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Domingo, 2 de marzo de 2014

CINE › ESTA NOCHE SE ENTREGAN LOS PREMIOS OSCAR

En Hollywood, siempre es bueno volver a casa

Con todas sus diferencias, las favoritas de hoy, desde 12 años de esclavitud hasta Gravedad, pasando por Dallas Buyers Club, tienen como leitmotiv el regreso a la familia y el hogar. No es el caso de los films de Scorsese y David O. Russell.

 Por Luciano Monteagudo

12 años de esclavitud es firme candidata a llevarse el Oscar a la Mejor película.

No podría haber, a priori, dos películas más diferentes, pero tanto 12 años de esclavitud, dirigida por Steve McQueen, como Gravedad, de Alfonso Cuarón, son las dos grandes favoritas de esta noche en la 86ª ceremonia del Oscar, que se llevará a cabo en el Dolby Theater de Los Angeles. Como se sabe, una transcurre en el sur profundo de Estados Unidos, a mediados del siglo XIX, en pleno apogeo de la esclavitud, y la otra en el espacio exterior, avanzado el siglo XXI. La primera está basada en una historia real y la segunda es una pura ficción. El director de nombre y apellido idénticos a los del protagonista de El affaire de Thomas Crown no tiene parentesco alguno con el recordado actor homónimo: es británico y de raza negra (y de ganar el Oscar, sería el primer cineasta negro en tener esa estatuilla en sus manos). A su vez, el realizador de la película de ciencia ficción protagonizada por Sandra Bullock y George Clooney es mexicano, al menos si se tiene en cuenta que nació en el DF, por más que su filmografía –que va desde Harry Potter y el prisionero de Azkabán hasta Niños del hombre– la haya desarrollado casi por completo fuera de su país.

Pero, más allá de las disparidades de todo orden, tema, estilo y origen, se diría que 12 Years Slave y Gravity parecen casi cortadas por la misma tijera, la de ese gran sastre que uniforma desde siempre el mundo del cine: Hollywood. Ambas películas tienen en su centro un héroe o una heroína en peligro, a riesgo de perder su vida incluso. Ambos protagonistas padecen la soledad, el infortunio e incluso la desesperación. Pero, a pesar de que en algún momento puedan llegar a sentirse a punto de flaquear, de rendirse y de entregarse a su suerte, sabrán sacar fuerzas de donde ya no parecía haberlas. Y su espíritu, su determinación y su fortaleza moral (denotada por una música siempre enfática y creciente) se sobrepondrán a todos los obstáculos para llegar allí donde más ansían volver: a casa. Tanto en la Tierra como en el espacio exterior, la palabra más anhelada es la misma en ambas películas: home.

Más allá de sus obvias diferencias, quizás sean sus semejanzas las que hayan convertido a 12 años de esclavitud (nueve nominaciones) y Gravedad (diez) en las grandes candidatas de esta noche. No se puede asegurar que los casi seis mil miembros de la Academia de Hollywood con derecho a voto sean una masa uniforme y homogénea, pero sin duda comparten gustos y valores que son los que luego se convierten en premios. A pesar de que no es lo habitual, en este caso hay altas probabilidades de que el Oscar a la Mejor película vaya para una (12 Years a Slave) y la estatuilla al Mejor director a otra (Cuarón por Gravity), en un acto de democrática ecuanimidad académica.

A la vez, es curioso, por no decir significativo, que otra de las películas que más candidaturas recibió, Escándalo americano (diez, tantas como Gravedad), no sea la favorita de nadie en las apuestas previas de los medios de Hollywood y los casinos de Las Vegas. Hay algo incómodo, disruptivo, perturbador incluso en la película de David O. Russell, que a pesar de su rosario de nominaciones no parece entrar en la lista de nadie, pudiendo terminar –injustamente– como una de las grandes perdedoras de la noche.

Es que esos estafadores de los que habla American Hustle no tienen casa o no quieren necesariamente volver a ella: los personajes de Christian Bale y Amy Adams forman su propia, peculiar pareja por afuera de las convenciones familiares. No son cristalinos, transparentes como los protagonistas de 12 años... y Gravedad. Por el contrario, son opacos, ambiguos, inasibles, ocultan sus verdaderas identidades y sentimientos detrás de máscaras que a veces ni ellos mismos son capaces de descubrir. Se mueven en terrenos siempre inciertos, pantanosos. Según la clásica generalización de la cultura estadounidense, no son precisamente ganadores (aunque por momentos lo parezcan), pero tampoco perdedores: siempre están pendiendo de un hilo, cada vez más delgado, y se reinventan a sí mismos cuando están por chocar con el suelo.

Y ni qué hablar de Jordan Belfort, el protagonista de El lobo de Wall Street, interpretado por Leonardo DiCaprio. Con cinco candidaturas (una menos incluso que Nebraska y Capitán Phillips, que tampoco parecen tener chances), la película de Martin Scorsese luce destinada a ser el otro gran sapo de la noche, quizás porque su protagonista no es precisamente un dechado de virtudes. De su humilde casa natal huyó siendo casi un adolescente y nunca volvió la vista atrás, salvo para sumar a su padre a su gran familia de estafadores disfrazados de agentes de Bolsa (los personajes del film de Scorsese también se reinventan a sí mismos, como los de la película de Russell). Y no se puede decir que la mansión en la que Belfort guarda sus cochazos y a su Barbie sea precisamente un hogar; de hecho, termina siendo su prisión, con una pulsera penitenciaria en el tobillo.

Las jugarretas de Belfort con el dinero del prójimo son casi tan oscuras como el tráfico de medicamentos y las membresías que vende Ron Woodroof, el protagonista de Dallas Buyers Club (seis candidaturas). Ambos son putañeros, alcohólicos, drogadictos, inescrupulosos. Pero a diferencia de Belfort, el homofóbico Woodroof guarda un par de cartas ganadoras a los ojos del Oscar: tiene sida y se redime de sus pecados al punto de convertirse en un héroe para la comunidad gay, por su lucha infatigable contra la corporación médica y la connivencia gubernamental con la codicia de los laboratorios.

Tan héroe termina siendo Woodroof (Matthew McConaughey, favorito de esta noche como Mejor actor) que en el final de la película, ya moribundo, es aplaudido de pie por sus compañeros del club, como para que la platea también se levante y aplauda con ellos. Es, por cierto, un aplauso muy distinto al que le dispensan a Belfort sus socios y empleados, una banda de tahúres traicioneros que lo único que hace es llevar hasta las últimas consecuencias aquello que pregona el capitalismo salvaje estadounidense: hacer dinero de la manera que fuere. Para el cowboy Woodroof, que da la impresión de haber vivido siempre de manera trashumante, en trailers con olor a bosta, esa celebración final, en la modesta vivienda en la que funciona su club, equivale al mítico regreso del vaquero al hogar. Y en Hollywood parece que siempre paga volver a casa.

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