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Martes, 20 de noviembre de 2012

CINE › EL IMPENETRABLE, PRIMERA REVELACIóN DEL FESTIVAL DE MAR DEL PLATA

En el Paraguay más profundo

Con un nivel de rigor, de compromiso, de testarudez y espíritu aventurero, la película de Daniele Incalcaterra y Fausta Quattrini es como si reuniera en sí misma un libro de ensayos sobre la explotación capitalista en estado salvaje.

 Por Horacio Bernades

Desde Mar del Plata

Existen, como es obvio, mil clases de documentales, y todos ellos pueden ser extraordinarios: documentales de investigación, de denuncia, informativos, narrativos, en primera persona y hasta de aventuras. El Impenetrable, de Daniele Incalcaterra y Fausta Quattrini, no es uno de esos documentales, sino todos. Con un nivel de rigor, de compromiso, de testarudez y espíritu aventurero, que es como si reuniera en sí misma un libro de ensayos sobre la explotación capitalista en estado salvaje, un blog combativo, un diario de viajes por el Chaco paraguayo, una novela de Joseph Conrad mudada de ámbito, una aventura del Corto Maltés y la sofisticación formal, el tempo, el sentido del ritmo, el encuadre y la dosificación narrativa propios del gran cine. Gran cine en Mar del Plata, señores, con la aparición de El Impenetrable, primera de las películas argentinas que se presentan en Competencia Internacional. Y primera candidata firme a llevarse algún premio importante de aquí.

Nacido en Italia y radicado en Argentina, Daniele Incalcaterra parece signado por su apellido. En Tierra de Avellaneda (1996) seguía los pasos de una inhumación de cuerpos de desaparecidos, a cargo del Equipo de Antropología Forense. En [email protected] (2004) documentaba y parafraseaba las excavaciones que el mismo equipo de antropólogos realizó en 1997 en Vallegrande, Bolivia, en busca de los restos del Che. Ahora, y acompañado como en aquella ocasión por la documentalista suiza Fausta Quattrini –que coescribió el guión, hizo la fotografía y dirigió junto a él–, el hombre de la tierra en el apellido va “en busca de la tierra, para devolvérsela a la Tierra”. “Veinte años después de su muerte, mi padre sigue envenenándome la vida”, larga Incalcaterra en el arranque mismo de El Impenetrable, con una dosis de odio filial que no se oía desde los tiempos de La rabbia, de Pasolini; Atavismo impúdico, de Visconti; La luna, de Bertolucci, o I pugni in tasca, de Bellocchio. Algo lleva en la sangre Incalcaterra que lo lleva a esas intensidades. Pero dejémonos de divagues y vayamos al punto.

Odio filial, que también es político: en tiempos de Stroessner y favorecido por una amistad con el dictador, el padre de Incalcaterra se hizo con un terreno de cinco mil hectáreas en pleno Chaco paraguayo. Terreno que legó a sus hijos. Uno de ellos, Daniele, no sólo no aceptó el convite, sino que dejó de hablarle a su padre, para siempre. Ahora, veinte años después, los hermanos Incalcaterra decidieron hacerse de esas tierras para devolvérselas a sus propietarios originales, los indios guaraníes. Que por muy diezmados que hayan sido, todavía habitan esas tierras. De allí lo de ir en busca de la tierra, para devolvérsela a la Tierra. Lo primero que se ve en El Impenetrable es el plano más icónico del documental de viaje y el cine de aventuras: la ruta abierta, vista en subjetiva a través del parabrisas de un auto. “Tengo la misma edad que mi padre en el momento que compró esas tierras por un precio irrisorio”, dice Incalcaterra y allá va, filmado por Quattrini y acompañado por el guía que todo viajero, todo aventurero necesita a su lado. En este caso, Jota, ornitólogo paraguayo que hasta descubrió un ave que lleva su nombre. Y que sabe todo lo que hay que saber. No sólo sobre aves sino sobre la zona, su historia, su agronomía y explotación.

“Este camino lo hicieron los petroleros”, le indica Jota a Incalcaterra. Pero no son ya los petroleros sino los sojeros y ganaderos los que están deforestando hasta el último árbol una de las reservas naturales más valiosas de América del Sur. “Era el Rey de la Soja, ahora es el Rey del Ganado.” Jota habla de un tal Favero (que no será Alberto, suponemos), dueño de 600.000 hectáreas y con 44 topadoras funcionando todo el día. Este buen señor Favero es el vecino de al lado de la abandonada propiedad de los Incalcaterra. Y se apropió hasta de los caminos públicos. Queriendo llegar hasta los terrenos del padre, Daniele se encuentra con un portón cerrado. Un cuidador lo invita: “Si quiere pasar, arremeta nomás contra el portón”. “La zona entera vale...”, calcula un ingeniero agrónomo, que en cinco minutos da una clase magistral sobre capitalismo salvaje. “...Vale unos 600 mil millones de dólares. ¿Vos creés que van a dejar a algún indio vivo y no ocupar esas tierras?” Y sin embargo, con paciencia y con saliva Incalcaterra terminará llegando hasta el mismísimo presidente de Paraguay, para hacerse cargo de un terreno al que piensa llamar Nueva Arcadia. El presidente Lugo, claro, que ya no es más presidente. Quien no pueda ver El Impenetrable en Mar del Plata, no deberá esperar más que una semana: el jueves 29 se estrena en Buenos Aires.

El otro gran hallazgo de Mar del Plata hasta aquí se llama Carla Quevedo. Es porteña, tiene 24 años, hasta ahora había hecho un papelito muy pequeño en El secreto de sus ojos, hoy podrá vérsela en una película de Competencia Argentina que se llama Errata (más detalles, en la edición de mañana) y además de ser muy bonita es una actriz fenomenal. Todo ello puede constatarse en Abril en Nueva York, que también participa de la Competencia Argentina y representa su debut como (co)protagonista. Con Abril en Nueva York debuta también en la dirección Martín Piroyansky, tal vez “el” actor por excelencia del novísimo cine argentino (desde XXY hasta la recién estrenada Ni un hombre de más, pasando por Excursiones, Cara de queso y La araña vampiro). Actor muy querido o con familia muy numerosa, parecen demostrar los llenos totales en todas las funciones de su película. Piroyansky tenía ya dos o tres cortos diversos e interesantes y Abril en Nueva York tiene un poco de ambas cosas, aunque no siempre con resultados positivos.

Integramente filmada en Manhattan y con un grupo de chicos argentinos bastante tilingones como entorno, la película bascula entre la postnouvelle vague con ciudad cambiada (amores y desamores de una joven pareja con marco urbano) y lo que podría llamarse neocassavetismo fashion: discusiones y batalles campales amorosas, filmadas en largos planos secuencia, pero con fotografía de carácter publicitario. En medio de esa dubitación estética (que parece reproducir las del personaje-Piroyansky), se mantiene incólume Carla Quevedo, actriz lisa y llanamente fabulosa. La chica es una de esas (son contadas con los dedos de la mano) capaces de hacer creíble, emotivo, fluido y elegante todo lo que interpretan. Sea una escenita de lo más banal, un estallido de alegría, un momento de intimidad amorosa o una crisis de nervios que otra que Gena Rowlands. Carla Quevedo: grabarse el nombre, va a sonar muchísimo de aquí en más.

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En El Impenetrable, Incalcaterra va “en busca de la tierra, para devolvérsela a la Tierra”.
 
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