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Domingo, 13 de septiembre de 2015

CINE › EN UN MOMENTO ESPECIALMENTE CALIENTE, ALGUNAS PELICULAS QUE TOCAN EL TEMA

El calvario de los migrantes en pantalla

En los últimos años, el cine abordó varias veces una cuestión que en los recientes días tomó ardiente actualidad. Aquí se ofrece un repaso de algunas visiones destacadas, que ponen el foco en migrantes de países árabes, de Europa del Este o africanos.

 Por Horacio Bernades

La cuestión cuenta con varios títulos valiosos, desde la ficción y el documental.

No es raro que el cine de los últimos años haya abordado con regularidad el tema de los migrantes sin papeles, que parten de países pobres en busca de trabajo y de países en guerra en busca de sobrevivencia. En días más tendrá lugar en Buenos Aires otra edición del Festival de Cine Migrante. Dado que en las últimas semanas se hizo álgido el tema de migrantes provenientes de países árabes en guerra –Siria e Irak, sobre todo–, con una cifra estimada de 200 mil hombres, mujeres y niños ingresando a Europa durante el último año, es momento de repasar algunas de las películas que han abordado el tema, desde la ficción y el documental. Teniendo en cuenta la vastedad del tema, el repaso se ceñirá a quienes migran de países árabes, de Europa del Este o africanos, intentando arribar a la Europa rica por los Balcanes o a través del Mediterráneo.

Uno de los films más conocidos sobre migrantes, In This World (Michael Winterbottom, 2002) narra la odisea de dos muchachos afganos que huyen de un campo de refugiados en Paquistán, intentando llegar a Londres a través de la “ruta de la seda”, que atraviesa Irán y Turquía, para arribar a Italia. Lo hacen subiendo a camiones, filtrándose eventualmente en containers, espacio hermético de donde no hay garantías de salir vivo. Un recorrido semejante hace el protagonista de la francesa Welcome (Philipe Lioret, 2009), un adolescente kurdo iraquí que, huyendo de la persecución a la que son sometidos los suyos también atraviesa Europa. Claro que, llegado al puerto francés de Calais, descubre que todavía le falta cruzar el Canal de la Mancha. En Terraferma (2011), Emanuele Crialese aborda otro cruce marítimo que saltó recientemente, de modo trágico, a las primeras planas: el de quienes intentan pasar del norte de Africa a Sicilia a través del Mediterráneo. Terraferma es una de las escasas películas que abordan un tema que también hizo crisis recientemente: el de la hostilidad de sectores de la población europea ante los inmigrantes sin papeles.

Dos films españoles tratan el tema de quienes se lanzan a cruzar el Mediterráneo desde el Magreb africano. En 14 kilómetros (Gerardo Olivares, 2007), un joven nigeriano, su hermano y una muchacha que viene huyendo del fundamentalismo que rige la vida cotidiana en la República de Mali, atraviesan el Sahara rumbo a Argelia, desde donde esperan cruzar a España. Pero son presas de lo que podría llamarse la “industria de explotación del migrante pobre”, que los deja perdidos en el desierto. A esa industria representa el empresario de pompas fúnebres que en Retorno a Hansala (Chus Gutiérrez, 2008) viaja a Marruecos junto con la hermana de un muchacho ahogado en el estrecho de Gibraltar, cuya intención es repatriar su cadáver. Otro es el administrador de pensiones que lucra con inmigrantes en La promesa, de los hermanos Dardenne (1996). Los Dardenne hicieron protagonista de El silencio de Lorna (2008) a una emigrada lituana que se gana la vida como prostituta en Bélgica, donde la hostilidad ante los inmigrantes también saltó a las páginas de los diarios.

Dos documentalistas europeos vienen encarando el tema con constancia, tal como pudo advertirse en el Bafici y el DocBsAs. Uno es el suizo Fernand Melgar, nieto de españoles exilados durante el franquismo en Marruecos, cuyo origen lo hace sensible a la cuestión. Más aún teniendo en cuenta que su país de adopción (llegó a Suiza a los dos años) es uno de los más restrictivos en la materia. Al instalar su cámara junto a los migrantes, compartiendo las situaciones de abuso que se les hace atravesar, Melgar pone al espectador en la posición de quienes buscan asilo. En La fortaleza (2008), de quienes esperan, en un centro de inmigrantes –de modo tan quimérico como en un relato de Kafka– que el asilo les sea concedido. En El albergue (2014), de aquellos que, previo pago de 5 euros la noche, logran acceder a él. Y los que no.

Vuelo especial (2011) es más aterradora: aunque no tenga la repercusión que el asunto merece, Suiza practica deportaciones, enviando de vuelta a inmigrantes a sus países de origen en vuelos con custodia policial y provistos de pañales, para afrontar sin escalas trayectos que pueden durar hasta cuarenta horas. Si el inmigrante ilegal tenía trabajo, se lo priva de él. Hijos, esposa: lo mismo. Se los deposita en un país del que partieron, en ocasiones, hace décadas. “Es indigno que un país rico trate así a sus inmigrantes, es inhumano”, se enfurece Melgar, él mismo inmigrante ilegal. “Llegué a Suiza a los dos años, en 1963, cruzando la frontera clandestinamente. Mi hermana y yo pertenecemos a ‘la generación de los armarios’, porque debíamos escondernos de las autoridades. Hasta 2004 se prohibió a inmigrantes llevar sus hijos a Suiza.”

Invitado especial del Bafici cuatro años atrás, el francés Sylvain George dedicó dos películas a registrar el día a día de quienes llegaron hasta Calais y allí aguardan la oportunidad de cruzar el Canal de la Mancha, como polizones, por mar o por tierra, a través del Eurotúnel. La primera de ellas, Qu’ils reposent en révolte (Des figures de guerre 1), ganó la Competencia Internacional del Bafici 2011, y se estrenó en 2012 en la sala Lugones, con el título Figuras de guerra. La segunda es Les éclats (Ma gueule, ma révolte, mon nom). Documentalista solitario, George convive con los migrantes, a quienes filma en un blanco y negro muy contrastado, que da a las imágenes un pertinente carácter rugoso, al tiempo que hace de ellos difuminados fantasmas oscuros. Que es lo que tal vez sean.

Las largas horas que Sylvain George pasa con ellos le permiten acechar, en Figuras de guerra, el paso de los camiones junto a un migrante iraquí que se esconde entre los matorrales. O mostrar en detalle el procedimiento que utilizan para borrar sus huellas digitales, levantando la capa de piel más superficial con hojitas de afeitar, para raspar luego el dorso de los dedos con clavos al rojo. De sus dos horas y media, Figuras de guerra dedica el último tercio a narrar en tiempo real el desalojo de un campamento de migrantes, ordenado por el Ministro de Inmigración del gobierno de Sarkozy. Apoyados por voluntarios de ONG, los acampados intentan resistir a la policía, hasta que se ven obligados a ceder. Grúas y aplanadoras completan la tarea.

Atento al detalle, George filma los melancólicos restos de pertenencias: un colchón, un par de zapatillas perdidas, un bolso que no hubo tiempo de llevar. Filma también los paradójicos afiches que promocionan productos de consumo, con los que los migrantes armaron las “paredes” de sus tiendas. “Huir, huir, huir hacia adelante”, sintetiza un hombre huido de Ghana en una balsa sin provisiones ni combustible, definiendo con certeza en qué consiste la vida de un migrante sin papeles.

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