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Domingo, 27 de enero de 2013

CINE › TOMMY LEE JONES HABLA DE SU PERSONAJE EN LINCOLN

“Filmar con Spielberg te hace sentir bien con vos mismo”

El actor de Hombres de negro y ganador del Oscar por El fugitivo coprotagoniza el film de Steven Spielberg como Thaddeus Stevens, el republicano abolicionista que a menudo se trenza en duelos políticos con Abraham Lincoln.

 Por  James Mottram *

Tommy Lee Jones mira hacia Central Park. Son los últimos días del invierno en Nueva York, pero el parque es un rico espectro de colores otoñales, rojo, amarillo y oro. Son esos momentos en los que uno desea tener una cámara. El actor de 66 años, iluminado por los últimos rayos del sol, exhibe un perfil espléndido. Esa cara rocosa, castigada por el tiempo y el clima, tan inamovible que debe tomarle un esfuerzo sobrehumano poder forzar una sonrisa, tiene una cualidad imperiosa, arrogante. Si quedara un lugar vacante en el Monte Rushmore, la cara de Jones bien podría cubrir el hueco.

Pero esta vez él no es un presidente; eso le queda a Daniel Day-Lewis, elegido para representar al 16º habitante de la Casa Blanca, Abraham Lincoln, en el biopic peso pesado de Steven Spielberg, Lincoln. Situado en 1865, en los últimos meses de la vida del mandatario antes de su asesinato, la película retrata sus esfuerzos por imponer la 13ª enmienda, aboliendo la esclavitud en los Estados Unidos. Un trabajo serio y sombrío, que rápidamente emergió como fuerte candidato en la “temporada de premios”: dominó las nominaciones al Oscar con doce menciones, lideró el malón en los Bafta (con 10) y en los Globos de Oro, con siete. Jones coprotagoniza el film como Thaddeus Stevens, el republicano abolicionista que a menudo se trenza en duelos políticos con Lincoln. Es todo un papel, un trabajo que ya le significó nominaciones a un Globo, un Bafta y la cuarta candidatura de su carrera al Oscar (ganó como actor de reparto en 1994, por su personaje de sheriff en El fugitivo: el arquetípico rol para Jones, un hombre de carácter fuerte, con convicciones y una fibra moral de la solidez de la roca).

Pero no hay que intentar romper el hielo discutiendo algo tan frívolo como las nominaciones de la Academia: “Ni pienso en eso, ni hablo de eso”, dice, y es el típico Jones. Hombre de pocas y preciosas palabras, este enigmático tejano de octava generación, con palmas tan anchas como una llanura y piel de cuero, es como una figura de una época ida. Actor, director, dueño de un rancho de ganado, jugador de polo, alguna vez trabajador de un campo petrolero, graduado en literatura en Harvard y ex estrella de fútbol en su colegio, su apariencia es la de un caballero inmaculado, con modales tan firmes como el nudo Windsor de su corbata. No es mi primer encuentro con Jones; es, podría decirse, un cliente complicado. Sus respuestas pueden ser taciturnas, su ánimo susceptible, y cuidado de hacer algún tipo de generalización con él. Está fresco el recuerdo de una conversación de la época de Hombres de negro II, cuando se tocó el tema de los actores que hacen demandas excesivas en el set. Pidió precisiones, y hubo un alguna. “No trato de ponerlo en la picota, sólo trato de indicarle que ésos son rumores”, dijo. “Yo, personalmente, no llevo una vida consentida. No tengo pedidos, deseos, necesidades o requerimientos en un set de filmación que no sirvan al trabajo. En cuanto a esos actores demandantes de los que usted habla, me pregunto por qué no puede decirme qué es lo que piden”. Sin mayores evidencias concretas, tuve que admitir que había hecho una generalización. “Eso es lo que quería escuchar que dijera. Puede dejarme fuera de esa generalización”.

Jones es un hombre de dualidades, como el villano que interpretó en Batman eternamente, Harvey “Dos Caras” Dent. Es un lector voraz que ha interpretado a Shakespeare, Brecht y Pinter en Harvard, y habla con una cadencia staccato que usa frases arcanas como “la industria de películas animadas”. Se le pregunta si se percata de que es una figura que impone respeto. “Los periodistas me preguntan eso todo el tiempo. Parece una pregunta fácil y atractiva para un periodista. No sé por qué, parece algo por lo que están hambrientos. Es una línea, un ángulo, no requiere demasiado trabajo. Es casi un rumor, y los rumores valen dinero. Yo no lo veo tan así, no creo que sea un hombre que se impone sobre los demás hombres, que intimide... no tengo nada que decir sobre la imagen”.

