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Sábado, 23 de diciembre de 2006

TELEVISION › SE ACERCA EL FINAL DE “MONTECRISTO”

“El orgullo es haber acercado este tema al público masivo”

Adriana Lorenzón y Marcelo Camaño, guionistas de la telenovela, dan algunas pistas sobre lo que se verá el próximo miércoles.

 Por Emanuel Respighi

Independientemente de sus valores artísticos y televisivos, siempre pasibles de opiniones encontradas, nadie puede poner en discusión que Montecristo no fue una telenovela más en la TV argentina. Sin abandonar en ningún momento los límites del melodrama tradicional, la novela escrita por Adriana Lorenzón y Marcelo Camaño se animó a romper con los mundos de fantasías de la forma más clara y arriesgada posible: darle al inevitable triángulo amoroso un contexto histórico-social real. Y en su elección no se anduvo con medias tintas, otorgándole a la adaptación del clásico escrito por Alejandro Dumas un signo trágico del pasado reciente argentino: la expropiación de bebés por parte de la dictadura y la complicidad civil con los represores como centros neurálgicos de la trama.

A punto de llegar al final –el próximo miércoles, a las 22.30, por Telefé–, Página/12 dialogó con los autores de la telenovela para que adelanten qué se puede esperar del epílogo de una historia cuyos momentos más logrados fueron cuando se acercó más al policial que al nudo romántico.

Puede sonar exagerado, y probablemente así se perciba en lo inmediato, pero más que una telenovela Montecristo fue un documento histórico ficcionalizado, un ciclo que supo combinar con acierto la popularidad necesaria que requiere un programa diario en pleno prime time y la cuota de compromiso que muchas veces se le exige a la pantalla chica. Es que si se tiene en cuenta que la última dictadura militar, a 30 años del golpe de Estado que la llevó a cabo, por lo general fue (y sigue siendo) un período que los medios masivos de comunicación prefieren evitar, la audacia de hablar en una telenovela sobre las atrocidades de los años de plomo fue una apuesta arriesgada para un canal comercial. Así como la TV es constante blanco de críticas, también es bueno reconocer cuando desde la pantalla se plasma una buena idea.

“Más allá de los reconocimientos y el buen andar en audiencia de la telenovela, lo que más orgullo nos genera es haber acercado las brutalidades de la dictadura a personas a las que ni siquiera les interesaba saber lo que había ocurrido”, explica a Página/12 Lorenzón. “Aun cuando a partir de Montecristo se triplicaron las denuncias en Abuelas de Plaza de Mayo y aumentaron las consultas de muchos jóvenes que tienen dudas sobre su identidad, me parece que lo más destacado es que gente con la que nunca hubiera tenido como tema de conversación la dictadura se me acercó a hablar sobre la represión y aquellos años”, cuenta quien ya había querido hablar sobre la dictadura en Costumbres argentinas, pero que no pudo profundizar la problemática por una decisión de producción (Ideas del Sur, la empresa de Marcelo Tinelli, era la productora del ciclo).

Más allá de las consecuencias sociales que la telenovela generó en el público, lo cierto es que el miércoles también se cierra una historia que estuvo plagada de traiciones, amores, enfrentamientos, misterios y muertes. Una historia de ficción a la que le faltan sólo dos capítulos para llegar a su fin. El episodio del miércoles, entonces, será el 144 de la tira. Un hecho histórico: nunca antes la dictadura, aun en clave de ficción, estuvo presente en la TV durante 144 días en un año. Sólo se recuerda el capítulo unitario “Cerrando cuentas”, que en 1993 se emitió dentro del ciclo Alta comedia en Canal 9 (y con tres escenas “levantadas” a último momento), como una ficción que trató sobre los desaparecidos. Montecristo, entonces, fue la primera ficción diaria de la televisión argentina en tratar el tema de la dictadura.

¿Qué se puede esperar de los últimos dos capítulos de la tira que acaparó una buena cantidad de audiencia masculina? ¿Qué pasará con Santiago (Pablo Echarri)? ¿Podrá finalmente consumar la venganza o se ajustará a las reglas de la Justicia? ¿Podrá Alberto (Oscar Ferreiro) salir indemne de sus negocios oscuros, ahora que el poder político le soltó la mano? ¿En qué terminará la relación de amor-odio que se profesan Marcos (Joaquín Furriel) y su padre? ¿Finalmente Lisandro (Roberto Carnaghi) se “quebrará” y traicionará a Alberto, contando toda la verdad de aquellos oscuros años de dictadura? ¿Qué pasará con él luego de haber asesinado a Sarita en el capítulo del jueves?

“La línea narrativa sobre la identidad y la amorosa en los roles protagónicos ya está cerrada”, adelanta Camaño, dando indicios claros acerca de qué es lo que va a pasar entre Santiago y Laura, acaso la pareja amorosa protagónica más anecdótica de las telenovelas argentinas, dado el lugar que tomó la trama policial en la historia. Por el momento, lo que los autores se animan a decir es que el asesinato de Sarita no abre necesariamente una masacre colectiva dentro de la trama, aunque habrá “al menos dos muertos importantes” más. “No me parece –cuenta el autor– que la muerte signifique un castigo. Pinochet, por ejemplo, murió y nunca fue castigado por la Justicia como debería, lamentablemente. Creo que la muerte no es un castigo para los malos, porque a ese estado llegamos todos por distintos caminos. El fin de la novela va a apuntar más a contar la liberación de los buenos en contraposición del castigo a los malos. No creo que el camino más justo de personas como los represores, que tomaron la vida de tanta gente con total impunidad, sea la muerte, sino más bien el castigo social e institucional.”

¿No habrá venganza, entonces? “Se va a ajusticiar a los malos, pero sin dejar de haber venganza en la estocada final”, aclara Lorenzón. Se sabe que habrá un encuentro final entre Santiago, Laura y Marcos, con un epílogo que dará que hablar. “Va a primar la justicia, pero de algún modo algún gusto personal se colará”, apunta Camaño. Atravesada por una problemática de heridas aún abiertas, Montecristo, dicen los autores, tiene el doble peso de cerrar una historia que se ancla en la historia argentina y que mueve fanatismos diarios. “Tomemos el final que tomemos, siempre Montecristo va a terminar defraudando a buena parte del público. Habrá quienes se desilusionen, quienes queden maravillados y quienes se sorprendan: ley del género”, apunta Camaño. “Generalmente se busca cumplir la expectativa del público. A pesar de que lo que a uno le late interiormente como autor, de alguna manera el público es el que marca el happy end. De todos modos, Montecristo es una tragedia, por lo que su final tiene alguna licencia signada por la tragedia”, subraya Lorenzón, y deja abierta la expectativa.

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El represor Lisandro (Carnaghi) y Santiago (Echarri), un enfrentamiento final inevitable.
 
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