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Miércoles, 5 de noviembre de 2014

CINE › SOBRE EL NOTABLE DOCUMENTAL BIOPHILIA LIVE, QUE RETRATA LA úLTIMA EXPERIENCIA DE BJöRK

“La ambición es buscar algo único”

El percusionista Manu Delago y el editor Nick Fenton hablan de la película, que sirve como forma de revancha para quienes se quedaron sin ver a la islandesa por la suspensión de sus shows en 2012. El film puede verse todos los días en el BAMA Cine Arte.

 Por Luis Paz

En abril de 2012, Björk llegó a Buenos Aires para presentar conciertos que fueron de lo más impactante que se haya visto en esta ciudad. Las cuatro entregas de su Biophilia Residency no tuvieron la escala del Muro de Roger Waters o de La Garra de U2, pero eso no les quita lo excepcional. Si ya el disco Biophilia era un experimento brillante de interconexión de poesía, música y tecnología en torno del asunto naturaleza, la gira que Björk encaró a posteriori (apps y videos mediante) edificó el tótem definitivo de esta artista islandesa. Una peluca descomunal, un vestido de tejido siliconado, un coro de islandesas angelicales en su apariencia y divinas en sus dones, una bobina Tesla, un percusionista, sus raros chiches; un director de orquesta y sus aparatos. En cuatro funciones en el Centro Municipal de Exposiciones, Björk desplegó una artillería que lograba, al amparo de las tremendas y contemplativas canciones de su último álbum, una simbiosis absoluta entre el cosmos y las expresiones con las que el hombre moderno pelea la omnipotencia a su dios: la tecnología y el arte. Pero el ciclo quedó trunco cuando el quinto y último concierto, y su presentación como apertura del malogrado Personal Pop Festival, fueron suspendidos. La confirmación de la existencia de nódulos en su garganta privó a Björk de los escenarios durante una fría y áspera temporada. Pero volvió, como volvió de aquella entrega de premios Oscar con un vestido de cisne, y acabó su gira en el Alexandra Palace de Londres, en septiembre de 2013. Biophilia Live, película que se encuentra en cartelera en BAMA Cine Arte (Diagonal Norte 1150, a las 21.30, hasta el 24 de noviembre), es el registro documental y narrativo de ese show. Y como tal, una reparación cósmica.

“La primera vez que ensayamos, me sentí en el futuro”, le dice el percusionista en cuestión, Manu Delago, a este diario. “Biophilia es definitivamente una experiencia nueva. Hay tanta y tan increíble tecnología implicada en el escenario que es un verdadero desafío hacer que todo funcionara. Y además fue asombroso tener a la gente alrededor y tan cerca.” Delago y el codirector y editor de la película, Nick Fenton, hablaron con Página/12 al respecto de Biophilia Live, lo que en definitiva, y aunque se desestime el juego de palabras, es hablar sobre la vida y sobre el amor.

“La ambición siempre es tratar de hacer algo único. La música de Björk es única, así que espero que hayamos hecho un film que refleje esos aspectos de su trabajo”, alivianó Fenton, que trabajó junto a Peter Strickland con un norte tan claro y tan al norte como Islandia misma: “La película debía ser una extensión natural del álbum, sin un plan restrictivo. Considero que Björk, Peter y yo fuimos lo suficientemente abiertos para escuchar ideas y que eso dio lugar a nuestra experimentación con el registro. Pero siempre partimos de canciones que vinieron antes. Incluso las aplicaciones y los conciertos estuvieron antes que Biophilia Live, y Björk es su única madre”.

