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Viernes, 7 de julio de 2006

CINE › “THE WORLD”, DE JIA ZHANG-KE

Un mundo ancho, lejano y ajeno

El director de Platform traza un retrato generacional de la China contemporánea.

 Por Luciano Monteagudo

8

THE WORLD

(Shijie)

República Popular China, 2004.

Dirección y guión: Jia Zhang-ke.

Fotografía: Yu Likwai.

Música: Lim Giong.

Intérpretes: Zhao Tao, Chen Taisheng, Jing Jue, Jiang Zhongwei, Wang Yiqun, Wang Hongwei, Liang Jingtong, Xiang Wan, Liu Juan.
Viernes y sábados a las 22, en el Malba.

“¡Conozca el mundo sin salir de su casa!”, incita en estos días por las calles de Buenos Aires un afiche que promociona una colección de DVD sobre “ciudades fascinantes” a las que el mensaje supone –no sin razón– que la mayoría nunca va a poder conocer personalmente. Palabras más, palabras menos, ése es también el slogan que funciona como primer motor de The World, el cuarto largometraje del chino Jia Zhang-ke, uno de los realizadores más talentosos y originales que haya dado el cine asiático en la última década. Lo que no es decir poco, considerando que la región es particularmente pródiga en cineastas de primera línea.

Ambientada en un gigantesco parque temático ubicado en la periferia de la capital china, cuyo slogan proclama “¡Vea el mundo sin salir de Pekín!”, The World –selección oficial de la Mostra de Venecia 2004– es un film coral, que pone en escena las ilusiones y tristezas de un puñado de chicas y muchachos de provincia, la mayoría de paupérrimas áreas rurales, que se ganan la vida como extras o agentes de seguridad de ese lujoso mundo artificial, de utilería, hecho de réplicas de los principales monumentos de París, Roma, Nueva York, Londres o El Cairo.

La ilusión de modernidad y globalización está en el centro del film de Jia, en el que puede considerarse un nuevo capítulo de su obra, dedicada a escribir la historia paralela, no oficial, de la China posterior a la Revolución Cultural. Los espectadores asiduos del Bafici han podido seguir paso a paso cada una de las películas de este director notable, capaz de reclamar para sí –como muy pocos– la categoría de autor. Su sorprendente ópera prima, Xiao Wu (1999) era una personalísima relectura combinada de Sin aliento, de Godard, y Pickpocket, de Bresson, que lograba descubrir la realidad de su país de una manera completamente diferente, al punto de que, luego de haber sido realizada de manera clandestina, sufrió diversos problemas de censura por parte de las autoridades de la República Popular China.

Esos problemas se agudizaron con su segundo largo, el extraordinario Platform –premio a la mejor película en el Bafici 2001– que trazaba la parábola de los jóvenes integrantes de un conjunto de teatro popular de provincia, dedicado a interpretar canciones de alabanza a Mao, que termina recorriendo los parajes más desolados con un número de música pop, acompañado por bailarinas a go go. La juventud desorientada del interior profundo de China, escindida entre las viejas consignas oficiales y las tentaciones más banales de Occidente, volvió a ser el tema predominante de Unknown Pleasures (2003), que ahora tiene su continuación con The World, como si los personajes de sus films anteriores hubieran, por fin, alcanzado llegar no sólo a Pekín sino también al mundo exterior, aunque éste sólo sea una quimera y su viaje apenas un movimiento falso.

La singularidad de todo el cine de Jia vuelve a confirmarse ahora en The World: sin dejar de ser un film a su manera político, su película trasciende ampliamente esa esfera para internarse en el mundo interior de esas chicas y muchachos que desconocían por completo todo aquello que existía más allá de las estrechas paredes de su pueblo y, de pronto, se encuentran con una realidad diferente, desconocida, que cambia no sólo su forma de vestir sino también su vida toda. A su vez, en un movimiento inverso The World también consigue expresar de qué manera la esfera de lo público invade las vidas privadas, o de qué modo el marco político se refleja en las relaciones personales. En un momento crítico del film, una de las chicas –que trabaja como “azafata” y nunca en su vida subió a un avión, o ni siquiera conoce a alguien que alguna vez lo haya hecho– le pide a su novio que no la abandone: “Sos toda mi vida”, le dice con sinceridad. Y él, que está saliendo con una supervisora, apenas un peldaño por encima del suyo en ese tácito régimen clasista, le responde secamente: “No se puede contar con nadie en estos días, no pienses tanto de mí”.

Animación computarizada, mensajes de texto de teléfonos celulares y números de canto y baile se incorporan a la película de Jia con la misma naturalidad con que sus personajes atraviesan las réplicas kitsch de las pirámides de Egipto, la Torre Eiffel o las columnatas del Vaticano. Pero más allá de ese espejismo de actualidad y cosmopolitismo, una infinita melancolía se apodera de The World: para esos jóvenes chinos (y no sólo para ellos: basta con mirar cualquier esquina de Buenos Aires), el mundo sigue siendo ancho y definitivamente ajeno.

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Las réplicas del mundo occidental alimentan la ilusión de la juventud rural china que llega a Pekín.
 
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