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Miércoles, 6 de febrero de 2013

DISCOS › LOS FRONTERIZOS 1959/1960, UNA REEDICIóN TRASCENDENTE

La tradición que fue novedad

El doble CD publicado por el sello Lantower incluye los primeros tres LPs del grupo salteño –En alta fidelidad, Los grandes éxitos y Cordialmente– con una restauración sonora magistral que permite revalorizar una música magnífica.

 Por Diego Fischerman

El folklore argentino es un caso extraño. Empezando, desde ya, porque cuando se lo nombra no se habla de folklore sino, en realidad, de un conjunto de compositores e intérpretes que dialogaron con esas fuentes, pero edificaron un cuerpo de canciones fundamental; es decir, nuevas canciones, algunas de ellas con un grado de sofisticación y belleza sorprendentes, tanto en lo poético como en lo melódico. Un conjunto de piezas que incluye varias obras maestras, de una originalidad extraordinaria, y alrededor del cual, sin embargo, sus artífices ocultaron celosamente toda declaración de modernidad. Usaron ponchos y bombachas, cultivaron un provincianismo a ultranza, aunque la mayoría debió su fama a la irradiación porteña. Y, sobre todo, llamaron a lo que hacían “folklore”.

Uno de los ejemplos más perfectos de ese juego secreto entre renovación y tradicionalismo fue el grupo Los Fronterizos, formado en Salta en 1953, inicialmente como trío, por integrantes del Colegio Nacional, y, ya como cuarteto, con una carrera que incluyó la participación en algunos de los proyectos más ambiciosos de la década de 1960, en particular los discos Coronación del folklore, de cuya edición se cumplirán cincuenta años en 2013, y Misa Criolla, de 1964, que se convirtió en uno de los éxitos más resonantes de su época, en todo el mundo, a la luz del segundo Concilio Vaticano, que renovó radicalmente el rito católico romano. Y si el gobierno peronista, que fundó la Sinfónica Nacional y había llegado a intentar crear una Sinfónica de la CGT, no hizo nada demasiado explícito a favor de las músicas de tradición popular (no lo necesitaban, desde luego), incluyó en el Segundo Plan Quinquenal una recomendación lateral que ni el golpe de 1955 ni los gobiernos que lo sucedieron cuestionaron (posiblemente ni siquiera conocieran su existencia) y que tuvo efectos notables y duraderos: enseñar folklore en las escuelas.

Y allí talló el malentendido. Porque lo que se repitió en las gradas de madera de los salones de actos de todo el país, en cada clase y en cada conmemoración de una fecha patria, con el más afinado y el que sabía tocar los acordes en la guitarra (generalmente era el mismo) al frente, y el resto coreando como podía, no eran las viejas chayas tradicionales ni, mucho menos, el canto de las comunidades originarias, sino canciones como “La López Pereyra”, “La Felipe Varela”, “Guitarra trasnochada” o “Tonada del viejo amor”, todas ellas compuestas en esos años y grabadas a partir de finales de la década de 1940 por Los Chalchaleros primero (que sentaron las bases de esa nueva tradición) y por Los Fronterizos después (que la renovaron, dando un vuelo distinto a los arreglos vocales).

La gran novedad producida por este grupo, que luego de algunos cambios quedaría conformado, entre 1956 y 1966, con Gerardo López, César Isella, Eduardo Madeo y Juan Carlos Moreno, fue el aprovechamiento de las texturas que permitían las tesituras de tenor, dos barítonos y bajo. Y, sobre todo, el abandono del canto en paralelo (todas las voces haciendo las mismas figuras) y de los papeles fijos. Era frecuente que el bajo tomara la melodía principal o que el tenor hiciera una segunda voz a uno de los barítonos. El mercado del disco, centrado en Buenos Aires, que en la década de 1950 comenzó a tener en cuenta el público que la gigantesca migración interna había acercado a la ciudad, olvidó pronto a uno de los grupos que más dividendos le había dado: Los Fronterizos no tuvieron demasiada suerte con las reediciones. Los 27 discos en 78 rpm editados por el sello TK entre 1954 y 1958 no cuentan en la actualidad con una edición que les haga justicia (los derechos de esa marca pasaron a Music Hall, que se encuentra en litigio desde hace años). Y la discografía en LPs, salvo por alguna antología, nunca tuvo, hasta el momento, una buena publicación en CD.

Por eso la reciente edición de Los Fronterizos 1959/1960, realizada por el sello Lantower, resulta trascendente. Por una parte, porque la música es magnífica y aun si no se tratara de la única publicación completa existente, habría que escucharla. Por otra, porque la restauración sonora, realizada por Osqui Amante y Roberto Sarfati, es magistral y permite valorar los arreglos como nunca antes en este formato. El álbum, de dos CDs, incluye los primeros tres LPs del grupo, En alta fidelidad, Los grandes éxitos (con nuevas grabaciones, realizadas en 1960, de temas que ya habían registrado anteriormente para sus discos en 78 rpm) y Cordialmente. Canciones como “La estrellera”, de Castilla y Lamadrid; “La ida y vuelta”, del Cuchi Leguizamón; “Zamba del carrero”, de Castilla y Rolando Valladares; “La volvedora”, de Falú y Castilla; “Tonada del viejo amor”, de Falú y Dávalos; “Zamba del pañuelo”, de Leguizamón y Castilla, y “Canción del jangadero”, de Dávalos (con esa desmesurada iluminación modernista de nombrar a los troncos llevados por la corriente del río como “el peso de la sombra derrumbada”) encuentran aquí, sencillamente, su mejor encarnación posible. O, por lo menos, aquella que, desde lo nuevo, fue capaz de convertirse en tradición.

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