El problema es que es muy fácil caracterizar a Jones como un cascarrabias. Le sirvió para su encarnación de Ty Cobb, el icono del béisbol que interpretó de manera experta en Cobb (1994), y que tenía el mismo humor seco como un hueso. Y le dio un gran efecto a la trilogía Men in Black, en la que es un agente cazador de extraterrestres, pero también a una serie de comerciales para Boss, una marca japonesa de café envasado, en la que encarna a “Alien Jones”, un extraterrestre que llega a la Tierra bajo una forma humana para aprender la cultura y costumbres humanas. En un spot aparece trabajando en un local, con una vincha con dos antenas con ojos de plástico: una imagen digna de ser vista.

Afortunadamente, hoy está con ganas de hablar. Recuerda un viaje reciente a Londres para una subasta de fotos de su tercera esposa Dawn Laurel, con la que se casó en 2001. Laurel trabajó como asistente de cámara en The Good Old Boys, un telefilm que Jones dirigió en 1995, y es fotógrafa profesional: juntos hicieron recientemente una expedición a la Antártida con el Climate Reality Project, un grupo ecologista involucrado en la educación y concientización del cambio climático, impulsado por el ex vicepresidente estadounidense Al Gore. “Ella tomó un montón de fotografías y al Climate Reality le gustaron tanto que las pusieron en exhibición y luego a subasta”. Mientras piensa en el trabajo de su esposa, su voz se ablanda. “Tomó un par de fotografías realmente hermosas. Por supuesto, el hielo se está derritiendo, y estas imágenes de algún modo lo dramatizan. Son realmente hermosas. Vendió 17, y eso recaudó unos 400 mil dólares para sostener esta organización de la que formamos parte”.

Jones fue compañero de dormitorio de Gore en Harvard, y desde entonces mantienen una buena amistad; incluso él introdujo el discurso de nominación en la Convención Nacional de los demócratas de 2000 en la que Gore fue nominado a la presidencia, apuntando que “Al es lo más cercano que he tenido a un hermano”. Pero prefiere seguir hablando del viaje a Londres con su esposa en vez de recordar sus días de estudiante con Gore. Recuerda observar la ciudad en uno de sus típicos días nublados: “Me puse a pensar en India, Estados Unidos, Australia... pensaba en el imperialismo, y me preguntaba qué motivó a los ingleses a dejar Europa y robar todas esas tierras. Y entonces se me ocurrió: ‘¡demonios, esos tipos simplemente estaban tratando de dejar esta isla!’”.

Ya que se toman temas históricos, cabe preguntar si hacer Lincoln lo hizo reflexionar sobre la historia estadounidense. “¡Por supuesto!”, dice, casi sorprendido porque alguien lo pregunte, y que lleva a repreguntar que si lo hizo reflexionar de un modo que nunca había hecho antes. “No, no creo. Fue de algún modo como visitar la historia. Janusz Kaminski (habitual director de fotografía de Spielberg) hizo un trabajo tan maravilloso para crear la luz del siglo XIX, y los escenarios, las ropas, el pelo y el lenguaje fueron pasajes para un viaje a la América de mitad del siglo XIX. Para los actores es algo muy divertido”. A pesar de su distinguida carrera, Jones nunca antes había trabajado con Spielberg. ¿Era una ambición? “Sí, y es algo que te hace sentir muy bien con vos mismo. Te levantás en la mañana y decís ‘Ey, quiero ir a trabajar con Spielberg hoy’, y es una buena sensación. No todas las personas experimentan eso”. El sentimiento fue claramente mutuo, como lo demuestra lo declarado por Spielberg hace poco al periódico Los Angeles Today: “Tommy no sólo es un sutil instrumento solista, hay toda una orquesta sinfónica dentro de ese hombre, y yo lo sabía desde que lo elegí, con la esperanza de que representaría al Thaddeus Stevens que la historia relata como extravagante, volátil, radicalmente determinado y, para algunos, incluso de corazón blando”.

Jones es todo eso y más. Stevens, el maquiavélico presidente del Comité de Medios y Arbitrios que presionó por más políticas de tarifas e impuestos para financiar la Guerra Civil, actúa como contraparte de Lincoln, dándole emoción e intelectualizando la propuesta de abolir la esclavitud (y no solo por la relación con su casera negra Lydia Hamilton Smith). La productora de Spielberg, Kathleen Kennedy, dice que Jones “entendió inmediatamente” a Stevens. “No sé si lo entendí inmediatamente”, opina él. “Lo entendí una vez que leí las biografías y pensarlo muy profundamente. Traté de estar preparado”.

Stevens sufría de pie plano y alopecía, que le producía calvicie y pérdida de pelo corporal, lo que significa que Jones usa una peluca que lo hace lucir algo incongruente. Incluso ofreció afeitarse las cejas, pero Spielberg le dijo que esas marquesinas capilares eran la parte más expresiva de su rostro. Le pregunto si lo puso nervioso trabajar con Spielberg y el transformable Daniel Day-Lewis: “No lo sé, soy inmune a la presión”, gruñe. “No respondo a eso, lo siento porque la gente trata de trasladártelo, pero no respondo a ese intento. Soy así, punto”.

