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Miércoles, 2 de octubre de 2013

TELEVISION › SYFY ESTRENA EL FILM SHARKNADO

Tiburones que caen del cielo

 Por Javier Aguirre

¿Es un pájaro? ¿Es un avión? Nada de eso: técnicamente, es un tornado cargado de tiburones blancos que caen sobre la ciudad como agonizantes bombas con dientes. Precisamente esa clase de desastre, un bombardeo de escualos –que es cortesía, o efecto colateral, de un temporal que azota Los Angeles– es la propuesta de Sharknado, la película producida por la señal SyFy y el estudio The Asylum, que demuestra que el subgénero cinematográfico “tiburones” está vulnerando sus propias fronteras. El film se verá durante noviembre en la Argentina. ¿Bizarro? Sí. ¿Inverosímil? Sí. ¿Aceptable? Bueno, ¿por qué no?

La propia fisiología de los tiburones hace tiempo que había dejado de ser un límite para los fans del gran pez, como lo probaron títulos recientes en la línea de Sharktopus (2010, otra de la escudería SyFy, producida por Roger Corman y protagonizada por un monstruo diseñado como arma biológica por la Marina estadounidense, una indefendible mezcla híbrida entre un pulpo y una tiburón blanco) o 2-Headed Shark Attack (2012, también de The Asylum, con Carmen Electra sacudiendo las suyas ante un escualo mutante bicéfalo que también sacude las suyas). Ahora el nuevo límite que los tiburones del cine parecen listos a romper es geográfico: ya no sólo atacan en el océano. Y así como el año pasado (en Bait) se metieron en un supermercado inundado, Sharknado sienta el extraño precedente de ataques de escualos por vía aérea. “Desde que vimos Tiburón, en 1975, todos le tenemos miedo al agua y todos les tenemos miedo a los tiburones, pero simplemente con permanecer fuera del mar ya estábamos seguros –fundamenta en diálogo con este diario Thunder Levin, guionista de Sharknado–, así que me parecía un concepto divertido e inquietante que quedarse en la tierra ya no te asegurara estar libre de ataques de tiburones.”

Aunque en el caso de los escualos del tornado en cuestión, la palabra “ataque” es metafórica. Aquí los “pobres” tiburones, medio asfixiados y seguramente muy asustados, caen como gigantescas bolsas de papas, aplastan carteles, coches y se llevan puesto todo en cada “ataque”, no tanto con sus fauces como con sus barrigas. Ya no se trata de un gigante escurridizo, duro de matar y con cierta “individualidad”, como aquel que nadara cerca del balneario Amity, sino que ahora son tantos y todos tienen tan poca vida útil que terminan pareciendo descartables, como zombies.

Habrá que aceptar que los tiburones puedan tener varias cabezas, venir armados con tentáculos, acechar en góndolas de supermercados o llegar desde las nubes. Lo cierto es que, mientras ya se anuncia la secuela de Sharknado y sus escualos huracanados –¿alguien recuerda la vaca voladora de Twister?–, Levin sostiene que, por detrás del tsnunami con fauces y aletas y el guión orgullosamente clase B, se asoma cual aleta una fábula ambientalista. “Sharknado es una aventura con advertencia, porque el calentamiento global no sólo está ampliando las zonas del planeta expuestas a huracanes, sino que también amenaza a especies animales, que pueden reaccionar de formas impredecibles y mudarse a áreas en las que antes no habitaban... –reflexiona–. Empecé con una premisa de catástrofe realista: qué pasaría si un huracán golpeara Los Angeles, una ciudad que está en el desierto y que se inunda cada vez que llueve más de dos horas. Si viniera un huracán, el desastre sería total, la ciudad quedaría bajo el agua y no habría dónde ir. Sólo le agregué tiburones y tornados... cuanto más grande, más loco todo.” Infla el pecho y lo dice: “Si se lo piensa bien, Sharknado es casi un documental sobre lo que podría pasar”.

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