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Viernes, 25 de agosto de 2006

CINE › “HOOLIGANS, DIARIO DE UN BARRABRAVA”, DE NICK LOVE

Un subproducto de “Trainspotting”

 Por Horacio Bernades

5

HOOLIGANS, DIARIO DE UN BARRABRAVA
The Football Factory,

Gran Bretaña, 2004.

Dirección y guión: Nick Love.

Intérpretes: Danny Dyer, Frank Harper, Tamer Hassan, Roland Manookian y Neil Maskell.

Qué es lo que mueve a los hooligans, en qué consisten sus rituales y costumbres, cómo y por qué libran sus batallas campales son cuestiones que un enfoque documentalista permitiría reflejar muy bien. Sobre todo tratándose de cine inglés, que desde el Free Cinema de los ’60 hasta Ken Loach y sucesores supo hacer del documentalismo su llave maestra. Pero hay un problema: por mejor consideradas que estén, esa clase de películas nunca llenó las salas. Si se quiere apuntar al mercado global, el pragmatismo aconseja la estética contraria. Una que se parezca al clip, con música al mango, velocidad y montaje entrecortado. Eso debe haber pensado los productores de Hooligans, diario de un barrabrava, un film que en lugar de meterse con su tema, sólo pretende sacarle el jugo.

Abrevando desvergonzadamente en el modelo de Trainspotting (que le robaba a su vez sin asco al Scorsese de Buenos muchachos), Hooligans empieza igual que la película de Danny Boyle y, por ende, la de Scorsese. Desde el off y con actitud desafiante, el protagonista se presenta a sí mismo y a sus compinches. A medida que aparecen, cada uno de ellos queda congelado, con el nombre al pie del encuadre. Como el cockney en que se expresan suena muy parecido al escocés de la calle, el carácter sub-Trainspotting de Hooligans se hace aún más evidente. Gente no precisamente lumpen sino de clase media baja, el narrador y su grupo son hinchas del Chelsea, el equipo de Hernán Crespo. Las dos batallas campales centrales de Hooligans se libran contra los barrabravas del Tottenham y el Millwall, estos últimos enemigos jurados del Chelsea.

Hooligans (que no dirigió el músico pop Nick Lowe, sino su casi tocayo Nick Love) tiene todos los tics de lo que podría llamarse cine global contemporáneo: un relato en off que le explica al espectador todo lo que ve o verá, un cast inadecuado (el protagonista tiene tanta pinta de hooligan como David Beckham de desharrapado del Tercer Mundo y el líder de la barra brava se parece más a Curly, de Los Tres Chiflados, que al Abuelo), acercamiento epidérmico a los personajes, indiscriminación de registros (con apelaciones al onirismo más elemental), golpes bajos (toda la sensiblería que rodea al abuelo del protagonista, que pierde a su mejor amigo), moralina (otra vez el abuelo, dándole filípicas a chicos heavies) y, cómo no, virulentas erupciones reaccionaras. “Yo peleé en la guerra para que delante de Bretaña pudiera escribirse la palabra Gran”, dice el abuelo y los que lo escuchan miran para abajo, avergonzados. En ese momento, Hooligans hace pensar en Las barras bravas, aquel informe policial de Enrique Carreras, y dan ganas de salir a romper Londres.

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