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Miércoles, 17 de junio de 2015

DISCOS › ASTOR PIAZZOLLA. COMPLETO EN PHILIPS Y POLYDOR

Obra en permanente movimiento

El cuarto volumen de la serie publicada por Universal recupera las grabaciones realizadas por el bandoneonista para estos sellos y registros que permanecieron inéditos en la Argentina. Lo más importante es Olympia 77, grabado en vivo en París.

 Por Santiago Giordano

Concluida la aventura del disco como pilar de una civilización de la escucha, siguen brotando impulsos atractivos de entre los pliegues de los catálogos de las compañías discográficas. Siguen recobrando vida e identidad materiales que, si en algún momento sacrificaron su vocación de novedad para dormir las reservas de lo posible, ahora, en el revés de la trama, recuperan el valor de piezas insustituibles para enmendar el mosaico de la historia. En este caso, se trata de la discografía de Astor Piazzolla: la compañía Universal remató con un cuarto volumen la serie Astor Piazzolla. Completo en Philips y Polydor, con las grabaciones realizadas por Piazzolla para estos sellos, registros que permanecieron inéditos en la Argentina, entre los que hay varios nunca antes fueron editados en CD en ningún lugar del mundo.

Los primeros tres volúmenes de la colección dirigida por el crítico musical Diego Fischerman incluyeron, con sonido restaurado, discos como Astor Piazzolla 1944-1964 / 20 años de vanguardia con sus conjuntos, El tango (sobre textos de Jorge Luis Borges), el Concierto de tango en el Philarmonic Hall de New York, Las historia del tango vol I y II, además de registros varios hasta ahora difíciles de hallar, como un simple de 1967, con “Revolucionario” y “Retrato de Alfredo Gobbi” interpretados por el Quinteto Nuevo Tango o, de ese mismo, año los temas grabados con la cantante Egle Martin.

El volumen IV de esta colección es un álbum doble que en la primera parte incluye colaboraciones del bandoneonista y compositor marplatense con cancionistas internacionales, como el brasileño Ney Matogrosso, el francés de Alejandría Georges Moustaky, la francesa Marie-Paul Belle y el austríaco André Heller. El segundo de los discos propone lo que probablemente resulte lo más importante de toda la serie: Olympia 77, el único registro de la actuación de Piazzolla al frente de un conjunto que completaban Tommy Gubitsch en guitarra, Luis Ferreyra en flauta y saxo alto, Ricardo Sanz en bajo, Gustavo Beytelmann en piano eléctrico, Osvaldo Caló en órgano, Daniel Piazzolla en sintetizador y percusión, y Luis Cerávolo en batería.

Grabado en vivo a partir de una serie de actuaciones en el Olympia de París durante abril de 1977, Olympia 77 muestra a un Piazzolla eléctrico y acaso más sofisticado, fresco de las experiencias por ejemplo de Libertango, el disco que había registrado en Italia en 1974, trabajo en el que asumía incluso otras formas de grabación, en las que a la manera de los grupos de rock el trabajo de estudio resultaba determinante para el sonido final. La música de este Piazzolla era el producto de una época de cambios y búsquedas, sobre todo tímbricas y formales del compositor. Epoca que, si bien no dejaría mucho para sus estilos sucesivos, marcó un momento de vitalidad especial en un artista interesado en sonar nuevo sin salir de su tradición, y sin embargo rodeado de músicos ligados más bien al jazz y al rock (que por entonces, con el término “progresivo”, planteaba caminos dignos de ser explorados). “... un grupo que lograría valor casi de leyenda para la escena argentina y que mucho tuvo que ver con el fugaz romance entre Piazzolla y el mundo del rock...”, escribe Fischerman en las notas que acompañan la edición.

La característica más saliente de este Piazzolla respecto de otros Piazzolla, más allá de enchufes, perillas, tradiciones y patrimonios generacionales, podría estar en el empleo del tiempo. Son más de aquellos “tres minutos con la realidad” los que esta música necesita para construir su identidad. Sobre amplios espacios de tiempo, los temas pasan por los solistas para enriquecer diálogos, contrapuntos, contrastes. Hay juego y dinámica, como siempre en Piazzolla. Y hay también transcursos amplios sostenidos con gestos que saben a improvisación. Los entonces flamantes “Libertango”, “Meditango” y “Violetango” de la serie grabada en Italia, y “Zita”, de la Suite troileana, y “Adiós Nonino” respiran de otra forma y caracterizan este período de Piazzolla.

Aquellos años a los que hace referencia este IV volumen, la década que corre entre 1975 y 1985, fueron también tiempos en los que la “canción de autor” –rótulo que superando la tradición de la canción comercial ponía en juego valores acaso más prestigiosos– logró notables niveles de circulación internacional. Ahí también estuvo Piazzolla, musicalizando a Geraldo Carneiro para que lo cantara Ney Matogrosso, componiendo con Georges Mosutaki y asistiendo a Marie-Paul Belle. En todos los casos, acompañando en bandoneón y encargado de los arreglos y la dirección. También colaborando con André Heller, en esta oportunidad al frente de su nuevo quinteto, en el que estaban Pablo Ziegler en piano, Fernando Suárez Paz en violín, Oscar López Ruiz en guitarra y Héctor Console en contrabajo. Si acaso aparece menos nítida la marca de su identidad, estos registros con cantantes dan la idea de la versatilidad de Piazzolla y de su capacidad, a fin de cuentas, para salir de su yo artístico y regresar, enseguida y enriquecido.

El sonido óptimo, producto de una reconstrucción cuidadosa, se agrega como atributo ulterior al valor documental de esta serie de ediciones que resultan indispensables para completar la imagen de un músico cuya importancia se sostiene en el vigor de una obra en permanente movimiento. Y por eso tan difícil de retratar con una sola foto.

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