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Jueves, 3 de enero de 2008

TELEVISION › ENTREVISTA CON JORGE GUINZBURG SOBRE LOS SECRETOS DE UN BUEN CONVERSADOR

“Soy un niño, y no sólo por el tamaño”

El conductor estrena esta noche por Canal 13 una nueva versión de La Biblia y el calefón, donde entrevistará informalmente a cuatro celebridades en tono humorístico, desplegando un talento especial para animar una charla ante cámaras. “Quise que todos entraran a un juego y no a un programa”, asegura.

 Por Emanuel Respighi

Jorge Guinzburg no deja de hablar nunca. Su entusiasmo por el diálogo, agudizado con los años en su oficio de preguntar y repreguntar una y otra vez, lo convierten en un entrevistado que se sale del estereotipo. Está acostumbrado a indagar en su doble rol de periodista y conductor, a la vez que humorista, e interpelarlo en una entrevista periodística no suele ser tarea fácil. No es que no se brinde de lleno al reportaje, sino que no puede con su genio. Sin proponérselo, quien había comenzado en el rol de entrevistado pasa casi naturalmente al papel de entrevistador, extendiendo la conversación más allá del interés profesional. Guinzburg siente tanto placer por la charla que desconoce de roles y estructuras definidas cuando el arte de la palabra se hace presente. Y ahora vuelve a poner todo su talento con el regreso a la TV de La Biblia y el calefón, que desde esta noche, a las 22, estrena una nueva etapa en Canal 13.

Luego de un buen año a nivel profesional y complicado a nivel de salud (ver aparte), Guinzburg inaugura la temporada televisiva de 2008 con la reposición del ciclo de humor que tuvo dos etapas anteriores, en América y el 13. “Hacer La Biblia y el calefón me da placer”, dice en la entrevista con Página/12, con un gesto que denota no sólo entusiasmo sino orgullo. “En realidad, debo decir, en los últimos años, gracias a Dios, casi todo lo que hice fue un placer. No es que fue un placer sólo La Biblia..., porque en Mañanas informales no la paso nada mal”, confiesa quien este año modificará su vida profesional “para que haya Guinzburg para rato” (ver aparte).

En esta nueva temporada, tras cinco años fuera del aire, La Biblia y el calefón mantendrá su clásico formato, con cuatro invitados rotativos en cada emisión que repasarán temáticas tan excéntricas como cotidianas. El valor agregado, en este caso, pasará por lo estético: el programa se realiza en un estudio que simula ser una gran montaña rusa, a la cual los invitados y el propio conductor arriban en autitos de colección, que durante el programa ofician de asiento. En el envío de esta noche se someterán al pícaro y reflexivo cuestionario de Guinzburg: Ronnie Arias, Julián Weich, Andrea Pietra y Nazarena Vélez.

–¿A qué se debe este regreso?

–En principio, porque me da enorme placer hacer La Biblia y el calefón. Es uno de esos ciclos que, creo, nunca me voy a cansar de hacer. Además, soy optimista: espero que toda la enorme cantidad de gente que cuando me encontraba en la calle me preguntaba sobre cuándo volvía el programa, ahora lo vea. Es un programa que me gusta hacer; me divierte, siento que en el estudio se produce un encuentro y, además, siempre percibí que los invitados la pasan bien. Además, siempre hay temas para charlar. Y este año, manteniendo el espíritu de La Biblia... original, trataré de hacer una versión más lúdica aún.

–Desde la nueva escenografía, que es una gran montaña rusa, se ve que lo lúdico está presente en el programa. Pero más allá de La Biblia..., parecería que el querer y poder jugar es una característica suya a nivel profesional, presente en Guinzburg & Kids, El legado y Mañanas informales.

–Yo soy un niño. ¡Y no por el tamaño! Guinzburg & Kids lo disfruté muchísimo. Ahí sí era el nene en su máxima expresión. ¡Me pagaban por jugar con otros nenes! Soy un niño que quiere jugar todo el tiempo. Podría haber hecho el ciclo de la misma manera que años anteriores, pero preferí –casi que exigí– tener como escenografía una montaña rusa y que haya un auto para cada invitado como forma de que los entrevistados entren a un juego y no a la grabación de un programa de televisión.

–¿Y el jugar permanentemente sólo se limita al trabajo o también es una manera de enfrentar la vida?