Tratar de psicoanalizar a Jones es como intentar abrir un coco con una aguja. Es un tipo bien cerrado, quizá el resultado de su tempestuosa infancia tejana, que una vez llamó “físicamente horrorizante”, definida así por las ebrias discusiones entre sus padres. ¿Alguna vez mira atrás, a esos días? “No, no miro demasiado hacia atrás”, dice y suena cansado, y por un momento algo confuso. “No sé si es una máxima, pero es mejor pensar... no sé... ‘no mirar atrás’: es como una calcomanía, no sé qué carajo quiere decir”.

Jones nació en San Saba, único hijo de Clyde Jones, trabajador petrolero, y Lucille Marie, que trabajó como policía y maestra de escuela, y tuvo un salón de belleza. Desarrolló una pasión temprana por el fútbol americano y ganó una beca para la prestigiosa preparatoria St. Marks en Dallas, antes de ser aceptado –también con una beca– en Harvard. Graduado con honores con un posgrado en Inglés, se mudó a Nueva York, donde comenzó a actuar en teatro y pagó sus deudas con la telenovela diurna One Life to Live; el debut en la pantalla grande fue como compañero de cuarto de Ryan O’Neal en Love Story (1970). Un año después, Jones se casó con Kate Lardner, nieta del veterano escritor y columnista Ring Lardner. Su matrimonio duró siete años y al cabo de ese tiempo Jones había interpretado a Howard Hughes en una película de TV, coprotagonizado el thriller de culto Rolling Thunder (un favorito de Quentin Tarantino) y ganado elogios por su policía psicópata enfrentado a Faye Dunaway en Los ojos de Laura Mars. Volvió a casarse en 1981, esta vez con la actriz Kimberlea Cloughley, a quien conoció cuando ella era extra en Back Roads, el film que hizo con Sally Field (que también aparece en Lincoln). Con Cloughley tuvo dos hijos: Austin, que hoy tiene 30 años, y Victoria, de 22.

En 1982 obtuvo un premio Emmy encarnando a Gary Gilmore, un habitante del pabellón de condenados a muerte tomado de la vida real, pero el resto de la década fue largamente olvidable, hasta que interpretó al ex policía tejano de la celebrada miniserie de 1989 Lonesome Dove (que le significó un segundo Emmy). Los noventa estuvieron llenos de eventos: una primera nominación al Oscar por su extravagante Clay Shaw de JFK (de Oliver Stone), el Oscar ganado por El fugitivo, una película de Batman y el fin de su segundo matrimonio, en 1996. Una tercera nominación al Oscar llegó por su papel de un padre perturbado en el film post guerra de Irak La conspiración, pero aun así Jones sigue preocupándose por su carrera. “No puedo evitarlo; todo actor tiene un momento en el que se da cuenta de que no trabajará nunca más. Todos los actores lo tienen. En este trabajo no hay nada seguro”. Por duro que parezca, en Jones puede advertirse una vulnerabilidad. Una vez dijo que East-wood es para él un “héroe”; acababan de trabajar juntos en Cowboys del espacio. “Me gustaría ser más como Clint que como soy... Admiro su aproximación al cine, su manera de trabajar, sus cualidades de liderazgo, su relajado sentido del humor, su autoridad. Simplemente, me cae bien Clint”.

Jones se las arregló para emular a Eastwood cuando dirigió Los tres entierros de Melquiades Estrada, un western de frontera influido por el espíritu de Sam Pe-ckinpah, que también le hizo ganar un premio al Mejor Actor en el Festival de Cannes. Si Hollywood se lo permite, volverá a dirigir: tiene un proyecto situado en la campiña llamado The Homesman, que espera poder filmar en Nuevo México este año. También se lo verá en Emperor, otra historia de la vida real que transcurre en la Segunda Guerra Mundial y en la que interpretará al general Douglas MacArthur, un hombre al que Jones define como “un héroe contra todo tipo de oposición”. Teniendo en cuenta que también filmó Malavita, un thriller de acción en el que comparte pantalla por primera vez con Robert DeNiro, parece ser un momento alto en su carrera. Y dada su ética de trabajo –esos valores trabajadores inculcados en su infancia tejana–, puede adivinarse que el retiro es algo que está muy lejos en el horizonte. Inmune a las presiones, preocupado por conseguir su próximo trabajo: es una masa de contradicciones. Un último momento de ponerlo en el diván: ¿alguna vez se siente acosado por las responsabilidades? “Supongo”, murmura. “Si la responsabilidad es una carga, y no estoy seguro de que lo sea, la siento cada día, haga lo que haga”.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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Tommy Lee Jones como Thaddeus Stevens, un personaje por el cual está nominado al Oscar al mejor actor secundario.
 
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