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Lunes, 10 de noviembre de 2008

OPINIóN

Una galería de personajes maravillosos

 Por Alberto Laiseca *

Esta película ha significado mucho para mí. Fue un desafío porque nunca antes había trabajado en algo semejante. Un verdadero colectivo donde todos nos rompimos para que el producto final fuera lo mejor. Incluso personajes que duran segundos y nunca más vuelven a aparecer. Ejemplo. En una muestra un gordo, posiblemente ya borrachísimo, se acerca al personajón y le dice (al tiempo que agita un sandwich como si fuese una bandera): “Lo felicito. Muy rico todo. Buenas noches”. Y parte raudo para seguir morfando. Lo amo a ese gordo. Genio e ídolo de multitudes.

El guión de Andrés Duprat es excepcional. No hay contaminaciones literarias. Es todo imagen e insinuación cinematográfica. Un guión así fructifica la camaradería entre actores.

La dirección no pudo ser mejor para nosotros. Fuimos marcados, felizmente, pero no con una de esas maneras que avasallan sino con una gran libertad creativa actoral.

Yo ya tenía experiencia desde los tres años que pasé en I-Sat contando cuentos de terror. También en Retro, presentando películas ataviado de monstruo. Pero para mí fue algo totalmente nuevo y de crecimiento interactuar con otros actores. Puedo asegurar que no es lo mismo que hacerlo solo. Tenés que adaptarte a los demás, mirarlos, y eso es bueno.

Repito el concepto: esto, lejos de restringirte, te hace crecer.

Hay aquí unos personajes maravillosos. Losada, por ejemplo, que se supone es un galerista y un protector del arte, y en realidad es un temible fabricante de salchichas; Emiliano, el curador, que sí sabe de plástica y a quien es muy difícil pasarlo al cuarto; Ana, la novia del plagiario, cholula y rehistérica (pero que niega terminantemente ser eso), perfecta como el personaje. Muy bueno el desempeño de la actriz, si es que se me permite. El trabajo de Sergio Pángaro (Jorge Ramírez, en la ficción), muy medido en su actuación como plagiario esquizofrénico. Pura insinuación actoral, sin pasarse en ningún momento. Mi personaje, el viejo Romano (en silla de ruedas y el verdadero creador), fue para mí una exigencia muy grande. A lo largo de toda la película sólo puedo decir dos veces una única palabra (“Pucho”!). Esto me obligó a expresarme exclusivamente con la cara y las manos.

Cuando vi en mi casa una copia del film terminado, me dije: “A esto lo hicimos bien”.

* Escritor. Actor de El artista.

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