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Viernes, 8 de septiembre de 2006

TELEVISION › EL ESTRENO DE “HERMANOS Y DETECTIVES”, DE DAMIAN SZIFRON

El encanto del mini Sherlock

La serie, un policial sin enigma y con un prodigio llamado Rodrigo Noya que se roba los mejores planos, devuelve a Szifrón a lo que mejor conoce: la autoparodia, la trampa y el delito.

 Por Julián Gorodischer

Hermanos y detectives es otra vuelta de tuerca a la trampa. Si Los simuladores, debut y consagración de Damián Szifrón en la TV, era el diseño de un fraude como justicia por mano propia, su flamante apuesta Hermanos... (por Telefé, por ahora puntualmente los miércoles a las 23.30) es la develación del fraude que encubre al crimen perfecto. Szifrón, racionalista, disfruta reconstruyendo el sistema de pensamiento hipotético-deductivo en lo que, a esta altura, podría llamarse una saga, aunque cambie el punto de vista. Faltaban exponentes locales en la línea detectivesca fundada por Sherlock Holmes (de Arthur Conan Doyle) en 1887 o del más reciente y televisivo Columbo (ver aparte): lo que dominó en la tele local desde el fatto in Pol-ka Poliladron al reciente Mosca y Smith en el Once fue la dinámica policial de choque (regida por la tríada fuga/ persecución/represión en tono de comedia); en cambio, el aporte de Szifrón en “una de detectives” le da el protagónico a la identificación intuitiva de huellas del crimen, en ejercicio de un niño prodigio (en realidad y ficción), con un “alto desarrollo del pensamiento lateral” –dice un psicólogo– interpretado por el genial Rodrigo Noya. Por aquello de que cuando brilla un niño o una mascota se roba todos los planos, a Rodrigo de la Serna –su hermano y detective– le toca acompañar.

De entrada, un profesor de literatura (siniestro, gracias a la composición de Luis Machín) quiere robarle la novela al alumnito precoz (Nahuel Pérez Biscayart) pero, para que todo salga bien, diseña un asesinato con los detalles calculados para no quedar pegado: una explosión con pólvora, la novela borrada en la computadora, un oportuno escape por la ventana y su posterior aparición compondrían la coartada perfecta para demostrar el suicidio, hipótesis desmantelada no por el detective profesional de la Federal, en los antípodas del reality promocional y llena de avivados (como el que se chorea un CD de la habitación de la víctima), sino por el hermanito heredado de un padre abandónico. El unitario (que en su primera emisión fue lo más visto del miércoles, con un promedio de 28,5 puntos que superaron a las alicaídas Amas de casa desesperadas, que cayeron de 25,5 a 20 puntos) crece en el retrato de esa relación entre los hermanos Montero, invirtiendo los sujetos de una iniciación convencional (el niño aquí ilumina las pistas y suma la interpretación) y quitando emotividad a los términos esperables de lo que podría convertirse –en cualquier otro formato– en el melodrama del reencuentro.

Aquí, en cambio, el apego se narra desde el cálculo (cuando el niño Lorenzo hace cuentas para demostrar que podrán compartir el sueldo módico de su hermano). Ni un solo golpe al corazón; un reencuentro se subordina al puzzle de la mostración de pruebas hasta que el personaje de De la Serna asume: “Mi hermano me marcó lo de la torta (la pista principal que delató al profesor asesino) y a mí me dejó pensando”. La torta, que sólo el niño vio (como aquel detective de un ensayo de Carlo Guinzburg que detectó a la Gioconda trucha no por la sonrisa, sino por el lóbulo fallado de su oreja), indicó que ningún suicida se serviría una porción antes del disparo del final. De allí en más la muletilla ¿No es sospechoso? de Rodrigo Noya lo consagró como un minicapocómico, tan cómplice con la cámara como lo sería Guillermo Francella si actuara en policiales.

Szifrón no reprimió su humor negro para poner al niño en peligro (casi empujado por la ventana y arrojado a la vía por el profesor) y fue paródico a su antojo en el exceso imposible de la deducción, forzando los límites de la lógica. Los abusos del azar y la coincidencia hablaron más de la insistencia autoparódica (como cuando el profesor recomienda a su alumno, absurdamente, entregar en su novela toda la información de entrada, como pasa en el programa) que de una falla de la narración. ¿Cómo podría fallar Szifrón en Hermanos y detectives? Es su vuelta sobre lo mismo, el unitario que lo devuelve a mismos tema y forma que domina y que lo consagraron como artífice de un tono entre lo refinado y lo masivo. Este es el encastre de piezas faltantes para iluminar no el enigma, sino el método de la investigación. No será, la de Hermanos y detectives, la convencional busca de una verdad oculta, sino la gozosa reconstrucción del proceso, adultizando al niño mucho más de lo que lograba Agrandadytos y adaptando ese refrán conservador que recomienda la repetición, porque mejor bueno conocido que malo por conocer.

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Los Rodrigos De la Serna y Noya componen un dúo sin sensiblerías, con una química perfecta.
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