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Jueves, 14 de diciembre de 2006

CINE › “NIÑOS DEL HOMBRE”, DE ALFONSO CUARON, CON CLIVE OWEN, JULIANNE MOORE Y MICHAEL CAINE

Cuando el futuro es un presente oscuro

El director de Y tu mamá también le sacó unos cuantos millones de dólares a la Universal para hacer una de las mejores películas de ciencia ficción producidas por un gran estudio de Hollywood en mucho tiempo, una fábula sobre un mundo distópico muy parecido al actual.

 Por Luciano Monteagudo

Los prejuicios suelen ser malos consejeros. El nombre de P. D. James –una escritora inglesa de intrigas policiales destinadas al estante de los best sellers– no prometía mucho como la autora de la novela que está en el origen de Niños del hombre. El director de la película, el mexicano Alfonso Cuarón, tampoco: a pesar de haber dirigido la que puede ser considerada como la mejor película de la saga Harry Potter (El prisionero de Azkabán) siempre se sospechó, quizás injustamente (sus versiones de Grandes ilusiones y La princesita eran por lo menos extravagantes), que el realizador de Y tu mamá también sólo aspiraba a convertirse en un eficaz amanuense de Hollywood. Sin embargo, ¡sorpresa!: Children of Men es una de las mejores películas de ciencia ficción producidas por un gran estudio de Hollywood en mucho tiempo. Es más, se diría que el primer mérito de Cuarón es haber logrado convencer a la Universal de que valía la pena poner unos cuantos millones de dólares (se habla de 80, pero esa cifra escandalosa parece un mero alarde publicitario) para un proyecto personal, que ofrece una visión no precisamente optimista del futuro cercano. Un futuro, por otra parte, muy semejante a muchas de las más tremendas lacras del presente.

El término “distopía”, acuñado en el siglo XIX por el filósofo y economista inglés John Stuart Mills para definir la antítesis de utopía, ha servido para identificar algunas de las peores y más recurrentes pesadillas de la science fiction desde 1984, de George Orwell: una sociedad en decadencia, sometida a un gobierno centralizado y totalitario, que ejerce un control tiránico y brutal de sus ciudadanos. Bueno, el mundo que pinta Niños del hombre es claramente distópico. Corre el año 2027, las principales capitales del mundo occidental están colapsadas o en ruinas a causa de pandemias y ataques terroristas y Gran Bretaña, fiel a su tradición insular, se asume como el último baluarte de la civilización, a costa de una política desembozada de limpieza étnica, que destina a los inmigrantes y refugiados (llamados fugis) a una muerte segura en campos de concentración. No sólo eso sucede en el 2027: a causa de motivos que nadie ha podido precisar (¿polución radiactiva, experimentación genética?), hace 18 años que reina en todo el planeta la infertilidad absoluta. El hombre más joven del mundo es Baby Diego, un muchacho mendocino, que cuando comienza el film las noticias dan por muerto en un atentado, causando en la población de Londres (conectada on line por miles de pantallas de plasma, en la calles, en los buses, en el trabajo) una desmoralización aún mayor que la que le produce su terrible vida cotidiana.

En ese contexto sobrevive apenas, como todos, Theo Faron (Clive Owen), un fumador compulsivo, adicto al whisky incluso en el desayuno, un personaje cuyos vicios y su Perramus identifican –en la memoria colectiva del lector de comics y novelas pulp– como un idealista de los buenos viejos tiempos, apenas escondido detrás de su máscara de abandono y cinismo. Y a él recurre Julian (la estupenda Julianne Moore), que alguna vez fue su pareja y hasta la madre del hijo que perdieron y que ahora lidera una organización guerrillera que lucha por los derechos de los fugis. Hace años que Julian no ve a Theo, pero cuando lo recluta (sin pedirle permiso) le encarga una misión que parece imposible: sacar del país a una chica negra y ponerla en un barco clandestino que se supone se acercará a las costas inglesas y donde se incuba la semilla de un hipotético “Human Project”. Por qué esa chica en particular y no otras de las miles que se hacinan en los gulags ingleses es algo que Faron no tardará en averiguar y que hará aún más difícil su misión.

Lo primero que consigue el director Cuarón es que ese futuro cercano sea tan agobiante como inmediatamente reconocible. Apoyado en un magnífico trabajo de dirección artística, cada detalle de Londres remite a una idea del presente apenas desplazado de su eje, como si cualquier gran ciudad contemporánea (Buenos Aires, por caso, con sus inmensas pilas de basura y su ejército de fugis, aquí llamados cartoneros) estuviera casi a punto de convertirse en ese siniestro porvenir que pinta la película. El segundo logro de Cuarón es, desde la primera escena, habitar la subjetividad del protagonista, a partir de un cuidadoso, deliberado uso del “plano-secuencia”, esas largas tomas sin cortes con las que acompaña el devenir de Faron. No se trata solamente de lucir su virtuosismo como director (aunque hay algo de vanidad y de exhibicionismo en esos despliegues) sino también de hacerle sentir al espectador que comparte el punto de vista del protagonista al punto de no poder despegarse de él, ni siquiera en los momentos de mayor violencia, que no son pocos.

Sin haber leído la novela de P. D. James es difícil concluir qué pertenece a la escritora y qué al director. El propio Cuarón ha declarado a la prensa que apenas utilizó la premisa básica del relato, pero sea como fuere hay varias subtramas que la película logra manejar e integrar al curso principal sin afectar su eficacia narrativa. Una es el conflicto de poderes y el complot que Faron descubre en el seno de la organización guerrillera y que, como si todo fuera poco, pone en riesgo su vida por partida doble. Otra es su entrañable relación con un viejo francotirador contra el sistema, un hippie recluido en su guarida en medio del bosque, donde cultiva su propia, sofisticada, marihuana, y que le permite a Michael Caine (que parece John Lennon como si hubiera sobrevivido al ataque de Mark David Chapman) entregar una de esas pequeñas actuaciones secundarias para la antología.

Hay un condimento sesgadamente religioso en la película que quizá tenía más presencia y significación en la novela de James, de quien se sabe es una mujer de pensamiento conservador y fiel devota de la Iglesia Anglicana. Pero, una vez más, Cuarón consigue tomar el control de su película y –a pesar de un epílogo decididamente torpe, que abusa de una música mística y enfática, quizá su única concesión a la Universal– esquiva siempre la tentación de convertirse en un predicador (tentación en la que no deja de caer su coterráneo Alejandro González Iñárritu, el director de Amores perros, 21 gramos y la inminente Babel). Por el contrario, se diría que cada vez que ronda este peligro, Cuarón prefiere inclinarse en cambio por la pura acción física, por el cine de género, por la estética del comic o –como en la impresionante secuencia final– por una ambición equivalente a la de Stanley Kubrick en Nacido para matar: inmiscuirse con su cámara en medio de una guerra auténtica.

8-NIÑOS DEL HOMBRE

(Children of Men) Estados Unidos/Gran Bretaña, 2006.

Dirección: Alfonso Cuarón.

Guión: Cuarón y Timothy J. Sexton, basado en la novela homónima de P.D. James.

Fotografía: Emmanuel Lubezki.

Música: Fragment of a Prayer, de John Tavener y otros fragmentos.

Intérpretes: Clive Owen, Julianne Moore, Michael Caine, Danny Huston.

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Michael Caine es un viejo rebelde que ayuda a Clive Owen en su misión suicida.
 
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