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Martes, 30 de junio de 2015

CINE › SILVIA DI FLORIO, GUSTAVO CATALDI Y SU DOCUMENTAL ANCONETANI, SOBRE LA MíTICA MARCA DE ACORDEONES

“Transmiten el secreto de su oficio”

Los realizadores proponen un retrato de la familia Anconetani, fabricantes de los acordeones que llevan su apellido.

 Por Oscar Ranzani

Cualquier amante de la música popular sabe de qué le hablan cuando se menciona la palabra Anconetani. Pero detrás de esa marca de acordeones está la historia de una familia que tiene ese apellido. A principios del siglo XX, el italiano Giovanni Anconetani, oriundo de Loreto, Ancona –una región de Italia especializada en la construcción de acordeones–, vino a la Argentina como representante de Paolo Soprani, la fábrica de esos instrumentos que, por aquel entonces, era mundialmente conocida. Giovanni no sólo los vendía, sino que también los construía de manera artesanal. Cada uno era único. Pero terminada la Primera Guerra Mundial, dejaron de llegar las piezas importadas de Europa y, entonces, Giovanni decidió fundar su propia fábrica, ahora sí con su apellido a secas: Anconetani. En esa fábrica trabajó y sigue trabajando su familia. Esta es la historia que dio origen al documental Anconetani, de Silvia Di Florio (quien había realizado el documental Raúl Barboza, el sentimiento de abrazar, entre otros) y Gustavo Cataldi, director de fotografía que debuta como director en este film. Anconetani se estrena este jueves en el Espacio Incaa Gaumont.

El film está narrado por Nazareno Anconetani, el hijo de Giovanni, un hombre de edad avanzada que es, a su vez, el corazón de la película. Nazareno heredó el oficio y desafía el paso del tiempo arreglando acordeones y tocando la batería de tal manera que haría ruborizar a más de una estrella del rock. Su taller es ideal para un set de filmación: está lleno de objetos y luce como si no hubiera pasado el tiempo. Una de las escenas data de 2014, durante el Mundial de Fútbol, y lo tiene a Nazareno como protagonista mirando un partido de la selección de Italia en un televisor en blanco y negro. En su querido barrio de Chacarita, Nazareno pasa sus días aún trabajando y transmitiendo los secretos del oficio a su sobrino nieto. Y en la casa de los Anconetani, donde funciona el taller, también se encuentra el Museo del Acordeón, que lo crearon los descendientes de Giovanni para preservar la memoria de su trabajo. El film también muestra a músicos importantes como el Chango Spasiuk y Raúl Barboza visitando el taller donde se encuentra el carismático Nazareno.

Justamente a través del documental sobre Barboza, Di Florio llegó a conocer a Nazareno Anconetani y el taller familiar. “Al terminar esa película, fui al taller a llevar un DVD y unos afiches y me encontré allí con Barboza, quien me presentó a Nazareno”, cuenta la directora en la entrevista de Página/12, en la que también participa Cataldi. La realizadora sintió una “grata sorpresa” al conocerlo porque, reconoce, “era un personaje entrañable, hermoso, divino y eso se notó desde el primer encuentro”. Si bien no accedió enseguida al taller, vio el lugar y dijo: “Acá hay algo”. Cataldo había hecho cámara en el documental sobre Barboza y Di Florio lo convocó para codirigir Anconetani.

–¿La ven como una película porteña?

Gustavo Cataldi: –Como la del inmigrante transformado en porteño, diría.

Silvia Di Florio: –Hay una mezcla. A nosotros nos pegó muy particularmente esta cosa de raíz que tienen el lugar y Nazareno. Si bien Nazareno no conocía Italia, tanto él como toda su familia tenían una raigambre muy importante y muy intensa de transmisión.

G. C.: –Y se hablaba en italiano, se comían los tallarines...

S. Di F.: –Todo lo que allí pasaba era como trasladarse en el tiempo: a tiempos pasados. Ingresar a ese lugar significaba meterte en otra dimensión. Entrabas a 1930.

–Aun así, la película destila porteñidad, ¿no?

S. Di F.: –Justamente, Nazareno nació y se crió en Chacarita,

–Además de la historia de los Anconetani, ¿la película también busca reflexionar sobre la extinción de ciertos oficios?

S. Di F.: –Oficios y valores.

G. C.: –Sí, porque hay mucho puesto en los valores.

–¿Cómo notaron la transmisión del oficio de las viejas generaciones a las nuevas de la familia Anconetani?

S. Di F.: –Sobre todo en la nuevas generaciones hay un enorme deseo de transmitir. Lo que se veía era a Nazareno todos los días en el taller, a las sobrinas Susy y Elvira que hacían fuelles y restauración de instrumentos en el taller. Y después las generaciones más jóvenes, como Diego, hijo de Elvira, y discípulo de Nazareno. Lo que pasa es que la industrialización, la “chinización” de todas las industrias hacen que hoy por hoy no se fabriquen más acordeones aquí. Entonces, sí se reparan, se afinan. Pero de alguna manera, el oficio está como minimizado y se va achicando.

–¿Por qué decidieron que Nazareno narre buena parte del documental?

G. C.: –Fue un destino que nos marcó el mismo personaje. Nosotros arrancamos con la idea de hacer un documental más relacionado con la historia de la familia, de los fabricantes de acordeones y de los luthiers. Y el personaje nos absorbió, nos llevó de la mano por todos lados.

S. Di F.: –Es un personaje cautivante.

G. C.: –Y se transformó en ese estilo de película: no tiene entrevistas directas, las imágenes de archivos no se complementan con música y off, sino que era el personaje el que nos llevaba por distintos lugares.

–Era inevitable que, por el tema que aborda, el documental tenga mucha música. ¿Cómo buscaron complementarla en la estructura narrativa?

G. C.: –Fue una búsqueda muy intensa de prueba y error también.

S. Di F.: –Igual, hubo que ir buscando dónde realmente era necesario y dónde daba placer escuchar al acordeón y dónde saturaba y molestaba. Fue todo un tema.

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“En las nuevas generaciones hay un enorme deseo de transmitir valores”, dicen Di Florio y Cataldi.
Imagen: Pablo Piovano
 
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