–Jugar es una postura frente a la vida. Pero no hablo de jugar por dinero, sino de que me gusta la dinámica y el espíritu que se forma en los juegos. Esa idea de seguir jugando siempre, hasta el final, pase lo que pase, es la que de alguna manera me gusta impregnar en mis programas, pero también en lo que me sucede fuera de cámara. Pero ojo: me gusta que el triunfo en el juego pueda depender de alguna hablidad o talento. Por eso, creo, no me gusta ir al casino. Prefiero compartir el espíritu lúdico con amigos.

–Parecería que, en su caso, ya que se lo reconoce como un amante de la conversación, La Biblia y el calefón es el ciclo ideal.

–No te quepa duda de que siento placer por la charla. Hace un tiempo alguien me preguntó sobre qué sentía yo en este tiempo que era mi mayor logro. Y creo que una de las cosas que me alegra haber logrado es credibilidad, y la otra es independencia. Y no tengo duda de que van de la mano. Nada de lo que pregunto tiene otra intención que las ganas de saber sobre lo que estoy preguntando. Mis preguntas no esconden ningún interés oculto. No hay ningún interés ni económico ni de un sector sobre otros, ni nada que pueda enturbiar el sentido de una pregunta. Y eso, la gente que accede a una entrevista lo sabe y por eso pueden ser más sinceros conmigo, y la gente que está viendo la entrevista también lo percibe.

–Alguna vez dijo que esa capacidad para el diálogo, capaz de llevar al entrevistado desde un remate pícaro a una reflexión profunda, es la consecuencia de haber tenido una adolescencia complicada dado su público complejo de “petiso”.

–La adolescencia es una etapa complicada para todo el mundo. Hasta Valeria Mazza fue definida como una perdedora por Maju Lozano en la grabación de hoy, porque su estatura no era acorde al parámetro de belleza de aquellos años. La adolescencia tiene que ver con el descubrir, pero hasta que llega el descubrimiento, en el camino en que uno piensa cómo lograr ciertos objetivos que su cuerpo le exige –el cómo conquistar– se trata de un aprendizaje... ¡pero en un colegio pupilo!

–Y usted descubrió que, en su caso, la charla era la mejor manera de dar con sus objetivos.

–Todavía no tengo claro si me ayudó la parla o la facha... (risas).

–¿Pero el chamuyo, en su caso, fue un mecanismo de defensa para sortear esa época trascendente en la vida de todo ser humano y que hoy forma parte de su personalidad?

–Cuando supe que poder expresarme con humor y al mismo tiempo no ocultar mi sensibilidad me ayudaban para hacer lo que quería no los abandoné nunca más. El humor y la sensibilidad me ayudaron bastante, tanto en la adolescencia como en mi vida adulta.

–Otra característica presente en sus programas es que suele crear grupos humanos más allá del trabajo.

–Esa es una de mis obsesiones: transmitirles a mis compañeros la alegría del trabajo y la necesidad de conformar grupos humanos. Esto no significa que no habrá alguna rosca, algún enojo o se hagan cagadas en el medio. En 2006 tuve una discusión con el escenógrafo (Luis Castelaneli) que fue casi violentísima, y los dos nos fuimos con cara de orto. Pero al día siguiente estábamos trabajando codo a codo. Lo importante es que cada persona sepa desde qué lugar y con qué finalidad uno le está hablando al otro. Lo que pasa es que no siempre en el medio se habla tan frontalmente como lo hago yo. No digo ni que está bien ni mal. Es lo que yo hago.

–Sabe que, en el medio, es generalizada la idea de que Guinzburg es “bravo”.

–Sí, alguna vez (Horacio) Fontova dijo que tuvo que salir infinidad de veces a defenderme ante la afirmación de que Guinzburg era medio hijo de puta. Yo creo no ser bravo. Soy exigente, pero no creo que más con el resto que conmigo mismo. Me puedo enojar, pero no creo tener malos modos. En tres años de Mañana informales no habré tenido tres o cuatro discusiones fuertes en total.

–O sea que el promedio lo vuelve un ser “normal”.

–Lo que pasa es que, en realidad, mi estatura funciona como un amplificador natural de mis palabras...

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Jorge Guinzburg exigió que los asientos fueran autitos de montaña rusa.
 
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