Como documental, esta obra se aparta del camino tradicional de los registros de conciertos, particularmente de aquellos de música pop y rock. Es elocuente que Björk aparezca en pantalla menos de lo que estima el apartado “solistas” del canon del rockumentalista básico; de hecho, Fenton admite que la idea fue “representar todo un proyecto del que el concierto es sólo una pequeña parte”. El diferencial está en otras decisiones, eminentemente orgánicas, pero desde un sentido estético. Ya en las Residencias había un código visual impactante: los rayos del bobinado Tesla, las luces bajas ora rojas ora azules, la cadena de pantallas con proyecciones micro y macroscópicas, parásitos y constelaciones, la belleza del coro mismo y la rareza de instrumentos poco convencionales. Fenton y Strickland pusieron el concierto en escena y sobreimpusieron un cortinado de interrupciones o intervenciones visuales. El resultado es psicodélico, aunque no deliberadamente: “Las intervenciones parten de las visuales de la gira, archivos de historia natural, imágenes científicas, animaciones de las aplicaciones de Biophilia y matemática notacional. Un crítico calificó la película como un ‘tour de force psicodélico’, a mí me basta con que se sienta como algo orgánico y confortable”, dice Fenton, joven editor que viene trabajando desde 1997, fundamentalmente en cortos, documentales y películas que no habían pasado por los cines y que en los últimos años sumó trabajos importantes como Submarine, The Double y The Selfish Giant.

Del otro lado de la cámara, Manu Delago, el tipo que en su par de manos soporta el peso rítmico y a menudo parte del melódico de la traducción de Biophilia a un concierto. Un dechado de virtudes jazzeras y en percusión para música clásica y contemporánea que descree rotundamente de la distancia entre la academia y el arenero, entre el salón de clases y el patio del recreo. Un socio ideal para Björk en eso de licuar experimentación y gracia. Delago puede desatar una batahola de drum’n’bass industrial en “Crystalline” o en “Sacrifice” y luego semejar la brisa alpina, el eco de las grandes fallas o el tintineo de los corales, a veces con el xylosynyth (un xilófono digital programable) o el hang, doble caparazón que suena a marimba y luce como un adorable OVNI de escritorio.

“Me gustan los desafíos, y en Biophilia tuve la suerte de ocuparme de muchos instrumentos”, festeja Delago, que también tiene un trío (Manu Delago Handmade) con instrumentos no convencionales y un quinteto con el que presenta Living Room, conciertos para violines, contrabajo y hang. Tras su paso por Buenos Aires para las Residencias, y a la vista del suceso del estreno de Biophilia Live, Delago comenzó a pensar, incluso, en extender hacia aquí la gira que el año próximo encarará por Europa y Estados Unidos para promover el próximo disco de Manu Delago Handmade. Entre tanto viaje, además, una pausa: “Hay muchísimos sonidos en la naturaleza, y por lo tanto mucha música. Crecí en una zona rural de los Alpes, pero vivo en Londres ahora y claramente hay mundos sonoros muy distintos asociados a cada lugar. Sin embargo, también percibo un sonido que los conecta a todos. No diría que estudio esa conexión, pero estoy seguro de que hay una inspiración constante y subconsciente ocurriendo en todas partes”.

Pero, ¿no parece operar, acaso, una inspiración única en Björk, la más moderna de la clase? “He sido fan de ella durante mucho tiempo antes de empezar a trabajar juntos. Mis papás escucharon Post en los ’90 y yo me enamoré de ella con Homogenic. Tiene un montón de ideas creativas que siguen empujando las fronteras. Incluso habiendo tenido una carrera tan larga, sigue desarrollándose y su sonido siempre es contemporáneo. Claro, se las arregla para sonar como una extraterrestre, pero al mismo tiempo su música puede ser apropiada por millones de humanos”, responde Delago, que como percusionista tiene una labor que opera sobre el tiempo y el espacio y que a menudo devuelve aquella idea del cosmos como un pinball inabarcable. Como experiencia contemplativa, Biophilia Live se acerca y completa aún más el concepto del disco que la origina; en parte debido a la imaginería que la compone, es cierto, pero también por el modo en que sus directores decidieron ayudar a Björk a contar la historia. Hay momentos de evasión en que se pierde la noción de estar viendo un documental acerca de un recital. Y tampoco es que se crea asistir a una ponencia de Carl Sagan. Es otro tipo de dispositivo, una particular fibra óptica enhebrada con arte, tecnología y ciencia. Si es que al fin esas tres disciplinas no buscan la misma cosa.

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La puesta de Biophilia Residency fue impactante y renovadora desde lo visual y lo sonoro.
 
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