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Jueves, 21 de diciembre de 2006

TELEVISION › LA TELENOVELA ARGENTINA, SEGUN LA EMBLEMATICA SOLEDAD SILVEYRA

“Todo envejece muy rápido en la tele”

La actriz recorre su constancia en la telenovela desde Rolando Rivas, taxista hasta la actual La ley del amor, un camino que le sirve para trazar un panorama de los géneros populares en la Argentina.

 Por Julián Gorodischer

La tarea se demora más de la cuenta, invariablemente, tal vez por el preciosismo con el cual se ejecuta. Frente al espejo, la señora se retoca el maquillaje y el peinado, que la transforman en la jueza Renata Guerrico, de la telenovela de la tarde (La ley del amor, lunes a viernes a las 14, por Telefé). Pero si los actores de la TV acostumbran a no sacarse nunca la máscara fija acorde con el estreno de turno, la señora cultiva la autoflagelación como técnica de seducción. Soledad Silveyra asegura que no actuó en el cine reciente porque, en su última película (Despabílate amor, de Eliseo Subiela), se vio como una “idiota frívola”. Y además, sin la cara de Greta Garbo, “¿qué sentido tendría?”. Así es todo el tiempo, también cuando explica su reivindicación de los géneros populares (como la telenovela, que hoy convoca a divagar) más como su propia falta que como cruzada conceptual. “Tal vez no me dé el piné para otra cosa... Te lo diría en primera instancia, para que todos se queden tranquilos. Sí... no me da el piné para otra cosa...”

–¿Les da la razón a quienes menosprecian a la novela de la tarde?

–Qué sé yo, a mí me gusta divertirme en la vida. Y cuantas más veces cambie de género, más me divierte. Ahora se me dio, después de ver a Marita Ballesteros en Frijolito (Canal 13), aprender a hablar el neutro. Estar grabando en Colombia a esta altura de la vida me parecería tan divertido. Obviamente, con un salario digno, chofer y un departamentito. No estoy ya, como a los 20, para ir a pedir laburo. Lo que pasa es que los actores no quieren hacer telenovela porque hay que trabajar catorce horas por día.

Ahora se le pide que recorra su propia versatilidad, ésa que dicta: “Serás la conductora del Gran Hermano sin renunciar a tu deseo de representar a la Amanda de El zoo de cristal”. Pero su límite es claro: que no saturen las vivencias de sus heroínas. Ella cree firmemente en la sintonía de la trama de las tiras con la identidad local, que aquí pauta más presencia de clase media y emociones más atenuadas que en el culebrón mexicano. La queja es por los excesos, cuando existen. “Me enojo mucho cuando nos exigen demasiada verosimilitud. En la novela, donde está todo explícito, necesito que me cuides para que, por más barroco que sea, la gente crea que me mataron a tres hijos y sigo luchando. No me exijas más de eso porque me enojo. Si me pedís de más y no me ayudás a que la gente lo crea, ya me convertís en Matrix.”

La caída de la máscara incluye, claro, desentenderse de los nombres canónicos. Para rendir tributo basta con el de la Virgen de la Paz, a quien conoció por afición al turismo religioso. La santa tiene una cara extrañísima que figura como fondo de pantalla de su teléfono celular, y si a Silveyra le comentan que en esa foto parece maquillada, responde que cada vez que enloquece, en las jornadas eternas de grabación, la Virgen la mira, y ella “para”.

–Con Alberto (Migré) muerto puedo decir que me costaba horrores decir cosas que él me escribía en los ’70. Para Alberto, una chica distinguida era tener una flor acá. Yo pensaba: este señor está loco. Sólo una cache se pone una flor acá.

–¿Migré sigue vigente?

–Hoy, cinco años de tv es mucho tiempo. Me pasa con mi propia imagen: me veo y digo que no puede ser que estuviese tan rubia teñida hace dos años. Pero lo que tenía Alberto, era captar la identidad del ser nacional. Todo lo demás envejece rápido.

–¿Sus propios miedos y prejuicios?

–El miedo que le tengo a la tele es la arruga, es quedarme cuadripléjica. Ayer escuché a este chico que tiene mi edad, que va a las siete de la tarde en Canal 9, uno canoso...

–¿Chiche Gelblung?

