dijo Awada en la conferencia de prensa, ratificando esa nota de incerteza con que la película concluye.

En la crónica de ayer se habló del cine chileno, que en consonancia con su crecimiento internacional tiene una importante presencia aquí en San Sebastián. Crecimiento que el premio de Cine en Construcción –iniciativa destinada a permitir la conclusión de films latinoamericanos, que está cumpliendo sus primeros diez años– no hace más que ratificar. Ese premio lo ganó por unanimidad, este año, el santiaguino Sebastián Lelio, a quien en Argentina se conoce por algunos de sus films anteriores (La sagrada familia, El año del tigre) y que ahora acaba de asegurarse, por ese medio, la finalización de Gloria, su próximo film. Pero también el cine mexicano tiene ocasión de mostrarse aquí, en varias de las secciones del festival. En Perlas de Otros Festivales pudo verse Post tenebras lux, lo último de Carlos Reygadas, que en la última edición de Cannes ganó la Palma a la Mejor Dirección. Y en Horizontes Latinos compite Después de Lucía, de su compatriota Michel Franco, que en el mismo festival se llevó el premio principal de la sección Un Certain Regard. Filmada en buena medida en su propia hacienda, la película de Reygadas plantea algo semejante a lo que el realizador de Japón abordaba en su previa Batalla en el cielo (también premiada en Cannes): una oposición de clases radical, violenta e insoluble. En este caso, Reygadas no localiza esa colisión en la ciudad sino en medio de la sierra, entre un matrimonio de clase media-alta y los pobladores de la zona.

El realizador de Luz silenciosa no narra Post tenebras lux de modo convencional, sino mediante una serie de secuencias discontinuas, tanto en sentido espacial como temporal y hasta en términos de representación. A una escena de carácter contemplativo y semidocumental puede suceder, por ejemplo, una decididamente fantástica, con un diablo rojo, resuelto con técnicas de animación. El resultado es de a ratos sorprendente, en otros subyugante o chocante y, en muchas ocasiones estirado, hermético y arbitrario. Chocante es también, qué duda cabe, Después de Lucía. La ópera prima del jovencísimo Franco (tiene menos de 30) ya lo era. Exhibida aquí tres años atrás y basada en un caso real, Daniel & Ana narraba el secuestro de dos hermanos, obligados a practicar sexo para el rodaje de un film porno ilegal. En Después de Lucía se trata de una chica de secundario, a la que un amante ocasional filma durante el acto sexual, difundiéndose más tarde la grabación por todo el colegio. Lo cual convierte a la chica en oveja negra, insultada, agredida y burlada por sus compañeras y compañeros, de las maneras más sádicas imaginables. Si ese sadismo suena a un poco mucho, la pasividad con que la chica acepta ser humillada, violada y orinada es difícil de creer. Si logran ponerse esos reparos a un lado, no hay duda de que en términos de puesta en escena Franco ha alcanzado una rotunda madurez. Filmada toda en planos fijos, con grandes elipsis y encuadres tan secos y precisos como los de un film japonés, Después de Lucía puede considerarse el film repulsivo y magistral de un cineasta al que no se sabe si admirar o despreciar.

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Sorín y su protagonista, Alejandro Awada, posando ayer para la prensa en el Festival de San Sebastián.
Imagen: EFE
 
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