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Martes, 6 de marzo de 2012

PLASTICA › ALMARAZ, AZAR, ESPINOSA, GAMARRA, LAMOTHE, LINDNER, SAN JORGE, TOBARES

Algunas preguntas de estos tiempos

Hoy el Fondo de las Artes inaugura una exposición con ocho artistas de Córdoba, La Rioja, Catamarca y Buenos Aires sobre la relación entre arte, progreso y modernidad. Una entrevista con el curador, el cordobés José Pizarro.

 Por Fabián Lebenglik

José Pizarro (Córdoba, 1966) es artista visual, curador y docente. Mostró su obra en Argentina y en el exterior. Sus últimas exposiciones individuales fueron en el Museo Macro de Rosario (2008) y en el Caraffa, de Córdoba (2009).

Como curador, sus muestras más recientes fueron “Metáfora de acción. El trabajo de los artistas”, en el Museo Genaro Pérez (Córdoba, 2010) y “Archivo”, en el Caraffa, el año pasado.

Hoy, en el Fondo Nacional de las Artes (Alsina 673), se inaugura la muestra “Contra el progreso”, con curaduría de Pizarro, que incluye a los artistas Alejandro Almaraz (Buenos Aires), Amadeo Azar (Mar del Plata), Sebastián Espinosa (Catamarca), Susana Gamarra (nació en Salta; se formó, vive y trabaja en Córdoba), Luciana Lamothe (Buenos Aires), Lux Lindner (Buenos Aires), Marisol San Jorge (Córdoba) y Elías Tobares (La Rioja).

Página/12 entrevistó a Pizarro durante el tramo final del montaje de la exposición.

–¿Por qué te preocupa la relación entre el arte y el progreso?

José Pizarro: –Hace tiempo que venía pensando en algunas de las preguntas de este tiempo: las nuevas tecnologías, las máquinas, la robótica, y ahí aparece algo que me resulta fundamental y es la relación entre el cuerpo y la máquina. Actualmente se vuelve a pensar la modernidad aunque desde otro lugar. Allí aparece también la pregunta sobre hasta dónde nos llevó el progreso. Y creo que este tipo de derivaciones son las que llevaron a las vanguardias a hablar sobre la violencia y sobre el rol del trabajo.

–Sin embargo, el arte, desde el que podría hacerse una crítica del progreso, es una forma del conocimiento que no progresa.

J. P.: –Es cierto que el arte no progresa, pero los espacios de formación se ampliaron mucho y el arte está permanentemente asediado por otros campos, como la tecnología. La reflexión sale del arte, para ubicarse en el arte. Muchas veces se piensa en el arte como una puerta de salida, por ejemplo en artistas que trabajan con lo textual o con la fotografía. A mí me gusta hacerme la pregunta de si el arte puede discutir ideas ante la robótica, la cibernética y la tecnología.

–También trabajás con la idea de progreso en tu propia producción artística.

J. P.: –Sí, aunque no solamente. Es una cuestión que apareció en distintos seminarios y en la lectura de teoría. Claro que ni una muestra, ni un texto, ni un catálogo constituyen una investigación a fondo; tal vez permiten abrir la discusión. Porque un hecho puntal no puede pensar la idea de progreso: tiene que haber profundidad y desarrollo. Por eso cuando trabajo como curador en una muestra lo que más me interesa es la relación con los artistas y con su obra. Cuando hay tiempo de trabajo acumulado en el proceso creativo, esto beneficia a la muestra. En este sentido también me interesa algo sobre lo que trabajé en una curaduría anterior y son los procesos abiertos, ese espacio intermedio que hay entre el pensamiento y la materia, cuando la ideología está en estado latente y no termina de darse su forma. Esto se traduce, por ejemplo, en escritos o en acciones efímeras. Otro tema vinculado es el archivo, sobre el que trabajé también como curador, el año pasado. Allí nos proponíamos revelar los archivos de los artistas, sus fuentes, metodologías, sistemas de organización del pensamiento para llevar a cabo una obra...

–¿Cómo hiciste la selección de artistas y obras para esta muestra?