–No, el de las cinco de la tarde, ¿o a las seis? A Beto Casella, con el poster de La ley de amor; dijo que con el botox que tengo ya estoy igual que Estevanez. ¡Qué visión tiene! Me ve igual a Estevanez. Me sentí halagada. Con el botox me ofendo yo misma, respetando las reglas del mercado. Yo me veo la bisabuela de Estevanez. ¿Me entendés la gracia? Dice: “Todo el botox que se tiene que poner para estar igual que Estevanez”. Y yo me veo en la foto y necesito diez kilos más de botox.

–Sin embargo, en Amor en custodia y ahora en La ley del amor se le elogió esa recuperación del amor y el sexo en la madurez...

–Pero es la edad que tengo, chiqui, qué voy a hacer...

–Pero podría salir con un chico más joven...

–Es que cuando me voy de gira, yo hago un tanteo de todo. Y las mujeres de mi generación me dicen que no les gusta ese tipo de romance. Yo ya lo tuve una vez y es muy masoquista. A no ser que encuentre un Mac Gyver que sea un sol. En la ficción no divertiría a las señoras que yo dudara entre Sebastián (Estevanez) y Raúl (Taibo).

No avala a los que insisten (esta tarde el cronista) en colocarla como una abanderada de los géneros populares; no escucha atentamente (como se esperaba) esta cháchara sobre la necesidad de extinguir las fronteras entre una baja y una alta cultura y la tendencia social a jerarquizar a la alta... Contra lo que se suponía su marca, ella refuta: “En los ’70 yo lo único que quería era el prestigio, y ahora comprendo que por ahora mi lugar en el mundo es este que estoy eligiendo. Pero hay que tener cuidado. Yo adoro los géneros populares, pero también tenemos que saber que tienen menos compases, menos tiempo. Todo menos... para que te entre. Yo de esas cosas hablo con muchísimo respeto, pero no tenés la misma paciencia para escuchar a lo popular que a lo clásico”. Empezó a los doce, fue una de las caras de El amor tiene cara de mujer y la principal de Rolando Rivas, taxista. Entendió que “ser actor significa ser humilde, decir buenos textos, tener sentido del prójimo”. La profesión le fue despertando un sentimiento muy socialista. Y dice que la ideología le cagó la vida. “Qué injusto que a Natalia no le hayan dado un premio por Sos mi vida. Me sentí identificada, porque a mí tampoco me lo dieron con Amor en custodia. La nena tiene esa frescura, esa belleza. Hay un prejuicio. Esos son los costos de ser una actriz popular.” (Traga fuerte y pide a la peinadora que la parte de adelante del batido se la haga después, cuando se vaya el cronista. Y que le dé un poquito de volumen.)

Si la voracidad en el consumo de telenovelas (que es masivo para los enlatados que programa Telefé por la tarde y también en el caso de la factoría Estevanez) indicara algo sobre el ser argentino promedio, Soledad Silveyra lo atribuye más a un gusto por el fondito estético que a una cualidad profunda sobre el estado de ánimo colectivo. “Las señoras me dicen que les gusta el paisaje; y es que las mujeres se dejan llevar mucho por la escenografía –opina–. La novela argentina es la más realista; se nota la clase media y tendemos a los interiores porque nos sale más barato; no es tanto el pobre y el rico. De la mexicana me impresiona la devoción de la gente, y que no haya gays. Las brasileñas –sigue– no las veo.” (Pide a Juani, su asistente, que le dé una cremita. Luego mira hacia la puerta del camarín, donde se asoma un hombre musculoso, el galán joven.)

Sebastián Estevanez: (Llegando) –Tuvimos buenos comentarios en general. De mi mamá, claro, pero además...

Soledad Silveyra: –De vos también. Sí, mi amor...

S. E.: –Bien hoy también, levantamos dos.

–Del rating, nunca se puede escapar...

S. S.: –No, no se puede.

S. E.: –Y además es una fecha difícil.

S. S.: –¡Vamos todavía! Mi hijo me dice: Mamá, dejate de llorar. Y la verdad es que no metimos el rating que creíamos, pero fuimos los cinco más vistos del lunes. Eso es por la Virgen: estar entre los cinco más vistos. ¡Y sólo con catorce puntos!

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“Por más barroca que sea, necesito que me crean”, señala Soledad Silveyra.
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