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Jueves, 3 de abril de 2008

CINE › TROPA DE ELITE, DE JOSE PADILHA, OSO DE ORO DE LA BERLINALE

Matando negros a garrotazos

El ametrallamiento visual de la película jamás podría dar pie a comprender mínimamente una cuestión tan compleja como la que el film aborda: lo único que permite “entender” es que hay que matarlos a todos ya mismo, tanto a los del morro como a los del porro.

 Por Horacio Bernades

5

TROPA DE ELITE
Brasil, 2007.

Dirección: José Padilha.
Guión: J. Padilha, Rodrigo Pimentel y Braulio Mantovani.
Fotografía: Lula Carvalho.
Intérpretes: Wagner Moura, André Ramiro, Caio Junqueira, Milhem Cortaz y Fernanda Machado.

No es tanto el Oso de Oro ganado en el Festival de Berlín como la cifra de alrededor de trece millones de espectadores totalizada en Brasil desde mediados del año pasado (se trata de un estimado, ya que en copias piratas la vio el triple de gente que en el cine, desde tres meses antes de su estreno) lo que revela la condición de fenómeno político, cultural y social de Tropa de elite, en la que se narra el combate de integrantes del BOPE (escuadrón especial de las fuerzas de seguridad de Río de Janeiro) contra el narcotráfico. Leña echada sobre un fuego de por sí vivo, es lógico que el público se haya dividido con violencia ante ella, dando lugar a ríos de notas, opiniones de todo tenor y hasta intervenciones de políticos y funcionarios, incluyendo al mismísimo Lula da Silva. Aquí, sin embargo, esta película-fenómeno se lanza con una intensidad llamativamente baja, a pesar de que uno de sus productores es el argentino Eduardo Costantini (h). Lo cual no la vuelve menos quemante, por cierto.

Dirigida por el carioca José Padilha –autor de Omnibus 174 (2002), uno de los más conmocionantes documentales latinoamericanos en años–, originalmente Tropa de elite iba a ser un documental, a partir de una investigación emprendida por su director, junto con el capitán Rodrigo Pimentel y su compañero André Batista, ex miembros del BOPE (Batalhao de Operaçoes Policiais Especiais). Lo cual supone ya toda una elección de parte del realizador. En algún momento la cosa viró a ficción, se sumaron coproductores internacionales (además de Costantini, los poderosísimos hermanos Weinstein, cuya legendaria capacidad de lobby debe haber incidido en la obtención del Oso berlinés) y el proyecto terminó agrandándose. Con un magnífico Wagner Moura en la piel del capitán Nascimento (obvio alter ego de Pimentel), Tropa de elite presenta a su héroe al borde del retiro y en busca de sucesor, tras diez años de servicio. Tal vez como modo de sacar las papas del fuego del presente político, se eligió situar la acción en 1997, con el propio Nascimento como narrador en off.

Ese último dato es clave, aunque más no sea como coartada ideológica. Tropa de elite no pretende ser una “descripción objetiva” del combate policial contra el narcotráfico, sino que “reproduce” la narración que de él hace uno de sus protagonistas. Un protagonista que no es cualquiera: todo un fundamentalista de la violencia, Nascimento está metido hasta el tuétano en una batalla que, como él mismo reconoce con orgullo, es una guerra sucia, en la que nadie aspira a la menor pátina de legalidad. Durante las explosivas dos horas de metraje se ve a Nascimento y a sus compañeros entrenarse para matar y luego hacerlo (previa tortura, llegado el caso) entrando a sangre y fuego en cualquier favela. En particular en una de ellas, llamada Babilonia y gobernada por un traficante tan poderoso como despiadado, a quien todos conocen como Baiano. Aceptando que lo que narra Tropa de elite no pretende ser “la verdad objetiva”, es evidente que el punto de vista elegido no hace más que parcializar y recalentar el relato. Punto de vista que no sólo nunca queda contradicho, sino que encima se verá reforzado por una importante subtrama.

Tratándose de un Rambo con capacidad de reflexión, la hegemonía del off por parte de Nascimento no podía dar otro resultado que no fuera una recargada, en más de una ocasión intrusiva bajada de línea de dos horas. Por largos momentos la película remeda un institucional de promoción del BOPE o un documental de reclutamiento de ese escuadrón policial. De hecho, el reclutamiento de nuevos postulantes constituye una de las líneas maestras del relato, ya que de allí deberá surgir, como nuevo Mesías armado, el anhelado sucesor de Nascimento. Artilugio típico de todo film justificatorio de la violencia, este segundo héroe está diseñado para funcionar como alter ego del espectador. Cuestión de inducir a la identificación, André (el morocho André Ramiro) es un tipo de naturaleza mansa y tranquila, a quien los hechos terminarán convirtiendo en una bestia capaz de patotear, torturar y asesinar. ¿A los traficantes? No sólo a ellos.

Miembros de una ONG que trabaja en la favela y estudiantes de clase media que fuman porro son vistos, primero por Nascimento y luego también por André (a esta altura el punto de vista único ya se ha duplicado), como cómplices directos del narcotráfico. Más concretamente como unas larvas, a las que se impone barrer con tanta saña como a los propios criminales. A cargo del mismo equipo técnico de la ultramanipuladora Ciudad de Dios (y contando con uno de sus guionistas también), la puesta en escena de Tropa de elite sume al espectador en un mareo hecho de cortes abruptos, bruscos movimientos de cámara, inestabilidad visual y saltos de raccord. Un ametrallamiento sensorial de este calibre jamás podría dar pie a comprender mínimamente una cuestión tan compleja como la que el film aborda. Lo único que permite “entender”, por el contrario, es que hay que matarlos a todos ya mismo. Tanto a los del morro como a los del porro.

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Por momentos, la película remeda un documental de reclutamiento de un escuadrón policial.
 
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