J. P.: –El año pasado participé durante varios meses en una clínica de producción y seguimiento de obra organizada por el Fondo de las Artes en Catamarca y La Rioja. Cuando el Fondo me propone hacer esta exposición, el trabajo en la clínica de obra todavía no había terminado y entonces yo lo tenía muy fresco. Así que pensé en dos de los artistas que participaron en esa experiencia (uno de Catamarca y otro de La Rioja) y que mejor representaban la idea que se me había ocurrido para la exposición. Después empecé a intercambiar ideas con artistas de Buenos Aires y a visitar sus talleres y seleccioné a cuatro artistas, en este mismo sentido: tomando en cuenta que la obra fuera representativa de su trabajo y del tema y que a su vez se articulara con el espacio de exposición y con otro u otros de los artistas incluidos. Finalmente elegí también a dos artistas de Córdoba, que es donde más conozco el panorama.

–La muestra se divide en tres secuencias. En la primera hay un trabajo alrededor del cuerpo. ¿Podrías hablarme sobre el trabajo de Susana Gamarra y Marisol San Jorge?

J. P.: –Susana presenta una obra múltiple en la que aparecen varios estímulos, objetos fabricados, industriales, libres; también hay archivo, documentos tomados de Internet, y con eso despliega su subjetividad. Se mete con la taxidermia, el canibalismo. Utiliza un software para tejido y produce una forma impresa hecha con material lingüístico. En su obra aparece, entre otras cosas, el fracaso del progreso a través de lo caníbal y también a través de las cosas a las que a veces nos obliga la supervivencia. Aquí está presente también el uso del documento y al mismo tiempo aparece el tema de su verosimilitud. Marisol, por su parte, ha venido trabajando su obra en torno al dibujo. Su mundo es más autorreferencial y le propuse hacer un friso con varios de sus dibujos, estableciendo una secuencia. Aquí aparece lo femenino, lo orgánico, con un tratamiento obsesivo. Me interesa la relación de proximidad o alejamiento del cuerpo en el arte contemporáneo. Hasta dónde se aspira o no a lo erótico, o se usa al cuerpo como fuente de estructuras dramáticas. También aparece simbólicamente la fragilidad del cuerpo. La tecnología pone en cuestión la relación con el propio cuerpo y los artistas muchas veces vuelcan una suerte de transferencia de lo mundano a lo estético.

–Las obras de Lindner, Azar y Almaraz eligen la relación entre arte e ideología.

J. P.: –Alejandro Almaraz trabajaba con la imagen fotográfica, aunque en ningún caso son fotos propias, sino apropiadas. Busca imágenes de los presidentes de tres países y las superpone: aquí mostramos tres obras, tres “acumulaciones fotográficas”, que por transparencia dan una extraña imagen nueva. Son los presidentes de Argentina, Estados Unidos y China. Las fotos las tomó de Internet o de libros. Acá no hay neutralización, sino acumulación y construcción de algo nuevo. En su búsqueda encontró tipologías del retrato, que cambian según las épocas y los países y no tanto según los fotógrafos, porque generalmente las fotos provienen de la función de documentar. Por su parte, Amadeo Azar elige la relación entre el dibujo, las maquetas, la escultura, las escenas simuladas. De él mostramos tres acuarelas en las que combina la geometría con la ideología; la monumentalidad de las construcciones socialistas con la ideología arquitectónica en un momento dado. Hay también una búsqueda de archivo. Y sus trabajos son también una humorada. También está la obra, más conocida, de Luis Lindner, que se hace preguntas a veces en serio y a veces irónicas, alrededor de lo patriótico. Hay algo de laboratorio y de museístico en su trabajo.

–La última vertiente de la muestra es la que se presenta en el subsuelo: se trata de una obra más enigmática, quizá más oscura.

J. P.: –Luciana Lamothe tiene varias líneas de trabajo. En este caso elegí las “construcciones” de madera. Se ve una indefinición entre escultura e instalación, como algo inacabado. Se percibe cierta violencia, como si fuera el producto de un accidente. Es una obra que puede pensarse en relación con el espacio de este subsuelo, con las cañerías, y mezclada con el entorno del sótano. Pareciera algo “no artístico”, cortado al azar. Sebastián Espinosa presenta un video de escala cinematográfica y en ese pasaje se advierte mejor la dimensión narrativa: el trabajo con el tiempo, el entorno, el sonido, los planos. En conjunto ofrecen una visión sobre la soledad y la ensoñación. Finalmente Elías Tobares, con esa acumulación de cartones nuevos atados y apilados. Cartones que podrían transformarse en cajas, pero esta acción está anulada. Y también hay una partitura con una canción de cuna. Es una obra sugestiva, casi romántica.

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La instalación de dibujos de Marisol San Jorge.
 
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