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Martes, 15 de junio de 2010

PLASTICA › LA HISTORIA NATURAL DE FERNANDO BRIZUELA, EN CHEZ VAUTIER

De la naturaleza ecléctica

Un artista que experimentó con las artes aplicadas, la fotografía y la performance, que abordó el coleccionismo, gestionó espacios y curó exposiciones, ahora juega con acuarelas sobre el género de la historia natural.

 Por Marisa Baldasarre y Marita García *

La producción de Fernando Brizuela (Buenos Aires, 1971) se desliza, se escurre por diversas situaciones y procedimientos artísticos. La curiosidad parece guiar su recorrido: él mira y luego hace cosas; en este mirar y hacer nos invita a transitar su ya largo periplo y acercarnos a la nueva producción que presenta en Chez Vautier. Por ejemplo, hace más de diez años realizó una serie de platos y tazas en cerámica que volvían con ironía a resucitar el debate entre las Bellas Artes y las artes aplicadas. También por ese tiempo se dedicaba a la fotografía. En tanto fotógrafo, desarrolló varias series que van desde una humanización de los objetos a la exploración de la geografía de lo humano. Las búsquedas en esta disciplina abordan el problema del dispositivo fotográfico a través de experimentaciones con filtros de formas y colores. A su vez, esta investigación fotográfica se trasladó a la performance en acciones con proyecciones sobre el cuerpo, en las que reflexionaba, por ejemplo, sobre la degradación y la enfermedad. Este variado campo de actividades se ha expandido a su labor como asistente de otros artistas, como montajista, como gestor de espacios (Volumen 3) y curador de muestras (Museo salvaje, Cceba, 2008; Dibujo próximo, Centro Cultural Ricardo Rojas, 2007). En compañía de Beto de Volder y Mariano Dal Verme actuó como coleccionista en el proyecto La Recolección, emprendimiento de donación de obras e intercambio entre artistas realizado desde su sitio de trabajo por más de ocho años: el taller de montaje ubicado en el sótano del Malba. Sin olvidar agrupaciones (el grupo Cero Barrado) y vinculaciones (el TPS, La Baulera, La Punta y La Guarda, entre otros ámbitos artísticos) con los que trabó activos vínculos de su carrera artística.

Ahora bien, ¿por qué realizar esta enumeración de tan diversas actividades? ¿Ecléctico? ¡Sí! Su modo es ser de muchos modos. En Brizuela el gusto por el eclecticismo es una elección y, por qué no, una necesidad. A la luz de su obra este adjetivo no deviene peyorativo, sino todo lo contrario, da cuenta de su diversidad. Esta dispersión –no sin costos para su pululante espíritu– nos devuelve un amplio espectro de producciones guiado por la experiencia del movimiento y la versatilidad. Así, uno podía verlo trasladándose en bicicleta por la calle Corrientes pergeñando alguna nueva intervención.

La multiplicidad con la que el artista ha abordado los materiales y el (ilimitado) espacio de lo artístico nos permiten pensarlo como un “artista total” o, en su acepción wagneriana, como un propulsor de la Gesamtkunstwerk. Sin embargo, claro está que esta idea nodular de la vanguardia aparece en su obra en tanto destellos, como esquirlas de esa máquina totalizante. Su producción involucra sólo vestigios de esta utopía: apariciones oníricas, fragmentos perdidos de ese mundo con un único sentido. El mundo de Brizuela, ágil y aéreo, nunca podrá sucumbir a la homogeneidad de la totalidad.

Su última producción –parte de su búsqueda megalómana por aprehender diversos aspectos del mundo– se exhibe actualmente en Chez Vautier y lleva por título “Historia natural”. Disciplina casi tan antigua como el mundo occidental y practicada ampliamente a partir del siglo XVIII, la historia natural tuvo el fin de clasificar y ordenar todo el repertorio de los seres vivientes. Sin embargo, esto no implicó una mirada desapasionada y objetiva sobre plantas y animales, sino por el contrario; en los álbumes de acuarelas que despliegan las series de aves, mariposas o flores silvestres se traslucen miradas ampliamente influidas por las búsquedas del arte de ese momento. Así como el naturalista fue generalmente un aficionado más que un científico, así es el acercamiento de F. B. a la acuarela. Libre y vehemente, retoma un género tradicional utilizado por las bellas artes para la obtención de sutilezas y detalles que no admiten el error ni la vuelta atrás, para experimentar qué pasa en esa mancha que parece detenerse en el momento justo. De ahí lo interesante de establecer contactos con un referente incuestionable en esta técnica como Fermín Eguía y su catálogo de seres monstruosos.

Al igual que en las enciclopedias naturalistas, los especímenes que selecciona Brizuela han sido separados de su hábitat natural, pero aquí la voluntad de claridad se tergiversa para mostrarlos dormidos, echados o muertos, volviendo difusas sus características distintivas. Lo mismo sucede con las plantas, que además trepan e invaden el cuerpo humano. Animales y vegetales comparten también las paredes de la galería con paisajes azotados por bombas y máscaras diabólicas que alternan con logos de laboratorios farmacéuticos. ¿Quién posee más capacidad de transformación o alteración de la conciencia: las bombas de fósforo blanco, el remedio comercializado o el chamán que se corporiza en bestia?

La galería Chez Vautier es un emprendimiento de circulación y promoción de artistas emergentes, iniciado en 2008 en Parque Patricios. Se trata de una antigua fábrica de toallas remodelada en departamentos como parte de una inversión inmobiliaria subsidiada por el Gobierno de la Ciudad. En este edificio sus pobladores adaptaron el gran volumen con una única entrada, abriendo puertas y ventanas en la fachada; así, vemos una arquitectura flexible y versátil en las formas del habitar. Aquí conviven grupos culturales diversos en algo que parece evocar el deseo vanguardista de unir arte y vida. (En Chez Vautier, Uspallata 2181, 1º A, los sábados de 17 a 21, hasta el 3 de julio.)

Doctoras en Artes; docentes universitarias e investigadoras.

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Dos de las acuarelas de Brizuela que integran la muestra “Historia natural”.
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